67 Sienna
SIENNA
La euforia que sentí tras encontrar a Souleater se había enfriado en los últimos días mientras Maxim, Sergey y Dimi planeaban la mejor manera de eliminarlo.
Yo les sugerí que todos fueran al almacén y, bang bang, resolvieran el asunto.
Dimi me miró como si me hubieran salido unas cuantas cabezas más.
Dejé la mayor parte de la estrategia a ellos, que incluía cámaras térmicas, detección de bombas y la llegada escalonada de soldados envueltos con un bonito moño pirómano. Había pasado el tiempo con CozyScape, pero esta noche finalmente era la noche.
La cuenta regresiva para la misión de esta noche nos pesaba como una bomba de tiempo.
Por mucho que hubiera deseado que llegara, en este instante, lo enfrentaba con temor.
En unas horas, Maxim vendría a quedarse con Vovchyk y conmigo en la casa de seguridad mientras mi esposo regresaba al lugar de su mayor trauma para enfrentarse al que lo torturó.
El programa de renovaciones que había puesto para pasar el rato hacía tiempo que se había convertido en ruido de fondo. Lo único en lo que podía concentrarme ahora era en mi esposo, que estaba a punto de derrumbarse.
Paseaba por la habitación, con la mandíbula tensa y los músculos rígidos. Sus ojos tenían esa mirada vacía que reconocía de sus pesadillas, como si lo hubieran transportado a otro lugar. Dondequiera que estuviera, no parecía un buen lugar para estar.
Me levanté del sofá, haciendo uno de esos gruñidos involuntarios como si fuera un ser antiguo o un pingüino estreñido, y crucé la sala. Estaba a solo unos pasos cuando me vio.
Él se echó hacia atrás, levantando las manos como si estuviera defendiéndose de un ataque.
—No te acerques demasiado. —Sus ojos recorrían la sala. ¿Qué estaba buscando? ¿Lo sabía siquiera?—. No puedo… En este momento no tengo el control. No quiero lastimarte.
Era increíble lo rápido que habían cambiado las cosas entre nosotros después de solo dos semanas juntos, porque la idea de que me hiciera daño ahora me causaba risa.
—¿Hay algo que hagas normalmente cuando te sientes así? —pregunté.
Jaló su cabello, sin siquiera inmutarse por el ardor.
—Peleo en Mayhem.
Tarareé y di otro paso adelante.
—¿Y eso ayuda?
—Sí, pero no voy a subirme al ring contigo, carajo.
Me reí al imaginarme enfrentándolo con mi enorme barriga de embarazada. Ganaría al instante porque dudaba que Dimi siquiera pusiera un pie en el ring si yo estuviera allí… bueno, probablemente solo para declararme ganadora y sacarme en brazos.
—No, no estaba pensando eso. Tengo una idea de otra cosa que podría ayudar. —Ya estaba lo bastante cerca como para deslizar mis dedos por su pecho. Llevaba una camiseta negra suave que yo planeaba robar—. No terminaste la última pelea en la que estuviste. Encontraste alivio de otra manera, ¿verdad?
El calor ardió en sus ojos. ¿Estaba pensando en cómo me folló la boca después de la pelea, primero en el coche y luego en la ducha? Apreté los muslos mientras chispas de necesidad se encendían en mi centro y empapaban mis bragas.
Mantuve el contacto visual completo mientras me arrodillaba lentamente. Maldijo y alzó la vista al techo.
—¿Qué opinas? ¿Vale la pena probar esta técnica? —Le bajé la cremallera y le sujeté la erección a través de sus bóxers.
Deslizó sus dedos por mi cabello con un gemido bajo.
—Carajo. Sácamela, Malyshka.
Su polla pesaba en mi mano, la piel suave como terciopelo mientras envolvía mis dedos alrededor de la gruesa base de su longitud. Me incliné hacia adelante, manteniendo el contacto visual a la par que lamía la gota de líquido preseminal de su punta.
—Blyat. Llévame a esa boquita caliente.
Sonreí con arrogancia mientras entreabría los labios, pero solo tomé su punta. Lo provoqué con mi lengua, lamiendo y chupando lo justo para darle placer, pero no lo suficiente para llevarlo al límite.
—Vas a ser mi puta perdición, joder —gruñó—. Deja de portarte como una malcriada y toma mi polla como la buena chica que sé que puedes ser. —Sus ojos ardían con fuego, su expresión casi enfadada. Pero yo sabía que no era así.
Enroscó mi cabello alrededor de su mano y jaló, obligándome a echar la cabeza hacia atrás.
—¿Quieres ser mi buena chica?
Mis dedos se clavaron en sus muslos. Me pedía permiso para follarme la boca y tomar su orgasmo como quisiera. Asentí, y sus ojos se arrugaron con calidez.
Sin advertencia, se metió profundamente en mi boca.
Se me humedecieron los ojos y me atraganté por la sorpresa.
Instintivamente, me aparté, mas no me lo permitió.
La punta de su gruesa verga descansaba justo en la parte trasera de mi garganta, no lo bastante profunda para cortarme el aire, pero sí justo en el punto que me obligaba a concentrarme del todo para evitar arcadas.
—Shhh, Malyshka. Así. Tú puedes. Puedes darme todo.
Me incliné hacia adelante, llevándolo más abajo en mi garganta. Tragué saliva a su alrededor, desesperada por no atragantarme. Desesperada por ser su buena chica.
—Eso es. Carajo, tu boca fue hecha para mí. —Se retiró lo suficiente para que yo pudiera tomar aire antes de volver a embestir. Su agarre en mi cabello era inflexible. Apoyé mis manos en sus muslos y me sumergí en la sensación de rendición total, donde nada importaba más que complacerlo.
Él lo necesitaba, y yo también.
Me dolía la mandíbula, mis labios estaban hinchados y mi clítoris estaba tan hinchado de necesidad que casi dolía, y, sin embargo, cuanto más fuerte empujaba en mi boca, más me quedaba a la deriva, completamente relajada.
—Mírame.
Mi vista recorrió su cuerpo, deteniéndose en las crestas de sus abdominales, en sus enormes manos que me manejaban con facilidad, hasta que me encontré con unos ojos tan ardientes que se sonrojaron mis mejillas.
—Voy a llenar esta boquita apretada de semen y tú vas a tragarte hasta la última gota, ¿verdad? Porque eres mía. —Embestida—. Para siempre. —Embestida— Nunca te dejaré ir.
Gemí, y él soltó una serie de maldiciones antes de correrse por mi garganta. Lo tragué todo, cerrando los ojos mientras él suavizaba sus caricias. Apoyé mi mejilla en su pierna, la tensión en mi cuerpo desapareciendo.
Me atrajo hacia sus brazos y me besó con hambre, sin importarle que aún tuviera su sabor en mi lengua.
—He pasado toda mi vida asustado, pero en el ring de pelea, nada más importaba. Ahora, el único momento en que el miedo desaparece es cuando estoy contigo.
Estábamos abrazados en el porche, viendo la puesta de sol. Nuestra dulce niña bailaba en mi vientre después de cenar, y Dimi le murmuraba en ruso.
Le acaricié el cuero cabelludo.
—¿Acabas de decir algo sobre un oso?
Me dedicó una sonrisa radiante.
—Es un viejo cuento de hadas sobre una niña que huye al bosque y encuentra un oso encantado.
Le di un beso en el hombro y siguió contando la historia, arrullándome con sus palabras suaves y la caricia de mi vientre. Ojalá pudiera congelar este momento y quedarme en él para siempre, a salvo con mi familia, bajo el cielo rosa y naranja.
—Tendrás cuidado, ¿verdad? —susurré.
Rozó su mejilla contra la mía.
—Por supuesto. Tengo a mis dos chicas preciosas con quienes volver.
Unas horas después, llegó Maxim. Nos quedamos hombro con hombro junto a la puerta principal, viendo cómo Dimi se marchaba con Sergey e Ilya. Se reunirían con los demás en un punto de encuentro.
Maxim me dio un codazo en el hombro.
—Estará bien.
Mis labios temblaron mientras intentaba no llorar, pero le di un asentimiento a medias.
—Vamos. Entremos y comamos un montón de helado mientras me enseñas lo último de CozyScape. He estado descuidando mi aldea.
Las luces traseras del SUV blindado hacía tiempo que habían desaparecido. Solté un suspiro lento y me di la vuelta.
—Bien. Pongamos tu aldea bajo control.