Stolen Hearts (La Serie de Romances Robados nº 3) 17. Alexander
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17. Alexander

ALEXANDER

MARTES

Una solitaria dona rellena de crema y glaseada con azúcar, sacada de la caja de doce de Dunkin Donuts que encontré en mi tráiler esta mañana, demanda mi atención.

Una nota encima de Alfonso dice: Ha sido un placer trabajar contigo en esta película.

No estoy completamente seguro de que llamaría esta experiencia placentera para nadie, pero de todas formas, acepto las donas.

Si no fuera porque el resto de mi equipo les puso sus manos grasientas a la caja, me las hubiera devorado todas. Tenía la esperanza de que la dulzura azucarada eliminara el sabor amargo que persiste en mi boca.

La distancia de Christopher durante las últimas quince horas es la causa raíz de todo esto.

Pensé que nos habíamos acercado después de la conversación sincera del domingo por la noche.

Pero después de tener sexo anoche, después de todo lo que sucedió entre esos lados, inventó excusas y se regresó a su cuarto.

Inicialmente atribuí su frialdad al cansancio y a estar ocupado con el trabajo de la película. Pero ahora parece pura evasión.

Incluso eligió quedarse en el hotel hoy en lugar de acompañarme al set para la celebración de fin de rodaje.

Y solo accedió a volar en el jet privado que tengo para viajar a Nueva York más tarde, en vez de ir en vuelo comercial, después de que le dije que no había asientos del medio.

He agregado todo esto a la larga lista de cosas que necesito discutir con Lee, quien en este momento me devuelve la mirada desde mi laptop en mi primera sesión de terapia post-rehabilitación.

—Ya sabes lo que dicen sobre caerse de un caballo. —Su tono es cauteloso pero animado.

—Tienes que subirte de vuelta de inmediato —digo, incapaz de contener un bostezo.

Alcanzo mi tercer café helado del día, sentado junto a la laptop, que ha hecho poco para mantenerme despierto. ¿Será que Rob me está comprando descafeinado?

—¿Qué es lo que más te asusta? —Las comisuras de sus ojos se arrugan, estudiándome con toda la intensidad de un detective sosteniendo una lupa. No sé qué estará viendo, ya que elegí ocultar mi imagen propia en Zoom.

A ver. Déjame enumerar mis miedos más profundos.

Regresar a Nueva York, también conocida como la escena del crimen de mi mayor humillación.

Cagarla de nuevo en televisión en vivo frente a millones de personas que esperan que fracase.

Alejar a mi padre aún más con mis palabras, mis acciones, mi simple existencia problemática.

Perder a Christopher otra vez, tal vez de una manera más permanente de la que lo perdí en Londres.

La lista se alarga con cada día que pasa, cada hora que transcurre, y cada día parece traer nuevas razones por las cuales todo podría colapsar en un instante.

—Es el miedo de que algo malo vuelva a pasar. De que arruine todo.

Como siempre lo hago.

Me rasco la barba y limpio la mancha de glaseado de mis jeans negros.

Todavía me queda mucho por aprender sobre RAINN antes de las entrevistas de televisión mañana.

¿Qué tal si me equivoco en las estadísticas?

¿O uso la terminología incorrecta? Usualmente solo hablo de mí mismo, mi música, mi actuación.

Pero esta vez, se trata de algo mucho más importante. Algo más grande que yo.

—¿Te acuerdas de la metáfora del huevo frito de la que hablamos? —Lee alcanza su taza de café, del mismo tono de morado que su cárdigan. Está coordinada de una manera que mi estilista Laurie aprobaría con orgullo.

Asiento, recordando no solo el huevo frito, sino todas las diferentes metáforas que aprendí en The Meadows: Navegar un barco a través de la tormenta. Devolver equipaje que no me corresponde cargar.

—No puedes enfocarte en la clara. Eso está fuera de tu control y solo va a sumar a tu ansiedad. Enfócate en la yema. ¿Qué está en tu control? ¿Qué es lo que sí puedes hacer?

Echo un vistazo rápido a las notas sobre RAINN que Connie imprimió y me dejó.

—Puedo asegurarme de leer todos estos puntos clave. —Me estiro y sostengo los papeles frente a la cámara—. Puedo intentar meditar antes de cada programa, enfocarme en mi respiración. —Mi pecho se expande al respirar hondo antes de exhalar.

Lee asiente y toma nota.

—¿Y tus antojos? —Levanta la pluma hacia su boca.

Estoy tentado a mentir para no meterme en problemas. Pero, como dijo Lee, la única persona a la que termino mintiéndole es a mí mismo. Y a diferencia de otros, ella nunca me ha hecho sentir avergonzado cuando le he revelado cosas.

—Los antojos de tomar un trago o consumir drogas han disminuido, pero tenías razón sobre el azúcar. —Mi lengua recorre mis labios buscando cualquier rastro restante del glaseado.

—¿Y los antojos sexuales?

Cambio de posición en el sofá ante la pregunta de Lee.

—Me acosté con Christopher anoche.

Bajo la cabeza, y noto migajas de dona en la alfombra café debajo de la mesa.

—Ya veo.

El suspiro de Lee llega a mis oídos, y no necesito levantar la mirada para ver la decepción que sin duda está escrita en su cara.

—Fue diferente esta vez. Yo tomé el control. Y no lo estaba usando para combatir sentimientos, para evitar lidiar con cosas. —Regreso mi atención a la pantalla.

La caída de sus labios y sus cejas arqueadas reafirman que no es a Lee a quien estoy tratando de convencer, sino a mí mismo.

—Y la razón por la que sentiste que necesitabas tomar el control... —Su tono es plano.

Mi boca suelta algo parecido a un suspiro.

Odio que ella sepa mis razones antes que yo. Nuestra conversación sobre la compulsión de repetición se reproduce en mi cabeza.

—Para reclamar el poder que me fue arrebatado. —La frustración sube por mi garganta.

Dios, soy tan estúpido.

—Correcto. ¿Y qué te ha quedado desde entonces?

Con qué no me he quedado sería una respuesta más rápida.

Enojo. Culpa. Rechazo. Vergüenza. Frustración. Dolor.

—Me siento como una mierda. Christopher ha estado distante desde entonces.

—¿Y no le has preguntado por qué está actuando así?

Es claro por su tono que ya sabe la respuesta.

Mi naturaleza de evitar el conflicto es parte de mi personalidad adictiva. Escondo partes de mí, y busco consuelo y refugio en cosas que me distraigan de mis sentimientos.

—Adelante —dice cuando alcanzo mi celular.

SK8ER BOI

¿Podemos hablar después? Siento que hice algo que te molestó. X

Todo el equipo se junta alrededor cuando Alfonso se sube a la mesa del comedor del set, su cabeza casi golpeando el candelabro que cuelga sobre él. Empieza su discurso recitando una lista de agradecimientos a las distintas personas que han ayudado a hacer realidad esta película.

Su cabello se ve mucho más sal y mucho menos pimienta que cuando lo conocí en Londres hace cinco meses, cuando discutimos por primera vez que él dirigiera la película.

—Y por último, me gustaría agradecer a Alexander Morgan.

—Señala hacia mí mientras todos voltean en mi dirección—.

El hecho de que hayamos podido sacar esta película adelante en tan poco tiempo, incluso con una pausa en el rodaje, es un testamento de lo duro que has trabajado.

Así que, gracias. —Le hace señas a alguien para que le pase una copa de champán—. Por Alexander Morgan.

Todo el elenco y equipo se unen, agarrando copas de la mesa del comedor y levantándolas mientras yo levanto mi agua Fuji.

Laura está a mi derecha. Sus abdominales tonificados han desaparecido por completo, reemplazados por la más pequeña de las pancitas que se asoma entre su crop top y falda floreada.

—Te he estado mandando mensajes todo el día, ¿cómo es que no respondes? —Laura susurra en mi oído mientras choca su copa de champán con mi botella de agua.

La sonrisa forzada en mi cara se ensancha mientras todos siguen mirando.

—Mi celular está fallando —digo con desdén.

Darle a Laura mi nuevo número no es un error que voy a cometer dos veces.

—¿Puedes creer que todavía no ha respondido a mi mensaje? —Laura voltea a verme, su agarre tan apretado en la copa de champán que espero que se rompa en cualquier segundo.

Claro que puedo creerlo, carajo.

Reprimo mi urgencia de decirle la verdad.

Que amenazarlo no fue la manera correcta.

Y que no debería estar tomando alcohol estando embarazada.

Pero no necesito ni quiero estar en la mira de su furia.

Ni quiero que me acusen de ser condescendiente, o ser visto como una de esas personas sobrias que le dicen a otros que no tomen.

Alcanzo mi reloj y lo giro, tratando de captar la atención de Lucy, que está parada junto a Erica al lado de la lámpara alta.

—Asumo que no has ido a la prensa todavía, ¿verdad?

No me interesa en lo absoluto su respuesta, pero voy a fingir ser algo solidario. Lo último que necesita esta película es otro escándalo.

—No. Pero ya reservé mi boleto a Italia. Me voy en la mañana. —Sus ojos giran con furia—. De ninguna manera puede evitarme entonces.

Él no puede, pero yo sí. Siento alivio al ver a Lucy caminando hacia nosotros. Su cuerpo pequeño está escondido por sus jeans holgados y sudadera gris. Es lo completamente opuesto al estilo de Laura.

—Alex, tenemos que irnos al aeropuerto —dice Lucy, deslizándose entre Laura y yo y jalándome del brazo.

—Buena suerte con todo —le digo a Laura. Pongo mi botella en la mesa del comedor y rápidamente me dirijo a la salida sin un abrazo ni un beso de despedida.

—Gracias por rescatarme.

Paso mi brazo sobre el hombro de Lucy mientras caminamos hacia la salida, mi codo descansando en su mochila.

—De hecho sí necesitábamos irnos —dice Lucy cuando Alfonso se acerca.

—¿Ya te vas? —pregunta, agarrando mi brazo izquierdo mientras bajo el otro del hombro de Lucy. La fuerza de su agarre es mayor de lo que su complexión sugeriría.

—Sí. Tengo que tomar el vuelo a Nueva York.

—Ha sido genial trabajar contigo, Alex. —Alfonso se inclina y me abraza.

¿Lo ha sido?

¿Realmente desearía nunca haberme conocido? ¿Nunca haber aceptado participar?

—Perdón por el dolor de cabeza que les he causado a ti y al estudio.

Todavía cargo con la culpa por los retrasos de producción que causé.