Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 20 Dimitri
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20 Dimitri

DIMITRI

Tal vez debería haber pasado junto a Sienna por la escalera de incendios y saltar a mi muerte. Habría sido preferible a enfrentarme a este desastre, pero igual, la seguí de vuelta por el pasillo.

Durante semanas, Emma me había perseguido. Sus caricias, su olor, la sensación de su piel contra la mía. La forma en que besó mis cicatrices. Los suaves ruidos que hacía cuando la llevaba al orgasmo una y otra vez. Cómo había calmado mis demonios inquietos.

Cada vez que tomaba mi polla en mi mano, repasando cómo ella se mecía encima de mí, tomando su placer, me acercaba a romperme. No habría aguantado mucho más antes de pedirle a Aleksei que la encontrara.

Ahora, había sido encontrada.

Y era una princesa de la mafia manipuladora y mimada que estaba embarazada de mi bebé.

Nunca había pensado mucho en hijos. Mi padre me había nombrado su ejecutor en Rusia y Europa cuando tenía veintidós años.

Los ejecutores de la Bratva solían quedarse solteros y sin hijos, sin apegos, sin nadie que los distrajera, sin riesgo de que priorizaran a una mujer o a un niño sobre la Bratva.

Cuando me convertí en Pakhan, las expectativas para mi vida cambiaron.

En este momento, necesitaba un heredero para asegurar el legado Ivanov.

Rechiné los dientes. Solo otra cosa fuera de mi control.

El murmullo y el sonido de los cubiertos cesaron en cuanto entramos al comedor. Todos estaban sentados alrededor de la mesa, que estaba cargada de comida.

Rossi se levantó de golpe de la silla y habló con Sienna en un italiano rápido:

—¿Qué pasa? —preguntó—. Pídemelo y lo mataré.

Mantuve mi expresión neutra, pero Rossi podía irse al carajo por pensar que podría matarme.

Sienna frunció los labios.

—No será necesario —respondió en un italiano perfecto. Eso me transportó de vuelta a bailar con ella en medio del restaurante de Martina y Tony.

—¿Es realmente el padre? —preguntó.

Observaba a Sienna con la respiración contenida. Murmuró un suave:

—Sì.

La voz de su hermano se hizo más fuerte mientras empezaba a lanzar amenazas sobre arrancarme las entrañas y dárselas a los cerdos.

La tensa ira de Rossi y la confirmación renuente de Sienna parecían ser reales. ¿Podría ser esto una coincidencia, como dijo, y no una elaborada artimaña para atraparme?

—Por cierto, él habla italiano —indicó Sienna en inglés antes de sentarse en uno de los dos asientos vacíos.

Maxim me miró a los ojos y le negué levemente con la cabeza. No era momento de pelear… todavía.

—Perdón por eso, a todos —pronunció Sienna con una sonrisa radiante. La tensión que había marcado su cuerpo segundos antes había desaparecido—. No hay nada como emociones inesperadas antes de la cena.

—Sí, voy a necesitar algo más que eso —soltó Romeo, reclinándose en su silla.

Julieta le dio un golpecito en el hombro.

—No crees líos. —Miró a Sienna—. Pero quiero decir, sí, vamos a necesitar los detalles de lo que sea que haya sido eso.

—¿Vas a sentarte, Dimochka?

Me dio un vuelco en el pecho al oír a Sofiya usar ese dulce apodo.

Eso desencadenó una avalancha de recuerdos de una niña pequeña y regordeta corriendo por el jardín, llamándome Dimi en vez del más ruso Dima hasta que se quedó.

Había estado demasiado ausente la mayor parte de su vida… excepto en esos primeros años.

Nuestro padre no acompañó a la madre de Sofiya, Alena, al hospital cuando estuvo en labor de parto.

Cuando ella volvió a casa, él se negó a cargar al bebé porque era una niña.

Años soportando los abusos de Rustik convirtieron a Alena en una mujer odiosa que me despreciaba y era cruel con sus hijas, pero ese día se sentó en el sofá y me dejó cargar a mi nueva hermana.

La pequeña Sofiya estaba tan tranquila y silenciosa en mis brazos, mirándome con sus grandes y curiosos ojos.

Decidí en ese mismo momento que era mía para protegerla.

Yo sentí lo mismo cuando Alena trajo a Mila a casa un par de años después, pero para entonces, la oscuridad ya había dominado por completo mi mundo.

Mi padre estaba completamente comprometido con mi entrenamiento en la Bratva, y cuanto más revelaba cuánto me importaban mis hermanas, más peligro corrían.

Había perfeccionado mi indiferencia vacía, mantenía mi distancia incluso cuando sabía que sufrían en esa maldita casa porque sabía lo mucho peor que podía ser para ellas si yo intervenía.

Carraspeé y me senté en la última silla libre. No era casualidad que fuera la que estaba más alejada de Sienna.

Rossi se sentó frente a mí, fulminándome con la mirada. Sostuve su mirada. Igualmente, cabrón.

—Tenemos noticias —dijo Sienna.

Intenté encontrar algún rastro de la mujer enfadada e indignada con la que había hablado momentos antes, mas no había ninguno.

Había sido tan convincente que casi creí que todo esto era una casualidad jodida.

No obstante, verla cambiar de forma así, transformarse en una persona nueva delante de sus amigas, me mostró exactamente de lo que era capaz.

—Como saben, cuando estuve en París conocí a alguien y nosotros… —Se le sonrojaron las mejillas y evitó deliberadamente mirar en dirección a su hermano—. Bueno, ya saben. Y quedé embarazada.

—¿Estás embarazada? —Finnegan gritó con la boca llena de spaghetti. Gesticuló de forma frenética entre Sofiya y Sienna—. Maldita sea, ¿primero ella y luego tú?

—Sí, estoy segura de que esto es muy estresante para ti —expresó Sofiya con sequedad.

Finnegan frunció el ceño y continuó comiendo.

—En fin… —Sienna continuó—. No sabía quién era ese hombre, ¡pero sorpresa!

Es Dimitri. Casualmente estábamos en París al mismo tiempo.

Él tampoco sabía quién era yo, así que esa fue la confusión cuando nos vimos por primera vez.

—Si bien su sonrisa no se desvaneció, su mano tembló mientras agarraba su vaso de agua para dar un sorbo—.

Pero todo está bien ahora, y hemos decidido casarnos por el bien del bebé y ver si podemos hacer funcionar esto.

El silencio llenó la habitación. Incluso Clementine dejó de golpear su sillita con el puño.

—Wow. No me esperaba eso —expuso Finnegan. Todos voltearon a mirarlo. Levantó las manos—. Bien, perdón. Supongo que esto es una noticia totalmente normal que todos vamos a tomar de una manera relajada.

—Espera, ¿dijiste que se van a casar? —Mila medio gritó—. ¿Cuándo?

—Sí —confirmé—. Conseguimos la licencia de matrimonio y tenemos una cita en el Ayuntamiento… —Miré mi teléfono y vi que Aleksei había respondido por mensaje—. Mañana.

Y justo así, la tensión en la habitación se rompió. Rossi se levantó y volvió a gritar en italiano. Habló demasiado rápido para que lo captara todo, pero capté partes como sí lo mataré, carajo, le arrancaré algo del cuerpo y se lo compensaré a Sofiya.

Maxim y yo nos pusimos de pie, con los cuerpos tensos.

Él estaba más cerca de Rossi que yo y estaba listo para acabar con él si era necesario, pero antes de que alguien pudiera hacer alguna movida, Clementine empezó a llorar.

La bebé había estado ocupada alimentando al perro con bocados de su cena desde su silla alta, pero ahora su cara se estaba poniendo roja.

—Sofiya, tómala y vete. Sienna y Julieta también. —El tono de Rossi era severo, y esperaba que mi hermana se sobresaltara, mas no se movió.

—No, tú cárgala, Miliy —protestó.

—Toma a la bebé y sal de la habitación —ordené en ruso—. Tú y Mila.

—No —objetó ella—. No voy a dejar que se comporten como idiotas por esto.

—Tú no me dejas hacer nada —gruñí antes de poder calmarme. Mi rabia se volvió interna por mi pérdida de control momentánea.

Clementine soltó un chillido fuerte y Noodle empezó a ladrar.

Rossi maldijo y tomó a la bebé, mirándome con furia mientras la mecía sobre su pecho. Nunca había visto a un hombre interesarse activamente por su hijo. No podía entender a este padre abnegado con todo lo que había oído sobre el Don, que se había ganado el apodo del Ángel de la Muerte.

—Dame una buena razón para no matarte por esto. —El tono de Rossi era calmado mientras le daba una palmadita en la espalda a su hija.

Alcé una ceja con desdén.

—¿Se supone que eso debe asustarme?

Los guardias, Romeo y Angelo, se tensaron al ponerse en pie. La mano de Maxim se movió hacia el bolsillo oculto de su chaqueta, donde guardaba una navaja.

Tenía dos navajas escondidas en las suelas de mis zapatos, pero no las necesitaría.

Podría destruir a Rossi con mis manos y lo disfrutaría muchísimo, carajo.

Muy pocas personas en el mundo tenían alguna oportunidad contra mí, y hoy en día, Rossi pasaba más tiempo con su esposa e hija que entrenando.

—Aunque fueras capaz de matarme, te importa demasiado tu familia como para hacerlo. —Años de entrenamiento brutal de mi padre aseguraron que mi rostro estuviera inexpresivo, mi tono relajado, incluso cuando mis músculos ardían por pelear.

—¿Eso es una maldita amenaza?

—No, es un hecho. ¿Matarías al Pakhan? ¿El hermano de tu esposa y el prometido de tu hermana? ¿El padre de su hijo?

Rossi dio un paso adelante, con una rabia helada en sus ojos. Habría sido más intimidante si no estuviera rebotando un bebé sobre su pecho.

—Mila, ¿me pasas el parmesano?

Todas las personas alrededor de la mesa se giraron para mirar a Sienna. El ceño fruncido de Mila me indicó que estaba preocupada por la cordura de su futura cuñada.

—Um, ¿claro?

Sienna agarró el tazón que le pasó y vertió una cantidad desproporcionada de parmesano sobre su pasta y albóndigas antes de empezar a comer.

—Esto está buenísimo, Sofiya. ¿Tú lo preparaste? —preguntó.

Los labios de Sofiya se movieron ligeramente.

—No. Gianna lo preparó. Es la encargada de nuestra casa —le explicó a Mila—. Estuvo aquí esta mañana.

—Pues, está muy bueno. —Sienna dio otro gran bocado, con las mejillas hinchadas como las de una ardilla—. Ustedes pueden seguir haciendo lo que sea que sea esto… —Nos señaló con el tenedor—. Pero se les va a enfriar la comida.

—De verdad que se la están perdiendo —confirmó Finnegan mientras se servía otra porción de pasta en el plato.

Sofiya cruzó la mirada con su guardaespaldas, Angelo. Dudó antes de sentarse en su silla.

—Sería una pena desperdiciar una buena pasta —murmuró él.

Julieta se lanzó a una discusión detallada comparando los méritos de la pizza estilo Deep-dish de Chicago y la pizza estilo neoyorquina, y todas las chicas se unieron. Me moví, sintiéndome un poco ridículo por seguir de pie cuando todos los demás nos ignoraban.

—Por el amor de Dios, siéntense —soltó finalmente Sofiya, mirando entre su marido y yo.

—¿Cómo quieres hacer esto? —murmuró Maxim en ruso bajo—. ¿Nos sentamos, peleamos o nos vamos?

Estudié con rabia a Rossi. Quería sentir el crujir de su nariz bajo mi puño, pero si no podía hacer eso, al menos podía disfrutar de la satisfacción de que Rossi no podía impedir este matrimonio.

Tanto la Bratva como la ley de la mafia establecían que un hombre tenía ciertos derechos sobre una mujer si ella estaba embarazada de su hijo.

Eso me daba control, sobre esta situación y sobre su hermana.

Gané un heredero y a su hermana. Mantener a Sienna conmigo en Chicago me daba ventaja sobre Rossi, quien no se atrevería a poner en peligro nuestra alianza ahora.

Igualó la balanza. Sofiya estaba en casa de Rossi, así que su hermana viviría en la mía.

Y cuando el niño fuera lo suficientemente mayor, empezaría a entrenarlo para que tomara mi lugar.

Sí, esto estaba bien. Podría trabajar con esto.

—Nos vamos. —Me giré hacia Sienna—. Nuestra cita es mañana a las once.

Ella asintió.

—Nos vemos allí. —¿Fui yo el único que notó el filo frío en su voz?

—Dijiste que podía quedarme aquí esta noche —soltó Mila.

Carajo. Si Mila se quedaba, Rossi tendría a mis dos hermanas y a mi prometida bajo su control.

—Yo la cuidaré —declaró Sofiya en ruso—. Nos vemos mañana en el Ayuntamiento.

Le guardaba resentimiento a Rossi por tener alguna influencia sobre Sofiya, pero al menos su matrimonio significaba que yo tenía un aliado en su casa.

—Prepárate para marcharnos después de la ceremonia —le dije a Mila. Antes de que pudiera discutir, giré mi cabeza hacia la puerta y Maxim y yo nos fuimos.