Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 3 Dimitri
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DIMITRI

Este hombre tenía que ser la persona más aburrida que jamás haya pisado la Tierra. Solo con mirar su estúpida cara me hacía bostezar.

Me giré hacia Maxim.

—¿Sigue hablando?

Resopló.

—Sí, creo que sí.

La cara de Claude Dupont se sonrojó ante la interrupción.

—N-no lo estás tomando en serio —balbuceó—. ¿Cómo sé que tú no robaste el collar? ¡Podrías haberlo entregado, tomado tu dinero y luego robado para venderlo de nuevo!

Los ojos del hombre brillaron y su pecho se hinchó, como si estuviera complacido con su propia brillantez.

Maxim se estiró en su silla.

—¿Deberíamos simplemente matarlo?

Claude retrocedió tambaleándose.

—¿Es una broma? ¡Podría denunciarte a la policía!

La risa baja de Sergey retumbó detrás de mí. No necesitaba un guardaespaldas que me defendiera de Claude ni de nadie, pero Sergey era enorme y las cicatrices en su cara lo hacían un cabrón intimidante.

Jugar con Claude, ver su miedo mal disimulado, me llenó de un placer perverso.

Había llamado esta mañana, completamente en pánico porque le habían robado el collar de diamantes que le vendimos a principios de esta semana.

Me reí cuando Maxim me lo dijo porque, joder, era justo lo que Claude se merecía.

Había insistido en reunirse conmigo esta mañana, algo de lo que probablemente se arrepentía en este momento.

Estábamos en la sala de mi suite en La Couronne Noire, el hotel donde siempre me alojaba cuando estaba en París.

Había venido a la ciudad por primera vez hace una década y había regresado casi cada año para el comercio de gemas y la compra y venta de joyas en el mercado negro.

Había viajado por todo el mundo, pero París siempre se había sentido como si me perteneciera.

Me sentía a gusto en esta ciudad de una manera que rara vez experimentaba, y Claude Dupont estaba perturbando mi paz.

—Llama a la policía —declaré, ofreciéndole el teléfono—. Espero con ansias escucharte explicar tu compra en el mercado negro.

Gotas de sudor le resbalaban por la sien. Me levanté y di un paso hacia él. Se hizo para atrás.

—Tómate un minuto para pensar en esto, Declan. Conozco gente. Podría arruinar tu reputación —amenazó sin mucho entusiasmo, secándose el sudor con el dorso de la mano.

Una risa fría escapó de mis labios. Este hombre no era lo suficientemente importante como para saber mi verdadero nombre o identidad. Era insignificante, apenas un punto en mi radar.

—Parece que eres tú quien ha olvidado mi reputación. No soy uno de tus aduladores sin agallas, desesperados por una migaja de tu dinero. Toda tu fortuna son apenas unas monedas para mí.

Di otro paso adelante. Su espalda chocó con la pared y dejó escapar un quejido patético mientras sus ojos se movían de un lado a otro. Pero no había escapatoria.

—Si no quieres perder algo valioso, tienes que protegerlo mejor. —Le di una palmada en el hombro—. Incluyendo tu vida. —Se estremeció y mis labios se curvaron de asco—. Huye, niñito.

Un sonido ininteligible salió de su garganta mientras pasaba junto a mí. Tropezó y casi se cae al llegar a la puerta, aunque se agarró de la manija y huyó sin mirar más.

—Bueno, eso fue algo entretenido —agregó Maxim—. Casi estoy tentado de entrar a su casa y robarle todas sus cosas. Supuestamente, tiene un sistema de seguridad de última generación y una nueva caja fuerte lujosa. Quien robó el collar era bueno.

—Y claramente sabía que la venta iba a suceder.

—No creía en las coincidencias. ¿Cómo lo había sabido el ladrón?

El escenario más probable era que a Claude se le escapara algo y que el collar fuera robado por alguien cercano a él.

Pero aun así había una preocupación incómoda en el fondo de mi mente de que el ladrón interceptó nuestros mensajes encriptados para descubrir los detalles de la venta. La idea me ponía nervioso.

—Quiero que vigilen a Claude, incluyendo su actividad en línea. —En realidad no podía causarme problemas, pero no había nada que odiara más que, que me sorprendieran.

—Le diré a Aleksei. —Sergey sacó su teléfono para enviarle un mensaje a nuestro hacker.

Los ventanales de suelo a techo daban a la ciudad. El sol estaba en el horizonte, haciendo que la ciudad prácticamente brillara. El verano en París era pegajoso y sofocante, pero disfrutaba el calor.

—Maldición, necesito café. —Me pasé la mano por el cabello, todavía no me acostumbraba al largo—. Tenemos tiempo antes de nuestra próxima reunión.

Me quité la chaqueta cuando llegamos a mi café favorito, colgándola en el respaldo de la silla. Maxim se quejó de sentarse afuera con el calor, pero yo ansiaba respirar el aire, el bullicio de la gente, la vitalidad de todo después de pasar demasiados años con las paredes cerrándose a mi alrededor.

Las pesadillas habían llegado con toda su fuerza anoche, perturbadoras y retorcidas mientras me perseguían durante el sueño hasta que finalmente me rendí y me levanté de la cama. Me tomé el espresso de un trago y le hice un gesto al camarero para que me trajera otro.

Cuando llegó el segundo, saboreé el sabor amargo, esperando que me ayudara a mantenerme alerta. En control.

Maxim estaba explicando estrategias para nuestras próximas reuniones con varios comerciantes de joyas raras cuando un destello blanco llamó mi atención.

Al otro lado de la calle, sentada frente a otro café, había una mujer hermosa.

El viento jugaba con su cabello oscuro y su falda blanca ondeaba a su alrededor, la abertura revelando una larga pierna bronceada.

Estaba tecleando algo en su teléfono, pero se detuvo cuando el camarero se acercó para dejarle un café y un postre.

Una extraña sensación se apoderó de mi pecho cuando ella le sonrió.

Aparté la mirada, volviendo a enfocarme en Maxim, y alejé a la mujer de mi mente.

Solo me quedaban unos días más en París antes de tener que volver a mi ciudad y a la vida que aún no me parecía mía.