Elegir Amarte #2
—Esta es tu casa, y aquí los únicos que te tocaremos seremos Faína y yo. —La beso una vez más, sellando mi promesa—. Ahora vámonos, que necesito hundirme en ti después de tenerme más de una hora con la polla dura.
Suelta una carcajada y bajamos la escalerilla riendo. Elena es una mujer delicada, de una manera que me hace ser aún más cuidadoso.
Durante el trayecto al apartamento, sonrío al ver a Elena observándolo todo por la ventanilla, absorbiendo cada detalle de la Ciudad de la Luz que tanto amo. No dice mucho, pero noto que intenta permitírselo y disfrutar el momento al máximo.
—Es preciosa, ¿verdad? —pregunto justo cuando entramos en la avenida que lleva a la Torre Eiffel.
—Sí. Cuando era más joven y veía la película en la que Tom Hanks corre por todo París para desentrañar los enigmas, siempre quise venir.
—¿Te gusta leer? —Creo que acabo de descubrir algo con lo que puedo consentirla.
—Me encanta, especialmente los libros con búsquedas de tesoros.
—¡Me alegra saberlo! —Le beso la mano mientras un plan empieza a formarse en mi mente.
Sé que está intentando vivir esto y sin duda me aseguraré de que tenga su propio momento de búsqueda del tesoro.
Cuando llegamos al edificio en Motte-Picquet, sonrío al ver que el lugar, aunque está en una zona elegante de París, mantiene una fachada discreta, pero sé muy bien que el interior es impecable.
Antes de marcharse, el conductor me entrega la llave del apartamento y me informa de que mis cosas ya están aquí. Eso me recuerda que mañana Elena tendrá que ir de compras, ya que solo trajo dos maletas de ropa y dejó varias cosas atrás.
Subimos al segundo piso y, al abrir la puerta del apartamento, observo su reacción con atención.
Ya sabía que el apartamento era diferente del que Jacques compró en el piso de arriba, que es un dúplex con más habitaciones. Aun así, este tiene espacio suficiente para los tres, además de ser elegante.
Miro el pasillo que da acceso a las habitaciones y veo que hay cinco puertas.
—Mañana, elige una de las habitaciones para que sea mi despacho… —me acerco por detrás y le beso la coronilla.
—De acuerdo. Mañana llamaré a Faína y lo decidiré con ella.
Nos detenemos en medio del salón y me siento aliviado al saber que todo está prácticamente listo para recibirnos sin levantar sospechas entre los vecinos, los Primeros y, sobre todo, los enemigos.
Libero a Elena de mi abrazo y la dejo adentrarse lentamente, como si estuviera tanteando el espacio antes de aceptarlo realmente como su hogar. Pasa los dedos por los muebles, camina hacia la cocina y finalmente se dirige al balcón.
—Es… hermoso —dice, casi sorprendida.
Cruzo los brazos, me apoyo en la pared y sonrío.
—¿Eso es un «me gustó» o un «es habitable»?
Me mira por encima del hombro y suelta una risa que da gusto oír. Creo que es la primera vez desde que salimos de Italia que sonríe con tanta ligereza.
—Me gustó —se gira hacia mí y sus ojos brillan de felicidad.
Y eso ya es más que suficiente para mí.
Unas horas más tarde, el apartamento empieza a cobrar vida. Elena insiste en ir a la cocina, incluso después de todo lo que ha vivido hoy en ese espacio.
—Necesito hacer algo… —dice, casi a modo de justificación.
—Quédate en la cama. Sé que estás cansada…
—Lo estoy, pero también tengo hambre y sé que este ruido que oigo no es de los muelles de la cama —me echo a reír.
Me levanto y recojo mi ropa interior. La veo ponerse mi camisa y la sigo. Se dirige hacia la cocina y decido limitarme a observar, ya intuyo lo que va a hacer.
Sé que Elena no solo va a cocinar, sino que está intentando encontrarse a sí misma en una casa que no es la que conocía. Sobre todo porque está con un desconocido y no con la mujer con la que ha mantenido una relación durante varios meses.
Su alegría cambia después de intercambiar unos mensajes rápidos con Faína. Había enviado algunos antes, pero creo que no fue suficiente para Elena, que ahora está haciendo galletas mientras termina de preparar la salsa para la pasta.
De alguna manera, toda esa actividad en la cocina la calmó. Y más rápido de lo que imaginé.
Nuestra cena fue sencilla, pero deliciosa. Nos sentamos a la mesa, aunque ya era tarde. No había prisa ni tensión alguna.
Con ella a mi lado junto a la encimera, no estaba pensando en planes para ayudar a Jacques con sus negocios, ni en estrategias para deshacerme de algún enemigo.
Estaba allí, sentado con Elena, disfrutando de una buena copa de vino, hablando de sus planes. La escuché contarme sueños en los que siempre se imaginaba como la perfecta ama de casa con diez hijos alrededor de su mesa, amada por un marido que lo haría todo por ella y por sus hijos.
—No digo que vayamos a tener diez hijos, porque todavía no me veo como padre de uno, y mucho menos de diez… —me atraganto y empiezo a reír.
—¡Pero yo sí puedo con eso! —se encoge de hombros y da otro sorbo de vino.
—Puede que tú puedas, pero te garantizo que ya tienes un marido que hará lo que sea por hacerte feliz.
—Le encantará esto —dice Elena, dejando la copa en la encimera.
Asiento y ya puedo imaginar a Faína paseando su belleza por el apartamento, sonriendo mientras Elena anuncia que va a preparar algo.
—También creo que le gustará.
Hago una pausa antes de continuar.
—Y cuando llegue, verás cómo las cosas mejoran.
Elena levanta la mirada y sonríe.
—Por supuesto que sí. Todavía no conoces a Faína Stepanov —tomo un bocado de pasta y sonrío, enamorado de ella, que demuestra su amor por nuestra rusa en cada gesto—. Verás que cuando llegue ya tendrá un plan para quedarse aquí y no separarse de nosotros.
Sostengo su mirada y, sin dudarlo, asiento.
—Eso espero, cariño. No quiero estar lejos de vosotras dos nunca más —ella sonríe y apoya la cabeza en mi hombro—. Ya dependo de vosotras dos.
Porque esa es la más pura verdad. Aunque sé que lo que queremos vivir no está a salvo en nuestro mundo. Porque nada de esto es sencillo, pero aun así no intento controlar el resultado de nuestra ecuación.
Solo elijo amar a estas dos mujeres.