5 Dimitri #3
—Vamos. —No le di oportunidad de discutir antes de levantarla del mostrador, apretarle el culo con fuerza y empujarla hacia la puerta.
—¿Qué estás…?
La música alta ahogó sus palabras mientras volvíamos a entrar a la sala principal del club. La atraje a mi lado para protegerla de miradas y manos errantes. El extraño impulso de encerrarla en una jaula me atrapó. Algo en Emma llamaba a lo más profundo de mí.
El aire húmedo de la noche nos envolvió al salir a la calle. Las luces proyectaban un resplandor cálido sobre todo, incluyendo a la mujer cautivadora que tenía frente a mí. Su piel era como el oro, brillando en la luz tenue.
—¿Qué estamos haciendo? —Sus labios rozaron mi garganta.
Miré sus zapatos, negros con un tacón alto y afilado.
Nuestro destino no estaba lejos andando, pero la idea de que se hiciera daño con las calles empedradas era inaceptable.
Podría ordenarle a Sergey que trajera el coche, pero eso abriría demasiadas oportunidades para preguntas, tanto de Emma como de mis hombres.
El anonimato era fundamental.
Decidido, la cargué en mis brazos. Ella me rodeó el cuello con un brazo, jadeando, mientras con el otro sujetaba su falda.
—No llevo ropa interior —siseó.
Me reí, pero me aseguré de que su vestido la cubriera mientras la cargaba al estilo novia por la calle.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
—Si voy a hacer mi mejor trabajo, no voy a dejar que te distraigas —comenté.
—¿Y me tienes que cargar para eso?
—Zapatos ridículos de mierda —murmuré.
Me dio un golpecito en el pecho con el dedo.
—Estos son Louboutins.
No me digné a responderle.
Resopló, pero no pudo ocultar cómo se suavizó en mi abrazo, acurrucándose contra mi pecho, labios rozando la piel desnuda de mi cuello. Gruñí. Esta pequeña sirena estaba hecha para mí.
La parte de mi cabeza que no pensaba con mi polla sonó como una alarma estridente sobre lo fácil que me estaba dejando atraer y lo poco que me importaba.
—¿Debería preocuparme que me estén secuestrando?
—Por suerte, tu secuestrador está más preocupado por alimentarte.
—Mmm, ¿qué piensas darme de comer?
Sus palabras rezumaban insinuaciones y resoplé mientras mi mano apretaba su culo.
—Qué descarada. —La bajé suavemente en la acera, pero la mantuve pegada a mi cuerpo—. Ya llegamos.
Una amplia sonrisa iluminó su rostro cuando vio nuestro destino: una pequeña pizzería que descubrí hacía una década, cuando llegué por primera vez a París.
En aquel entonces, no tenía dinero. Había volado por todo el mundo en un avión privado, usado trajes y relojes de lujo, entreteniendo a clientes en hoteles de lujo y salas de negocios, mas todo era una máscara que ocultaba la verdad: que vivía como una puta rata en la alcantarilla.
Una noche me topé con Bella Vita, con el estómago consumido por el hambre.
Tenía suficiente dinero para un pedazo. Me dieron una pizza entera y habíamos hablado hasta bien entrada la noche.
Volvía cada vez que estaba en la ciudad.
—Esto se ve increíble. —Emma sonrió radiante y la opresión en mi pecho, la ansiedad de que viera este lugar como inferior a ella, desapareció.
Abrí la puerta y ella tomó mi mano antes de entrar.
Mis dedos se flexionaron alrededor de los suyos mientras la seguía adentro.
El aroma a mozzarella y tomate flotaba en el aire.
Cabinas desgastadas con asientos de plástico rojo y mesas de madera rayada cubrían las paredes.
Un par de mujeres de cabello canoso ocupaban una, una pizza y una botella de vino entre ellas, pero por lo demás estaba vacío.
Emma me devolvió la mirada por encima del hombro con una sonrisa.
—Esto es justo lo que necesito después de que me sirvieron una comida de dieciséis tiempos, cada uno consistía en una cucharada de una extraña sustancia gelatinosa.
Los ricos comían las cosas más raras.
—¡Declan! —Martina salió de la puerta vaivén de la cocina. Su cabello, ahora completamente canoso, estaba recogido en un moño. Se secó las manos en su delantal rojo cereza antes de abrazarme. Me obligué a relajarme con su caricia, y ella mantuvo el abrazo breve para mi bien.
—¿Quién es esta belleza que trajiste contigo?
Demonios. Iba a convertir esto en todo un lío, y también…
—¡Tony! Vieni qui! Declan trajo a una chica para conocernos.
Por el amor de…
Emma se rio, y el sonido hizo algo extraño en mi pecho. Me froté el esternón.
Tony salió de la cocina.
—¿Eh? ¿Por qué tanto alboroto? —Vio a Emma y su ceño fruncido se transformó en una sonrisa encantadora—.
¿Quién es esta hermosa signorina? —Le puso las manos en los brazos y le besó las mejillas—.
Soy Antonio Bianchi. Bienvenida a nuestro restaurante, donde solo comen las damas más bonitas de París.
—Oh —dijo Emma, frunciendo el ceño—. Entonces, ¿debería irme?
Hubo un momento de silencio antes de que ella se riera, y Martina y Tony empezaron a reír.
—No, no. Eres la más hermosa de toda la ciudad —elogió Tony—. Ahora este… —Me hizo un gesto despectivo con la mano y bah.
—Aww, qué pena, Declan. Supongo que te alcanzaré más tarde, cuando termine mi pizza —bromeó Emma, haciéndome ojitos.
Fruncí el ceño, pero no había maldad detrás de eso mientras la atraía hacia mi costado.
—Me agrada —comentó Martina—. Soy Tina Bianchi.
—Encantada de conocerlos a los dos. Soy Emma Sinclair y si su comida es la mitad de buena de lo que huele, sé que me espera una de las mejores comidas de mi vida.
Tony infló el pecho y extendió su brazo para escoltarla hasta lo que él mismo anunció como “su mejor reservado”.
En vez de darnos menús, se pusieron junto a nuestra mesa, discutiendo en italiano sobre qué debían prepararnos.
Emma parecía encantada, manejando el caos con calma.
Cuando Martina y Tony volvieron a la cocina para seguir discutiendo sobre qué platillos llevarnos, ladeé la cabeza.
—Hablas italiano.
—¿Hmm? —preguntó mientras se movía en su asiento.
Había aprendido bastante italiano a lo largo de los años, pero en cuanto supe que mi hermana se había casado con el Don italiano en New York, me comprometí a ser fluido.
Tony dejó dos copas de vino y una cesta de pan, pero mi mirada aguda no se apartó de su rostro. No me gustaba el vino, pero di un sorbo para tranquilizarla.
—Entendiste lo que decían.
Sonrió radiante.
—Eres observador. Mi abuela era de Italia. Tomé clases en el colegio para poder comunicarme mejor con ella. —Después de beber, continuó—: Ya falleció y apenas practico, así que no me pidas que diga nada, pero puedo entender parte de lo que dicen.
Su explicación era perfectamente lógica. Normal. ¿Entonces por qué sus palabras sabían a mentiras en mi boca?
Tony empezó a gritar algo en la cocina, y Emma negó con la cabeza, con una cálida sonrisa aún en sus labios.
—¿Siempre son así?
—Suelen ser peor. Se han portado lo mejor posible por ti. —Le empujé el pan y ella tomó uno.
—¿Cuánto tiempo llevas viniendo aquí? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—Diez años, creo. Cada vez que vengo a París.
—Me encanta eso. ¿Así aprendiste italiano? ¿Hablas algún otro idioma?
La sospecha me pinchaba por dentro. ¿Por qué hacía tantas preguntas?
—Me defiendo bien en francés. Vengo bastante a menudo a reuniones de negocios. —En realidad, tenía un don especial para los idiomas y los acentos. Hablaba ocho idiomas con fluidez y podía mantener conversaciones básicas en otros cuatro idiomas.
—Espero tener la oportunidad de volver aquí —dijo Emma, con sus ojos brillando—. Es mi primera vez visitando París y hasta ahora ha sido bastante mágico.
Me incliné sobre la mesa y ella imitó mis movimientos.
—¿Dónde está tu hogar?
Pasó la yema de su dedo por el dorso de mi mano.
—Toronto. ¿Has estado en Canadá?
Negué con la cabeza.
—Principalmente viajo entre Dublín y París.
—Siempre he querido ir a Irlanda. Se ve precioso.
Tony y Martina vinieron con dos bandejas llenas de platos y ambos nos recargamos en nuestros asientos para hacer lugar en la mesa.
—Signora, es un honor ofrecerle la mejor comida italiana de su vida. Empezando con bruschetta con tomates frescos del mercado y melón envuelto en prosciutto, seguido del cacio e pepe de Tina y mi famosa Pizza Margherita.