Stolen Hearts (La Serie de Romances Robados nº 3)
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1. Alexander
ALEXANDER
Todos estamos a una buena razón de tomar una mala decisión. Excepto que yo, bueno, yo siempre parece que tengo una buena razón. Y esas razones, las mías, siempre me llevan en cadena hacia más decisiones malas.
¿La última razón en mi lista? Christopher Foster.
Han pasado nueve semanas y media desde que le dejé ese mensaje de voz. Sesenta y seis días desde que le abrí mi corazón y le expliqué todo.
Por qué lo dejé en el hotel sin despedirme. Sin una palabra. Sin nada.
Por qué no lo llamé antes de la entrevista televisiva para explicarle exactamente cómo Connie y Paul iban a manipular el video filtrado de nosotros besándonos.
Por qué seguí su narrativa de que él me estaba ayudando a prepararme para este papel en la película, en lugar de simplemente salir del clóset y decirle al mundo que él era —o debería decir que fue— mi novio. Mi pareja. Mi amante.
Sin embargo, mi mensaje de voz y cada llamada posterior han quedado sin respuesta. Como si me estuviera castigando por hacer lo mejor que pude para navegar un escándalo. Por intentar salvar mi carrera.
Así que he tenido exactamente mil quinientas ochenta y cinco horas para empezar a tomar malas decisiones. Para tirar todo a la basura.
Cada llamada sin respuesta me llevó a tomarme un trago.
Uno. Un trago se convirtió en dos. Eso se convirtió rápidamente en una línea de coca, seguida de otra, y luego otra, hasta que el carro de la sobriedad del que me caí quedó tan lejos que apenas podía recordar los dos años exactos de sobriedad que había celebrado solo unos meses atrás.
Pero son las únicas cosas que mantienen mi mente lejos de Christopher.
Bueno, eso y Johnny, el asistente de producción en este set de filmación.
Ha estado metiendo alcohol y cocaína a mi tráiler y luego quedándose para ofrecerme una mano dispuesta, un hoyo dispuesto, un tubo dispuesto —lo que sea para aliviar mi estrés, para sacarme de mi cabeza.
Como ahorita mismo, justo antes de que empecemos a filmar la siguiente escena.
Los golpes de Rob en la puerta apenas atraviesan mi bruma preorgásmica densa.
La testosterona pulsa por mis venas mientras busco desesperadamente la almohada que descansa junto a Johnny y yo en el sofá, cubriéndome la boca para silenciar mis gemidos.
Una sensación de hormigueo por la cocaína corre como electricidad por todo mi cuerpo mientras mis caderas suben y bajan rítmicamente.
Con una embestida más, mi carga sale disparada, salpicando mi cara en la portada de la revista Rolling Stone que está sobre la mesa frente a mí. Mi café helado y tres líneas de coca restantes, apenas visibles sobre la superficie blanca, están al lado.
Me deslizo fuera de su verga, me subo los bóxers y me abrocho los jeans con movimientos mecánicos, automáticos.
Los sentimientos familiares que siempre siguen a mi claridad post orgasmo suben con ellos: vergüenza y decepción.
Johnny puede parecerse inquietantemente a Christopher —tiene la misma estatura, el mismo cabello castaño, los mismos ojos color avellana, esa misma mirada adormilada— pero no es él. Ni remotamente. Nunca será él.
—¿A la misma hora el sábado? —pregunta Johnny, vistiéndose antes de esnifar una línea de coca.
—No estoy seguro de qué tengo en mi agenda todavía. Le diré a Lucy que te avise. —Le doy la espalda y recojo mi café helado de la mesa.
Lo que realmente quiero decir es: no quiero volver a verte nunca más. Pero sé que esta no será la última vez. Que inevitablemente lo veré varias veces durante el próximo mes para cocaína, alcohol, y para coger.
—Están listos para ti en el set. —La voz de Rob suena más fuerte esta vez mientras golpea de nuevo la puerta del tráiler.
Mi cuerpo se tensa, se congela, mi agarre se afloja sin avisar, y el café helado cae al suelo con un golpe sordo. La tapa sale disparada, enviando los cubos de hielo y el café oscuro por todos lados, manchando el suelo blanco.
Genial. Justo lo que necesito en este momento. Otro desastre que limpiar, otra prueba de que no puedo ni sostener una maldita taza de café.
Agarro las toallas de papel del mostrador de la cocina y me agacho para empezar a absorber el café, gritándole a Rob que ya casi estoy listo y que saldré en un minuto.
El problema es que no estoy seguro de si estoy listo.
La escena que empezamos a filmar antes, con mi coprotagonista Brian, trajo de vuelta todo lo de junio que he estado tratando de enterrar.
—Bueno, mejor me voy. —Me levanto del suelo y tiro las toallas de papel sucias a la basura—. ¿Puedes quedarte cinco minutos y luego irte cuando no haya moros en la costa?
—Claro, no hay problema —dice Johnny, recogiendo el vaso de plástico y la tapa.
Rápidamente me lavo las manos antes de agarrar el guion de junto al microondas y luego paso mis dedos por el cabello para ponerlo en su lugar. Hago lo mismo con la barba que me dejé crecer para la película.
Mi estética de Pretty Boy desapareció por ahora, reemplazada por este look rudo y despreocupado. Mi cabello, antes rubio, ahora está teñido de negro, y la transformación es tan completa que mis padres pasaron directo frente a mí cuando visitaron el set el mes pasado.
Habían venido a quejarse con Paul sobre lo rápido que todo había avanzado con la película.
Pero Paul había descartado sus preocupaciones de la manera habitual de un mánager-que-siempre-sabe-más, diciéndoles que necesitábamos aprovechar el momento mientras el impulso todavía estaba de nuestro lado después del escándalo.
No solo había acelerado el video musical de Stolen Moments para mantener el track en el número uno, sino que había sacado adelante la preproducción de Disposed en cuestión de semanas —algo casi inaudito por los estándares de Hollywood.
Afortunadamente, tanto Paul como Connie han estado ausentes del set, salvo por una visita con mis padres cuando empezó el rodaje hace cuatro semanas.
En otras palabras, mi enojo constante con los dos por cómo manejaron toda la situación con Chris, y por cómo son responsables del deterioro de nuestra relación, está reservado para videollamadas, llamadas telefónicas y correos electrónicos.
Cuando salgo del tráiler, la humedad del calor de finales de verano hace que mi camiseta, usada debajo de una sudadera negra con cierre, se pegue a mi cuerpo.
La luna llena hace que Rob proyecte una larga sombra tenebrosa contra la pared del estudio cuatro aquí en Albuquerque Studios, donde se filmará la escena de esta noche.
Mi corazón late más rápido conforme nos acercamos al set.
El set está lleno de actividad cuando entramos. Varias personas ajustan los props; otros modifican la iluminación. Dos dobles ocupan el espacio que Brian y yo ocuparemos en breve.
El set es inquietantemente similar al salón de baile del Hotel Landmark donde había besado a Christopher.
Los grandes candelabros. Las cortinas doradas.
Media docena de mesas redondas con manteles blancos, ocho sillas en cada una.
La pista de baile LED. Todos son réplicas casi exactas, recreadas para escenificar una toma de la película que haga creíble el video filtrado de junio.
—Muevan la tercera mesa del fondo dos pasos a la derecha —grita el director de fotografía, que está sentado junto a uno de los monitores de reproducción y dirigiendo a varios miembros del equipo para que todo quede en cuadro.
Me dirijo hacia Erica, que está esperando en un pequeño espacio a la derecha del set.
Tener a alguien conocido además de Rob aquí ha sido una salvación.
Su kit de maquillaje está desplegado, impecablemente organizado, sobre la mesa frente a ella. Hago una mueca cuando me veo. La iluminación brillante del espejo no es la más amable cuando me veo así.
—Quizás deberías ser un poco más discreto —dice Erica, inclinándose hacia mí con delicadeza, limpiando restos de coca de mi nariz con una toallita húmeda. Su tono no es de reprensión sino de preocupación genuina.
—Mierda. ¿Crees que alguien se dio cuenta? —Mi mirada recorre el set antes de volver a encontrarse con la de Erica.
—No, estás bien. Pero lo habrían captado en cámara. Y dado tu historial, probablemente no es lo mejor tener otro escándalo ahorita.
Erica descansa su mano en mi hombro mientras mi cabeza cae, pesada. Sé que tiene razón y sé que lo dice con buena intención, pero siento que me están regañando en vez de cuidando.
Hojeo el último guion para la escena que viene. Las numerosas marcas, de las cuales ha habido muchas, crean algo de distancia entre lo que estamos a punto de filmar y lo que pasó entre Christopher y yo esa fatídica noche.
—Estás más callado de lo usual esta noche. ¿Qué pasa? —Los ojos verdes de Erica me estudian mientras me levanta la barbilla para aplicarme base en la cara.
Un escalofrío me recorre el cuerpo.
No hay dónde esconderse de Erica. Es una de las pocas personas capaces de ver más allá de la fachada que pongo.
—Es la escena que estamos a punto de filmar. Es la de Christopher —digo, antes de volver mi atención al guion.
Erica se agacha para encontrar mis ojos. Su camiseta holgada de Pat Benatar se engancha en el brazo de madera de la silla.
—Sé que ha sido difícil para ti estos últimos meses, pero piensa en esto como una manera de reescribir tu historia. De canalizar todos esos sentimientos que tienes por Christopher y lo que pasó en tu actuación.
Tiene razón. Puedo usar todas las emociones que he estado tratando de adormecer, pero no puedo evitar sentirme culpable por todo.
Cómo lo dejé abandonado. Cómo, igual que el título de esta película, debe haberse sentido desechado.
Cómo me distancié de él y de lo que era nuestra relación durante la entrevista.
Cómo yo soy el que ahora se siente desechado, porque no importa lo que intente hacer, él no me deja explicarle o pedirle perdón.
—¿Estamos listos por aquí? —pregunta Alfonso, el director, mientras camina hacia nosotros.