Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 6 Dimitri
9%

6 Dimitri

DIMITRI

Le di el nombre del hotel de Emma al taxista. El mío era más seguro, pero ir al suyo significaba que podía marcharme fácilmente después de que terminara nuestra noche.

Se acurrucó en mi costado, apoyando la cabeza en mi hombro.

—La ciudad es tan bonita por la noche. —Las luces que pasaban se reflejaban en sus ojos oscuros.

Acaricié la línea de su mandíbula, cerré la distancia entre nosotros y la besé.

Nunca había hecho eso, besar a alguien solo porque quería, pero Emma me hizo querer—.

Mira. —Me dio un codazo y vi por la ventana.

La Torre Eiffel estaba iluminada y resplandeciente.

La primera vez que vine a París, había estado vagando por las calles tarde por la noche tras cerrar mi primer trato.

Estaba débil de alivio, cansado hasta los huesos y congelándome en una noche de enero.

Me encontré caminando sin rumbo junto al Sena cuando la Torre Eiffel empezó a brillar a lo lejos.

Me detuvo en seco, dejándome sin aliento al darme cuenta de que aún había algo hermoso en el mundo, aunque no fuera para mí.

Vivía envuelto en oscuridad, destinado a ser para siempre un extraño a las cosas buenas de la vida, pero esas luces centelleantes me habían dado esperanza de que todo lo que hacía no era en vano.

Estaba creando un mundo más seguro para las pocas personas que quedaban y que quería.

Cuando llegamos frente a su hotel, Emma metió la mano en su pequeño bolso como si fuera a sacar su cartera. Me burlé, tapé su mano con la mía y le di al chofer un fajo de billetes. Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa mientras le tomaba la mano y la guie fuera del taxi.

El vestíbulo fue un borrón mientras la metía en el ascensor. La tensión crepitaba en el aire entre nosotros, y luché contra el impulso de empujarla contra la pared y tomarla allí mismo.

Las puertas del ascensor se abrieron y ella tropezó al salir. Murmuró algo entre dientes y se quitó los zapatos.

Mis ojos se fijaron en su trasero mientras se agachaba para agarrarlos.

—Malditos zapatos —me burlé antes de cargarla. Esta vez, su cuerpo estaba pegado a mi pecho, sus brazos y piernas envueltos alrededor de mí. La levanté y jadeó mientras su coño rozaba mi polla dura.

—Creo que solo te gusta una excusa para cargarme. —Sus labios subieron por mi cuello, por mi mandíbula. Gruñí cuando me mordió el lóbulo.

—Maldición. ¿Cuál es tu habitación?

Señaló hacia el final del pasillo y se rio cuando empecé a correr. Se movió en mis brazos cuando llegamos a su puerta. La dejé en el suelo, pero me negué a darle un centímetro de espacio, apretándola mientras usaba la tarjeta de su habitación y empujaba la puerta.

Encendió el interruptor de la luz.

Cerré la puerta con llave detrás de nosotros.

La sala de la lujosa suite del hotel estaba decorada con una televisión, sofás opulentos y un sillón reclinable.

Al otro lado de la sala, enormes ventanales cubrían una gran pared con una puerta que daba a un balcón.

A la izquierda había una pequeña cocina, a la derecha, una puerta al dormitorio.

Y a unos metros delante de mí estaba Emma.

Avancé hasta que nuestros pechos se rozaron.

—Date la vuelta.

Vaciló, mordiéndose el labio. ¿Estaba teniendo dudas? Pero entonces se giró y se apartó el cabello hacia adelante para que pudiera acceder a su cremallera. Enganché mi dedo en la espalda de su vestido y la atraje hacia mí, sonriendo con arrogancia ante su pequeño jadeo.

Bajé la cremallera con cuidado, dejando al descubierto una superficie lisa de piel.

Mi polla estaba como acero, y me costó mucho esfuerzo no arrancarle el vestido.

Lo pasé suavemente por la curva de sus caderas hasta que se acumuló en el suelo, dejándola completamente desnuda.

Me hizo caer de rodillas por segunda vez esta noche a la par que recorría su espalda con un beso.

Se me hizo agua la boca mientras me inclinaba hacia adelante y mordía la curva de su nalga.

Gritó y se giró de golpe para mirarme, con los labios entreabiertos por el asombro.

—¿Qué estás…?

Sus palabras se apagaron cuando se dio cuenta de que estaba a centímetros de su coño. Ya había memorizado su sabor y tacto, pero ahora tenía una vista clara y podía mirar hasta saciarme. Apoyé mi rostro en su hendidura e inhalé profundamente.

—¿Decías?

Un ruido ahogado en su garganta fue su única respuesta.

Arrastré mis manos por sus curvas a la par que yo me levantaba. Echó su cabeza hacia atrás, completamente desnuda mientras yo estaba completamente vestido.

—Mierda, eres preciosa. —Mi verga dura palpitaba, sin embargo, lo único que podía hacer era mirar sus curvas suaves, el tono oliva dorado de su piel, los rizos gruesos y oscuros que cubrían su coño.

Se retorció bajo mi mirada, con las mejillas sonrojadas, pero me negué a que me apresurara.

Había pasado toda una vida renunciando a mi humanidad para poder convertirme en quien ellos necesitaban que fuera.

Ya había tenido sexo antes, pero esos recuerdos estaban envueltos en una densa niebla.

Ninguno de esos momentos había parecido real. Yo no me había sentido real.

Mis dedos recorrieron su piel, y contuve la respiración, esperando que desapareciera en cualquier momento. Pero aquí estaba, cálida y sólida.

Y yo también.

Aquí.

Vivo.

Pronto tendría que endurecer mi alma y volver a mi ciudad, mas no dejaría que la realidad nos invadiera en esta habitación.

Todavía no.

Mis manos recorrieron sus caderas mientras la empujaba hacia el dormitorio. Las luces de la ciudad se colaban por las ventanas, rompiendo la oscuridad lo suficiente para que pudiera ver el contorno de sus curvas.

—En la cama. —La guie hacia abajo para que quedara boca arriba, extendida delante de mí.

Jaló mi camisa.

—Quiero verte.

Le mordí el labio inferior. Tenía que hacer esta siguiente parte con cuidado, quitarme la ropa sin que ella viera la pistola que tenía atada en la parte baja de la espalda.

—Entonces sé una buena chica y mírame.

Me puse de pie, manteniendo la mirada en ella a la par que me quitaba la chaqueta.

La poca luz disimulaba mis movimientos mientras rápidamente metía mi pistola en el bolsillo interior de mi chaqueta, la envolvía en un bulto y la dejé en la silla a un lado de la habitación.

Emma se incorporó cuando yo me desabrochaba la camisa.

Su mirada ardiente recorría mi cuerpo, haciéndome sentir como si yo fuera el que estaba desnudo ante ella y no al revés.

Me acerqué a las sombras mientras me quitaba la camisa, la dejé sobre la cómoda y esperaba que la oscuridad disimulara las cicatrices que cubrían mi pecho y espalda.

Cuando solo quedaba mi bóxer, volví a la cama y le agarré la mandíbula con fuerza.

—Quítamelos.

Su suave inhalación al ponerse de rodillas, la forma en que sus pezones se tensaron cuando los pequeños dedos agarraban la pretina, hacían que el líquido preseminal goteara sobre mi piel.

Dudando un poco, los bajó y mi polla saltó a unos centímetros de sus labios.

Me miró como si me estuviera pidiendo… ¿Permiso? ¿Indicaciones?

Presioné mi pulgar contra sus labios y los entreabrió, permitiéndome empujar dentro de su boca caliente y húmeda.

—¿Vas a chuparme la polla como una buena chica?

Su lengua recorrió mi pulgar y asintió.

—Entonces abre más.

La imagen de ella arrodillada ante mí, tan cerca que podía sentir sus exhalaciones en la maldita punta y la forma en que me miraba con ojos enormes y confiados, casi me hizo correrme.

Seguí sujetando su mandíbula, no obstante, fijé la mirada en el techo e intenté pensar en otra cosa.

La suave lamida de su lengua contra mi cabeza arrancó un gemido sorprendido de mi boca y una embestida involuntaria de mis caderas.

Su expresión era de puro orgullo arrogante y un gruñido retumbó en mi pecho.

—Chica traviesa —solté con dureza mientras le presionaba la punta en su boca. Mi intención era que fuera un castigo, pero en el momento en que cerró los labios y me la chupó, me perdí. Eché la cabeza hacia atrás ante su calor húmedo. Nada se había sentido así antes.

Enrosqué mis dedos en su cabello, lo suficientemente sueltos para que pudiera controlar el tempo, pero con firmeza para que no pudiera escapar.

No es que lo intentara. Me agarró de las caderas para mantener el equilibrio y me metió más profundo.

Gemí mientras el placer recorría mi columna vertebral y me recorría las bolas.

No importaba que sus movimientos fueran un poco torpes y sin experiencia, salvo que no estaba seguro de cómo conciliar a la sirena segura que se me acercó en el club con esta mujer más tímida.

Saqué mi longitud de su boca, pero mantuve el agarre firme en su mandíbula.

—¿Estás bien, cariño?

Ella soltó un profundo suspiro y se apoyó en mi caricia.

—Sí.

Fruncí el ceño cuando volvió a morderse el labio. Lo solté de sus dientes, pasando el pulgar por la mancha roja mientras la esperaba. La paciencia no era mi fuerte, pero el silencio provocaba confesiones.

—¿Quieres…? —Empezó. Respiró profundamente antes de sostener mi mirada con determinación renovada—. ¿Me dirás qué hacer?

Maldije ante su inocente pregunta y volví a mirar al techo para no correrme.

—Sí, sí, puedo hacerlo. —Mi voz tensa la hizo reír, y sacudí la cabeza—. Malcriada.

Ella lamió una línea larga por mi polla.

—Quizá tengas que mirarme para darme instrucciones.

Suspiré y usé mi agarre en su cabello para forzar su cabeza hacia atrás.

—Abre la boca y tómame.

Sonrió e hizo lo que le ordené, con una expresión mucho más relajada a la par que me chupaba.

Mantuve ambas manos sobre ella, enredadas en su cabello, acariciándole la mandíbula, y le di cada vez más mi verga.

Su boca se estiró a mi alrededor, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras me metía más profundo, pero no se quejó ni se apartó.