El Primer Cumpleaños de Nuestro Milagro
Hugo Furquim
El almacén estaba en las afueras de París, oculto entre naves abandonadas y rodeado por una valla oxidada.
Sentí el aire nocturno frío y húmedo al bajar del coche, con el cuerpo aún dolorido por los golpes que me llevé cuando Aurora lanzó una granada aturdidora cerca de mí.
Pero la rabia que ardía en mi interior era mayor que cualquier dolor.
Henrique y Saveli ya estaban allí, esperando junto a dos coches negros. Tres hombres del SISU y dos de la Primera montaban guardia en la puerta. Cuando me acerqué, Henrique encendió un cigarrillo y me ofreció uno. Lo rechacé.
—¿Está vivo? —pregunté, yendo directo al grano.
—Lo suficiente —respondió Saveli con una sonrisa fría—. Pensamos que merecías el placer de empezar.
Sonreí y asentí en agradecimiento, y entramos juntos.
El almacén era espacioso, mal iluminado por bombillas colgantes, y en el centro estaba Takeshi Ebisawa.
Lo habían atado a una silla de metal reforzada, con los brazos a la espalda y los tobillos fijados al suelo.
El hombro derecho le sangraba por donde yo le había disparado antes.
Tenía la cara hinchada por los golpes que le habían dado al capturarlo.
Junto a él, atado a otra silla, estaba el médico, el bastardo de la bata blanca que había tocado a Elena.
Takeshi levantó la cabeza cuando entramos. Incluso herido, aún conservaba esa mirada arrogante.
—Furquim… ¿vienes a terminar lo que empezaste? —se burló, escupiendo sangre al suelo.
No respondí de inmediato. Simplemente me quité el abrigo y se lo entregué a uno de los hombres.
Henrique encendió un puro y me ofreció otro.
Esta vez acepté; al fin y al cabo, hoy era un día de celebración en mi familia.
Me llevé el puro a los labios e inhalé despacio, sintiendo cómo el humo denso me llenaba los pulmones.
—Hoy es un día especial —comencé, rodeándolo despacio—. Ha nacido mi hijo. Lennox Rossi Stepanov Furquim. Un niño sano, fuerte, pelirrojo como yo.
Takeshi soltó una risa queda, un sonido ronco y doloroso.
—Felicidades. Espero que viva lo suficiente para ver morir a su madre.
Eso bastó.
Le solté un puñetazo en plena cara. Oí cómo se le rompía la nariz con un crujido seco. Takeshi escupió sangre y varios dientes.
—Tocaste a mi mujer —gruñí, agarrándolo del pelo—. Amenazaste a mi hijo. Ibas a vender sus órganos como si fueran mercancía.
Saveli se acercó con unos alicates en la mano.
—¿Quieres empezar por los dedos? —preguntó, casi con aburrimiento.
—No —respondí—. Quiero que lo sienta todo.
Henrique se apoyó en la pared, fumando tranquilamente y observando. Sabía que esta venganza era mía.
Cogí un cuchillo afilado de la mesa. Le sujeté la mano izquierda y empecé a cortar despacio. Gritó mientras su cuerpo se sacudía contra las cadenas. Corté primero el meñique, luego el anular. Cada corte, lento y deliberado.
—¿Recuerdas cada vez que tocaste a mi mujer? —pregunté en voz baja—. Mi esposa me contó que te suplicó que pararas.
Takeshi gritó. Las lágrimas se le mezclaban con la sangre que le corría por la cara.
—Por favor… —gimió.
—¿Por favor? —repetí con una risa amarga—. Elena también dijo «por favor». Muchas veces, pero tú nunca paraste. ¿Por qué iba a hacerlo yo?
Corté dos dedos más. La sangre goteaba al suelo y el médico, atado junto a él, vomitó al ver la escena.
Saveli se acercó al médico y le sujetó la cara, obligándolo a mirar.
—Presta atención. Esto es lo que pasa cuando tocas a la mujer equivocada.
Seguí con Takeshi. Le rompí los huesos de las manos con un martillo. Uno de los hombres de la Primera me ofreció un soplete; acerqué la punta a su pecho y empecé a quemarle la piel con la llama al máximo. Sonreí cuando Takeshi aulló y vi cómo su cuerpo se convulsionaba de dolor.
—Le indujiste el parto… —continué con la voz temblorosa de rabia—. Ibas a matar a mi hijo. Ibas a venderlo como carne.
Cogí los alicates de nuevo y me acerqué a su boca. No necesité llamar a nadie. Dos hombres se acercaron y lo sujetaron para que pudiera arrancarle los dientes, uno por uno. Al final, Takeshi ya no gritaba; solo gemía, casi inconsciente.
Miré al médico, que lloraba desesperado, sabiendo que le había llegado la hora.
—Tú… —lo señalé—. Le metiste los dedos sin guantes. Como si fuera un objeto.
Henrique trajo dos rottweilers. Me volví hacia los perros y vi lo agitados que estaban, olfateando la sangre que goteaba de Takeshi.
Le sujeté la mano derecha al médico y la estiré sobre una mesa baja.
Soltaron a los perros y sonreí al oír los gritos del hombre resonar por el almacén mientras los rottweilers le devoraban la mano.
Se desmayó del dolor dos veces, pero no quería que perdiera el conocimiento: quería que viera el daño que le estábamos haciendo simplemente por haber tocado a mi esposa.
Takeshi, casi sin fuerzas, aún intentó hablar:
—Tú… pagarás por esto…
Me acerqué a él y le agarré la barbilla con fuerza.
—No. Tú ya has pagado. Por todo lo que le hiciste a Elena. Por cada lágrima suya y cada segundo de miedo que sintió.
Le hundí el cuchillo en el estómago despacio, retorciéndolo con deliberación. Y sonreí cuando el bastardo se ahogó con su propia sangre.
Cuando por fin terminamos, el almacén apestaba a sangre, orina, carne quemada y miedo. Cogí el puro que había dejado a un lado y le di otra calada.
Henrique se acercó y me dio una palmada en el hombro.
—Está hecho, Furquim. No volverá a tocar a tu familia.
Saveli asintió mientras se limpiaba las manos.
—Un enemigo menos.
Salí del almacén sin mirar atrás. El sol ya despuntaba cuando subí al coche. Tenía el cuerpo cubierto de sangre, pero la mente más ligera.
Llamé a Faína.
—Está hecho. Vuelvo con vosotros.
No fui directamente al hospital. Necesitaba ducharme y recoger las bolsas que Elena y Faína habían estado preparando los últimos días.
Cuando llegué a casa, le dije a Laiane que Lennox había nacido.
Preparó una sopa de verduras rápidamente mientras yo me duchaba y lo organizaba todo para llevar al hospital.
Cuando llegué al hospital, entré en la habitación donde estaban Elena y Faína. Elena aún dormía, exhausta tras el largo parto del día anterior. Faína estaba sentada en el sillón con Lennox dormido plácidamente en su regazo.
Alzó la vista hacia mí. No necesité decir nada; lo entendió todo con solo mirarme.
Me acerqué, le besé la frente y luego la de Elena, que giró el rostro pero no abrió los ojos. Por último, me incliné y besé la pequeña cabeza pelirroja de nuestro hijo.
—Se acabó —murmuré—. Nadie volverá a amenazarnos.
Faína me apretó la mano con fuerza. Elena se removió en la cama y esta vez abrió los ojos lentamente.
Unos minutos después, Elena estaba despierta y recostada contra las almohadas con Lennox en brazos.
Nuestro hijo mamaba tranquilamente, con los ojitos cerrados y una manita apretando suavemente el pecho de ella.
Faína estaba sentada en el borde de la cama, acariciándole el cabello rubio mientras observaba al bebé con una mirada rebosante de amor.
—¿Cómo está? —pregunté en voz baja tras volver con la comida de Faína.
—Glotón —respondió Elena con una sonrisa cansada pero radiante—. Ya ha mamado un montón y todavía quiere más. Igualito que su padre.
Me reí en voz baja y me senté al otro lado de la cama. Rodeé a Elena con el brazo con cuidado, sintiendo su calor contra mí. Faína apoyó la cabeza en mi hombro, y durante unos minutos nos quedamos así: los cuatro juntos, en silencio, absorbiendo la paz tras tanto caos.
Elena miró a Lennox y luego a nosotros dos, con los ojos brillantes de emoción.
Sonrió y me quedé confundido.
—Quiero una casa llena de niños, verlo correr con sus hermanos y hermanas. Oír risas en cada rincón de nuestro hogar.
—Es tan perfecto... —murmuró—. Quiero más...
Faína sonrió y deslizó los dedos por el brazo de Elena.
—Pero la próxima vez... quiero que tengan la carita de Faína —dijo Elena, y miró a nuestra mujer con cariño.
Faína guardó silencio un momento y luego negó suavemente con la cabeza, esbozando una sonrisa triste.
—No quiero quedarme embarazada —confesó, con la voz serena pero firme—. No quiero pasar por eso. No quiero llevar ese recuerdo en mi cuerpo. Pero quiero hijos. Muchos. Quiero veros a los dos como padres otra vez. Quiero tener en brazos bebés que sean nuestros.
Las miré a las dos con el pecho henchido de un amor inmenso.
—Entonces lo haremos así —respondí, y le apreté la mano a Faína—. Recogeremos los óvulos de Faína, los fecundaremos con mi esperma y los implantaremos en Elena. Si quiere volver a llevarlos.
Elena asintió de inmediato, con los ojos húmedos.
—Quiero. Quiero sentir cómo crece cada uno de ellos dentro de mí. Quiero darle este regalo a nuestra familia.
Faína se inclinó y besó a Elena con ternura, luego me besó a mí, sin prisa.
—Gracias —susurró—. Por entenderme y aceptarme tal como soy.
—Siempre —respondí, y la atraje hacia mí para abrazarla y darle un beso tierno.
Oímos a Lennox soltar un suspiro satisfecho tras terminar de mamar. Elena se lo acomodó en el pecho y nos miró a ambos con una sonrisa exhausta pero esperanzada.
—Quiero una casa llena de niños —repitió, soñadora.
Me reí en voz baja, imaginando el futuro caótico y hermoso que nos aguardaba.
—Creo que tendremos que mudarnos entonces... —bromeé—. Porque si por nosotros tres fuera, nuestro piso se va a quedar pequeño enseguida.
Los tres nos reímos juntos, bajito para no despertar a Lennox, que se había vuelto a dormir tras eructar. La habitación del hospital, que horas antes había sido escenario de dolor y miedo, ahora parecía el comienzo de algo nuevo, grande y enteramente nuestro.
Miré a Elena, a Faína y a nuestro hijo, y sentí una paz profunda que rara vez había experimentado.
Habíamos luchado, sangrado y casi nos habíamos perdido los unos a los otros.
Y ahora, por fin, podíamos empezar a construir el futuro que merecíamos.
Juntos.
∞∞∞
El Primer Cumpleaños de Nuestro Milagro
Hugo Furquim
Había pasado un año entero desde que Lennox llegó al mundo en medio del caos y la sangre. Y hoy, por fin, celebrábamos el primer cumpleaños de nuestro hijo.
La casa estaba llena de una alegría tranquila y acogedora.
Habíamos optado por una celebración íntima, solo con los más cercanos.
Por fin les habíamos contado a los padres de Elena que estaba viva, y aún era un momento emotivo para todos cuando lo recordábamos.
Vinieron expresamente para el cumpleaños, y aprovechamos para presentarnos Faína y yo como su familia.
Fue delicado al principio. Lloraron mucho al ver a su hija viva, embarazada de nuevo y con un bebé de un año en brazos.
Elena les explicó, con toda la paciencia y el amor del mundo, que Faína era su esposa igual que yo era su marido.
Que los tres formábamos una relación de tres.
Que Lennox era nuestro hijo. Que el bebé que ahora llevaba, de cuatro meses, era biológicamente mío y de Faína.
Se quedaron atónitos al principio, y era natural.
Pero tras muchas conversaciones, lágrimas y abrazos, nos aceptaron. Dijeron que lo más importante era ver a su hija feliz, aunque este amor tuviera que mantenerse en secreto ante el resto del mundo.
Elena estaba radiante. El vientre ya empezaba a notársele, y llevaba a nuestro segundo hijo con una ligereza que me llenaba de orgullo. Intentaba prestar atención a sus padres, que no paraban de hablar, gesticular y hacer preguntas. Su madre, típica italiana, no podía quedarse callada:
—Elena, hija mía, ¡qué guapa estás! ¡Dios mío, qué bendición nos ha dado el Señor!
Su padre lo observaba todo con una mezcla de emoción y desconfianza, sobre todo cuando nos miraba a Faína y a mí.
Quería invitar a más gente —Henrique, Laís, algunos aliados del SISU—, pero con los padres de Elena aquí, decidimos mantener todo lo más discreto posible. Una fiesta pequeña, solo para nosotros.
Mientras Elena hablaba con su madre en el salón, fui a la cocina a buscar a Faína, que estaba preparando más zumo para los niños.
—La familia de Elena es escandalosa de narices —murmuré, apoyándome en la encimera a su lado—. Parece que están discutiendo incluso cuando están contentos.
Faína soltó una risa baja y se volvió hacia mí con los ojos brillantes.
—Son italianos, Hugo. ¿Qué esperabas? ¿Silencio y té de las cinco?
Me reí con ella, la atraje por la cintura y le di un beso largo en los labios.
—Tienes razón. Al menos parece que nos van aceptando.
—Poco a poco —respondió, rodeándome el cuello con los brazos—. Pero están felices de ver a su hija viva y querida. Eso es lo que importa.
Lennox corrió hacia nosotros con el pelo rojo despeinado y los ojitos brillantes de emoción. Levantó los bracitos hacia mí.
—¡Papá! ¡Upa!
Lo cogí en brazos y le besé las mejillas regordetas y sonrosadas.
—Mi niño ya tiene un año... Cómo pasa el tiempo.
Elena se acercó sonriendo al ver a nuestro hijo en mis brazos. Se acarició el vientre y le dio el vaso de zumo que quería.
Pasamos la tarde así: riendo, comiendo, sacando fotos discretas. Era sencillo, pero era nuestro. No necesitábamos lujos, solo nos necesitábamos unos a otros.
Cuando llegó el momento de cantar el cumpleaños feliz, reunimos a todos alrededor de la mesa.
Senté a Lennox en mi regazo, en la silla principal.
Elena se quedó a mi derecha, Faína a mi izquierda, con la mano apoyada cariñosamente en mi pierna.
Los padres de Elena estaban enfrente, grabando con el móvil.
Las velas estaban encendidas. La luz parpadeaba en la carita ilusionada de nuestro hijo.
Todos empezaron a cantar juntos, y sus voces se fundieron en un coro lleno de amor:
—Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz...
Lennox aplaudía y reía a carcajadas, sin entender del todo lo que pasaba, pero completamente contagiado por la alegría que lo rodeaba.
Elena cantaba con los ojos empañados y Faína sonreía mientras cantaba con voz firme y emocionada.
Yo cantaba con un nudo en el pecho, abrazando a nuestro niño con fuerza, como si pudiera proteger ese momento para siempre.
—Muchos años de vida...
Mientras la canción continuaba, miré a las dos mujeres de mi vida y al hijo que habíamos creado juntos. A pesar de todas las dificultades, el dolor y los secretos, habíamos construido algo hermoso.
Solo nuestro.
Y mientras Lennox soplaba las velas con nuestra ayuda, hice una promesa en silencio:
Protegería a esta familia con todo lo que tenía. Hasta mi último aliento.
Porque ellos eran mi vida.
Mi redención.
Mi todo.