20 Romeo
ROMEO
Sonó mi teléfono despertándome de un sobresalto.
Instintivamente, mi mano buscó la pistola de mi mesita de noche mientras saltaba de la cama, con el cuerpo tenso y preparado para cualquier cosa.
Las llamadas a altas horas de la noche nunca traían buenas noticias.
Cuando mis ojos por fin enfocaron la pantalla, vi que era Julieta la que llamaba.
El corazón me dio un vuelco. Había puesto mi teléfono en el modo No molestar, permitiendo solamente las llamadas de ella y de Matteo.
Nunca me había llamado, y menos a las cuatro de la mañana.
—Julieta, ¿qué pasa? —El silencio me llegó al otro lado de la línea, interrumpido únicamente por un suave resoplido—. ¿Ángel? Háblame.
El corazón me latía con fuerza a medida que pasaban los tormentosos segundos. Estaba dispuesto a subirme al auto y atravesar la ciudad para llegar hasta ella.
—Lo siento. —Su voz llegó a través del teléfono, suave y rota—. No debí haber llamado.
—Por supuesto que debiste. ¿Pasó algo? ¿Estás lastimada?
—No, es estúpido. Yo solo… —Volvió a moquear y se me rompió el corazón ante sus lágrimas—. Tuve una pesadilla.
Dejé escapar un suspiro tembloroso y me senté en el borde de la cama con mi cabeza apoyada en las manos.
—Lo siento mucho, bonita. ¿Quieres hablar sobre eso?
—No. Lo siento. Estoy muy avergonzada por haber llamado. Estaba asustada y no sabía qué hacer.
—Hiciste exactamente lo correcto. Estoy aquí para ti.
—Gracias —susurró.
—¿Estás en la cama?
—Sí.
Puse mi arma en la mesita de noche y me recosté.
—Yo también. —Intenté pensar en qué más decir, cómo arreglarlo—. ¿Hoy trabajarás en la librería?
—Sí. Me llegará un nuevo cargamento de libros.
—¿Alguno que tengas ganas de leer?
—Um, sí.
—Cuéntame sobre eso, nena.
Sus moqueos se hicieron menos pronunciados a medida que me contaba sobre los nuevos lanzamientos de libros. No entendía nada, pero me encantaba la pasión de su voz. Podría escucharla hablar durante horas.
—No creo haber leído nunca un libro de romance. Quizá debería intentarlo —admití.
—Te daré un ejemplar si vienes a la tienda.
Sonreí ante su invitación tímida.
—Tendré que ir pronto, entonces. —Lo que realmente quería era ir a su apartamento en ese momento para poder estrecharla entre mis brazos.
Sin embargo, tenía que levantarme pronto.
Estaba trabajando con Matteo para reforzar nuestras defensas en toda la ciudad.
No podíamos entender cómo los albaneses transportaban chicas y armas sin ser captados por ninguna de nuestras cámaras.
Ambos nos quedamos callados, pero había algo reconfortante en que estuviéramos conectados así.
—¿Romeo?
—¿Sí, Julieta?
—Gracias.
Sentí un nudo en la garganta cuando respondí.
—Cuando quieras, preciosa. Cuando quieras.