Stepanov (Lazos de sangre y pasión nº 7) A Quién Perteneces
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A Quién Perteneces

Hugo Furquim

Hacía casi una semana que Faína estaba con nosotros en el apartamento, y ya sentía el amargor de la despedida antes incluso de que se fuera.

Sabía que tendría que marcharse pronto, algo relacionado con ayudar a alguien del Primero.

Y como ella nunca entraba en detalles y yo nunca preguntaba, todo estaba bien.

Era el acuerdo tácito entre nosotros. Del mismo modo que yo no le contaba que Jacques se preparaba para secuestrar a Amélie el día de su boda con Tommáz Walker.

Todavía no sabía cómo Jacques pretendía mantener callada a esa chica. Amélie no era de las que se quedaban calladas. Y eso sin duda le daría muchos quebraderos de cabeza. Pero ese no era mi problema. Al menos no hoy.

Dejé a las dos en la cocina. Elena se reía de algo que había dicho Faína; el sonido ligero y cálido resonaba por la isla de mármol mientras tomaban café.

El olor a pan recién hecho y café cargado aún me llenaba las fosas nasales cuando cerré la puerta del ascensor.

Por un segundo, consideré volver. Quería quedarme allí, sentado entre ellas, notando cómo los pies de Faína se deslizaban bajo la mesa hasta encontrar mi pierna, mientras Elena me miraba de esa forma que decía «eres nuestro».

Pero Jacques me esperaba en su despacho.

—¡Necesitamos contratar gente para trabajar en la casa! —dijo en cuanto entré en el despacho.

Pasé de largo sin responder, fui al mueble bar y me serví un whisky generoso.

El líquido ámbar giró en el vaso de cristal mientras sentía su mirada clavada en mi espalda.

Lo ignoré durante unos segundos mientras escuchaba el hielo crujir.

Di un largo trago y dejé que el calor me bajara por la garganta.

Estaba nervioso. Más de lo que quería admitir. Faína debía irse esa noche o, como mucho, a la mañana siguiente. Y ya sufría por anticipado, como si alguien me apretara un tornillo en el pecho.

—¿Hugo? —insistió Jacques, impaciente.

Me giré despacio y apoyé la cadera en el borde del mueble bar.

—Contratar gente —repetí sin emoción—. ¿Quieres meter más ojos y oídos en la casa donde vas a tener a Amélie? ¿Después de pasarte semanas asegurándote de que el lugar fuera seguro?

Cruzó los brazos y se recostó en la silla de cuero.

—No podemos vivir encerrados para siempre. Amélie necesitará una cocinera, alguien que limpie y quizás un ama de llaves. Y te necesito aquí mientras estés con ella en Paisley. No puedes seguir haciendo de guardaespaldas doméstico todo el día.

Solté una risa seca.

—Guardaespaldas doméstico. Eso es exactamente lo que me pediste que fuera cuando llegara el momento.

Volví a mirar el vaso. Las dos mujeres me completaban de una forma que nunca imaginé posible.

Elena era la luz, la calma, la inteligencia afilada, un cuerpo que se amoldaba perfectamente al mío.

Faína era el fuego peligroso, con su risa ronca después del sexo y una lealtad feroz que me asustaba y me excitaba a partes iguales.

Juntas, llenaban huecos dentro de mí que ni siquiera sabía que existían. Cuando las dos me tocaban a la vez, o cuando las veía besarse antes de arrastrarme hacia ellas... el mundo exterior dejaba de importar.

Y ahora una de ellas se iba.

—Estás distraído —observó Jacques en voz baja.

—Estoy cansado —respondí secamente—. Entre mantener segura la casa de Paisley, lidiar con tus planes descabellados y asegurarme de que Faína no descubra la mitad de las cosas que hacemos, no me queda mucho tiempo para contratar a tu personal doméstico.

Jacques se levantó y se acercó a la ventana para contemplar la ciudad.

—El plan para Amélie está casi listo. Ya hemos comprado al cura y dos hombres estarán en posición para el secuestro en cuanto se dirijan al helicóptero. A partir de ahí, el resto depende de ti.

No respondí de inmediato. Di otro trago y noté que el whisky ya no bajaba tan fácilmente. Tendría que mentirle a Faína cuando me preguntara —porque lo haría—, y la necesidad de distanciarme de Elena me estaba poniendo de mal humor.

—Luchará —advertí—. Y gritará. Amélie no es como las otras chicas que le temen a tu nombre.

—Lo sé. Por eso la sedaremos en cuanto podamos y nos iremos a Paisley en un jet privado. No podemos dejar ningún rastro que vincule mi nombre con el secuestro.

Cerré los ojos un segundo. No era remordimiento por lo que estábamos a punto de hacer. Era solo el cansancio de fingir que este mundo no me estaba consumiendo poco a poco. En casa, tenía algo real y vivo esperándome cada día, con la cena lista para recibirme.

Estar al lado de Jacques significaba vivir entre negocios turbios, manipular para conseguirle aún más poder, y cargar con secretos suyos que podrían matarme antes de que pudiera siquiera proclamar mi inocencia.

—Elegiré a la gente personalmente —dije al fin—. Sin recomendaciones tuyas. Tienen que ser personas limpias, sin conexión con la organización.

Jacques asintió, satisfecho.

—Haz lo que sea necesario. Pero hazlo pronto. No podemos permitirnos retrasos.

Nuestra conversación duró otros veinte minutos. Hablamos de rutas, horarios, cantidades de dinero que habría que mover. En ningún momento mencioné a Faína ni a Elena. Él no necesitaba saber cuánto me estaban afectando las dos.

Porque cuanto más me involucraba con ellas, más peligroso se volvía el equilibrio que intentaba mantener.

Cuando salí del despacho, el sol ya estaba más alto.

El aire cálido de París me golpeó en la cara al volver al coche.

Durante el trayecto, solo podía pensar en ellas.

En cómo Elena se mordía el labio inferior cuando estaba concentrada leyendo.

En la risa grave de Faína mientras me veía intentar cocinar y fracasar estrepitosamente.

En cómo dormían las dos, enredadas conmigo, una a cada lado, como si yo fuera el centro de su universo.

Llegué a casa y el olor a café aún flotaba en el aire. Las encontré en el salón. Elena estaba acurrucada en el sofá gris con la mirada fija en Faína, que contemplaba una escena que de pronto parecía demasiado tensa.

Elena estaba rodeada de los cojines de colores que había comprado hacía unos días. Faína permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados. Tenía el cuerpo en tensión, y cuando la puerta se cerró a mi espalda, ambas se volvieron hacia mí.

—¿Ya te vas? —pregunté en voz baja mientras me detenía frente a ella.

Sus ojos se encontraron con los míos y por un segundo vi algo parecido a la tristeza en ellos. Después apareció la sonrisa de siempre, la que usaba como armadura.

—Mañana por la mañana. Acabo de recibir la confirmación.

Elena se levantó y se acercó a nosotros. Sin decir nada, abrazó a Faína por detrás, apoyando el rostro en su espalda. Completé el círculo, atrayéndolas a ambas hacia mi pecho. Nos quedamos así, los tres, respirando juntos, sintiendo una despedida demasiado dolorosa.

—Volveré lo antes que pueda —murmuró Faína, pero su voz salió amortiguada contra mi pecho—. Siempre vuelvo.

—Lo sé —respondí, besándole la coronilla—. Pero eso no hace más fácil verte salir por esa puerta sin que todos sepan que eres nuestra.

Elena nos estrechó con más fuerza. Sentí su cuerpo temblar ligeramente. Ella también odiaba las despedidas, pero se le daba mejor que a mí ocultar lo que sentía.

Pasamos el resto del día entrelazados. No todo fue sexo, aunque hubo mucho. Porque aunque sentía una enorme necesidad de sus caricias en mi cuerpo, también hubo largas miradas, risas que intentaban disfrazar la angustia que sentía.

Las follé con hambre, primero a Elena mientras Faína se sentaba en su cara y ella la comía, luego a Faína a cuatro patas mientras Elena me besaba y me susurraba al oído cuánto nos necesitaba a mí y a Faína. Me corrí dentro de ambas, marcándolas, como si pudiera evitar que llegara el mañana.

Por la noche, después de cenar, nos acostamos en nuestra enorme cama. Faína en el medio, como siempre. Mi mano descansaba en la curva de su cintura mientras Elena trazaba círculos perezosos sobre sus pechos.

—Ten cuidado —supliqué con voz ronca—. Sea lo que sea que el Primero te haya enviado a hacer... vuelve a nosotros de una pieza.

Giró el rostro y me besó lentamente, un beso que sabía a despedida pero también a promesa.

—No te preocupes, Hugo. Siempre volveré a ti —me acarició la barba y sonrió—. Eres lo único que me hace querer volver.

Elena se acercó y nos besó, primero a Faína, luego a mí. Después nos quedamos en silencio, solo respirando, sintiendo piel contra piel.

Mientras ellas dormían, permanecí despierto, mirando el techo. Pensé en Jacques, en la boda que se acercaba, en las decisiones que había tomado. También pensé en cuánto había cambiado desde que Elena y Faína entraron en mi vida. Y sentí que cada día el cambio era mayor.

Ya no era solo el hombre de confianza de Jacques. Era el hombre que amaba a dos mujeres al mismo tiempo. Y que haría cualquier cosa para protegerlas y mantenerlas felices a mi lado, aunque eso significara enfrentarme a un viejo Lobo que gobernaba Rusia con puño de hierro.

∞∞∞

A Quién Perteneces

Hugo Furquim

Ya habían pasado tres días desde que Faína se había ido y Elena estaba encerrada en la cocina. Decía que algo iba mal. Tenía un mal presentimiento.

—Amor, apenas has tocado el almuerzo —dije, apoyado en el marco de la puerta—. ¿Qué pasa?

Elena se giró con ojos preocupados, secándose las manos en el delantal.

—No sé cómo explicarlo, Hugo. Es como si algo malo estuviera a punto de pasar. Faína ya se fue, tú vas a viajar, y yo me voy a quedar aquí sola con esta opresión en el pecho.

La atraje por la cintura y le di un largo beso en la frente.

—El otro día estaba bromeando, pero ahora va en serio: voy a viajar unos días. Negocios aburridos para Jacques. Pero volveré en cuanto termine. Tienes la tarjeta con acceso a mis cuentas. Compra lo que quieras, sal un poco, distráete. Pero no te tortures con estos sentimientos, ¿vale?

Me abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en mi pecho.

—¿Me prometes que me llamarás todos los días?