2. Christopher
CHRISTOPHER
VIERNES
Me abro paso entre la multitud bulliciosa del aeropuerto hacia la pantalla de llegadas y la escaneo cuidadosamente para ver que el vuelo de mi hermana desde Honolulu ha aterrizado finalmente. Directamente debajo, aparece un vuelo de Heathrow, llenando instantáneamente mi estómago de pavor.
Fue el vuelo que lo cambió todo. Cierro los ojos con fuerza para reprimir los recuerdos de las consecuencias del video filtrado de Alexander y yo besándonos.
Su publicista, Connie, haciéndome firmar el acuerdo de confidencialidad para nunca hablar de nuestra relación.
El dinero que apareció de repente en mi cuenta de banco para comprar mi silencio.
Mi mundo entero desmoronándose mientras el de Alexander parecía ir de bien en mejor. Y ha sido inescapable.
Su música suena continuamente en la radio.
Su cara está pegada en todas las revistas y espectaculares de Los Ángeles.
Su película está en marcha en Nuevo México.
Apenas salgo de mi cuarto en los días que el trabajo y el gimnasio no me obligan a hacerlo. Andrew se ha preocupado de que ya no lo acompañe a él y a su último novio, Liam, en el sofá a ver televisión.
Su relación es un recordatorio demasiado doloroso de lo que he perdido. Pero no puedo decirle la razón.
Ni el hecho de que hay cien mil dólares sentados en mi cuenta de banco.
O que desde la entrevista televisiva de Alexander en junio, me ha intentado llamar repetidamente. Cada vez que veo su nombre aparecer en mi pantalla me vuelve a abrir el corazón en dos, dejándome en un estado de parálisis total, incapaz de avanzar ni sanar.
Si los últimos dos meses me han enseñado algo, es que todos tenemos derecho a nuestros secretos. Pero eso no significa que Alexander tenga el derecho de tratarme como lo hizo y luego esperar que yo salga corriendo a sus brazos porque cambió de opinión.
Tal vez una cucharada de su propia medicina le haga bien.
Aprieto fuerte una de las pelotas antiestrés en mi bolsillo.
Mi terapeuta me dio una hace dos meses para lidiar con todo el estrés y se han convertido en un salvavidas.
Sacudo la cabeza enérgicamente para deshacerme del pensamiento invasivo de Alexander, y entonces veo a Kelly entrando finalmente al vestíbulo de llegadas, seguida por su esposo, Daniel. Viene corriendo hacia mí.
—¡Qué bueno verte! —dice Kelly con entusiasmo. Su abrazo de tenaza alrededor de mi cuello rápidamente empieza a sacarme el aire, todo el aire. Daniel nos da consideradamente un momento de espacio mientras los otros pasajeros empujan sus carritos de equipaje junto a él.
Me habría venido bien que se fueran de luna de miel a Hawái hace dos meses, cuando toda esta mierda estaba pasando, pero con las clases de Kelly y su mudanza no pudieron irse hasta el final del verano. Pero al menos ya están aquí, finalmente aquí.
—Veo que andan igualitos —digo, liberándome del abrazo de Kelly para darle un abrazo a Daniel. Su camisa hawaiana, camiseta blanca y shorts de lino combinan perfectamente con los que trae Kelly.
—Ni me digas. —Daniel me lanza una mirada de no-te-lo-puedo-creer, forzando la comisura de mi boca a levantarse mientras caminamos de la Terminal B a mi carro en el estacionamiento cruzando la calle.
—¡Cuidado, Chris! —Kelly jala la capucha de mi sudadera cuando un carro ignora el paso peatonal y se pasa directo, casi golpeando mi pierna—. ¡Qué imbécil! —Le grita al carro, que ya va lejos, zigzagueando entre los carriles de tráfico casi parado.
—¿Seguro que no necesitas ayuda? —pregunto.
La cara de Daniel está roja mientras empuja el carrito de equipaje por la rampa hacia el estacionamiento. Sin duda Kelly empacó todo lo que no necesitaba para su luna de miel.
—Estoy bien. —Rechaza mi ayuda, como siempre lo ha hecho, y de inmediato se limpia el sudor que le escurre de la frente.
Los hombres hetero y su orgullo.
Mi Jeep Wrangler negro se ve casi nuevo y no como si el contrato de arrendamiento estuviera por vencer, especialmente después de la rápida lavada de carro que hice en la hora del almuerzo.
Por dentro, sin embargo, sigue siendo un desastre, igual que yo.
Rápidamente quito las botellas vacías y los restos de mi almuerzo regados por el asiento delantero antes de mover mi maleta del gimnasio y mis cosas de trabajo de la cajuela al asiento trasero.
Me hago a un lado para que Daniel cargue sus maletas.
—¿Necesitas ayuda, cariño? —ofrece Kelly, con la mano ya en la puerta del pasajero.
—Estás bien, amor —dice Daniel, luchando con el peso de las maletas.
Es lindo ver que la caballerosidad no ha muerto, pero probablemente se está asegurando de que Kelly no haga nada que la sobreexija ahora que está embarazada. Aunque viéndola, apenas se nota que lleva diecisiete semanas.
Agarro la última maleta del carrito y la levanto a la cajuela con relativa facilidad, sorprendiéndome a mí mismo con mi propia fuerza. Claramente el gimnasio se ha convertido en más que solo una distracción de Alexander y todos mis entrenamientos por fin están dando resultado.
—Alguien se puso mamado desde la última vez que lo vi. —Daniel me aprieta el bícep.
—Y alguien se cayó del carro del gimnasio y se comió todas las ruedas. —Le palmeo el estómago a Daniel. Ya no es el dueño de un envidiable físico marcado, sino que tiene panza de papá.
—Apoyo moral. —Señala con el pulgar hacia Kelly.
—Vete a la mierda —grita Kelly, sosteniendo la puerta del carro bien abierta—. Has estado comiendo como si te estuvieras preparando para un concurso de Man vs. Food toda la luna de miel. —Sacude la cabeza mientras cierra la puerta de un golpe.
Daniel se muerde el labio —movimiento inteligente— y devuelve el carrito de equipaje antes de que ambos entremos al carro. Probablemente está consciente de los cambios de humor de Kelly, que sin duda están fluctuando aún más con las hormonas del embarazo recorriendo su cuerpo.
Alcanzo a ver la pancita más tierna, apenas visible a simple vista, cuando me abrocho el cinturón y enciendo el motor. Una calidez crece en mi corazón cuando pienso en que hay un pequeño miembro de la familia Foster creciendo dentro de ella, contrarrestada con una punzada de envidia en el estómago.
Ser padre es apenas una ilusión para mí en este momento.
—¿Has tenido antojos? —pregunto mientras salgo del estacionamiento.
—Todo lo que sea encurtido. Pepinos encurtidos. Cebollas encurtidas. Hasta frituras con vinagre.
Capto la mirada de fastidio de Daniel en el retrovisor, haciéndome resoplar. El sonido hace que Kelly brinque mientras enciende la radio. Sin duda él ha tenido que hacer varias salidas nocturnas al supermercado o a la tienda de comida.
Y a continuación, tenemos a Alexander Morgan con el éxito del verano, Stolen Moments, que ha acumulado nueve semanas consecutivas en el número uno. Se rumorea que abrirá los Premios VMA de MTV con este track y My Anchor.
Mi agarre se tensa en el volante y mi pie pisa el acelerador, acelerándonos a través de la luz ámbar. Las venas emergen en el dorso de ambas manos.
¿Es que no puedo tener un respiro de Alexander ni siquiera cuando estoy con mi hermana?
He intentado escuchar diferentes estaciones de radio: My FM, KOST FM, incluso los canales de Sirius, pero todas han estado poniendo las canciones de Alexander. Incluso las estaciones de dance en Sirius tienen un remix de Stolen Moments en rotación constante.
—¿Qué está pasando entre tú y ese tal Alexander? —Daniel jala la correa del cinturón mientras se inclina hacia adelante. Mi columna se tensa al instante al escuchar ese nombre.
—¿Qué te dije? —Kelly se estira y le da un golpe en la pierna a Daniel.
—Está bien —digo, tratando de relajar mis hombros—.
Para ser honesto, es bueno poder hablar de esto con alguien.
Nadie aquí tiene idea de lo que pasó. Lo cual no es algo malo cuando estoy tratando de evitar pensar en ello.
Pero incluso he tenido que hablar en código con mi terapeuta, y eso lo hace más difícil, no más fácil, porque si no puedo ser franco con ella entonces ¿cuál es el punto de hacer terapia?
La mano cálida de Kelly alcanza la mía en el volante con seguridad, dándome palmaditas suaves pero firmes, recordándome que no estoy solo en esto.
—Vamos a tu casa y lo retomamos allá, tranquilo.
—Se estira para cambiar la estación de radio y sube el volumen significativamente cuando I Knew You Were Trouble, de Taylor Swift, su artista favorita, empieza a sonar fuerte.
Retumba por las bocinas con una energía contagiosa mientras entro a la autopista 405, enfocándome en la carretera.
Un quejido viene desde la parte de atrás del carro mientras Daniel se pone los dedos en los oídos.
Mis sentimientos exactamente.
Intento cambiar el canal, pero Kelly me quita la mano de un manotazo.
¿No he sido torturado suficiente estos últimos dos meses? ¿Tiene que hacerme sufrir aún más obligándome a escuchar a Taylor Swift?
—¿Dónde está tu compañero de departamento? —pregunta Daniel, subiendo la última de las maletas. Las coloca debajo de una pintura de Bartus, un corazón abierto compuesto por cientos de personas en miniatura, colgada junto a la mesa del comedor.
—Andrew se está quedando en casa de su pareja este fin de semana. Así pueden usar su cuarto y no tendrán que dormir en el sofá como la última vez. —Cierro la puerta principal y aviento mis llaves al tazón de la mesita junto a la puerta del baño.
De hecho, apenas he visto a Andrew este último mes, entre que yo me quedo principalmente en mi cuarto y él pasando la mayor parte de su tiempo en casa de Liam.
Su tendencia a caer rápida y profundamente por cualquier tipo con el que sale no muestra señales de disminuir con este nuevo novio.
Lo cual, nota para mí mismo, significa que en algún punto tendré que abastecerme de helado y alcohol para cuando inevitablemente terminen, sus problemas de abandono se activen, y me toque recoger los pedazos.