Tres Cuerpos, Una Entrega #2
—Necesito decirte algo…
—¡Dímelo después de que me hagas correrme!
—¿Y qué te parece correrte con mi polla dentro mientras te chupas esta que está bien caliente?
Dice Hugo, y siento cómo se le tensa el cuerpo. Me preparo para explicarle lo que acabo de aceptar y ruego para mis adentros que ella, como yo, también lo acepte.
∞∞∞
Tres Cuerpos, Una Entrega
Faína Stepanov
—No podrá con nosotras, amor… —dijo Elena tras chuparme el pezón, jugueteando con la punta de la lengua y provocándome un escalofrío que me recorrió la columna.
El tono de Elena es ligero, casi provocador, pero la conozco lo bastante bien para notar cuánta curiosidad esconde, y un rastro de desafío.
Miré a Hugo. Estaba quieto, todavía vestido, con una mano sobre la entrepierna mientras nos observaba con mirada intensa, pero era evidente que estaba excitado.
Oímos el sillón crujir levemente mientras se acomoda, pero no dice nada, solo nos mira fijamente en la cama.
—Podrá con nosotras, sí —respondí con la voz más ronca de lo que esperaba—. ¿O no podrás, Hugo?
Inclinó la cabeza. Vi cómo una sonrisa lenta y peligrosa se dibujaba en sus labios.
—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo, mirándome.
Elena rio contra mi piel y el sonido me calentó por dentro. Se incorporó sobre los codos, con su melena rubia cayéndole en ondas sobre los hombros, y miró fijamente a Hugo con ojos aún nublados por el sueño y el deseo.
—Tienes una mirada feroz. ¿Lo es él? —preguntó, mirándolo a él y luego a mí.
—Mientras me enseñaba el placer, no fue feroz… —dije antes de atrapar sus labios y besarla con el cariño que siempre le he tenido.
Dejé escapar un suspiro mientras sus manos recorrían mi cuerpo y me ayudaban a quitarme la ropa. Mi cuerpo se enciende cuando las yemas de sus dedos me rozan en ciertos puntos. Nunca me ha gustado expresar mis sentimientos, pero ella sabe cuánto la deseo y lo mucho que me importa su felicidad.
Mis manos se hunden en su cabello y la obligo a besarme. No es un beso tierno, pero la lujuria que sentimos la una por la otra anula cualquier rastro de razón. Además, ha pasado casi un mes desde la última vez que nos vimos.
Cuando por fin logró quitarme los pantalones, sentí sus manos en mi coño y sus dedos penetrándome sin pedir permiso.
—Mira eso… —Retira los dedos y los levanta, mostrando que están completamente cubiertos con el semen de Hugo—. Me pregunto si sabrá tan dulce como tu coño, amor.
Mi mirada se encuentra con la de Hugo, que todavía no ha dicho una sola palabra.
En lugar de hablar, se levantó lentamente, se quitó la chaqueta y la arrojó sobre el brazo del sillón.
Luego el cinturón y la camisa. Cada uno de sus movimientos estaba calculado para provocarnos.
Iba demasiado lento, y Elena volvió a meter los dedos dentro de mí.
Entonces mis dedos fueron a sus pezones y comencé a apretar con la presión justa, lo que me valió un gemido caprichoso.
Sentí el calor subir desde el vientre hasta el pecho. No era contención; era como si ya sintiera el placer inmenso y solo faltara un roce.
—Ven… —lo llamé, tendiéndole la mano—. Pero ven sin miedo. Te garantizo que no te morderemos.
—Por supuesto que no, cariño… —Apoyó una rodilla en la cama y llevó la mano a mi cabello, tirando de mí suavemente hacia él—. Porque vosotras dos sois mías, igual que mi corazón y mis cuidados son para vosotras, mis lobas.
Sonrío y le devuelvo el beso. Su lengua baila con la mía mientras siento la boca de Elena en mi pecho, chupándolo, y su mano en mi clítoris, masajeándolo. Son tantas sensaciones que no puedo contener el gemido.
—¿Estás lista para que te folle otra vez, cariño? —murmuró tras chuparme el labio inferior.
—Sí… —respondí con los ojos cerrados.
Entreabro los ojos y lo veo colocar los dedos bajo la barbilla de Elena y alzarle el rostro hasta tenerla cerca.
Elena es joven y, por desgracia, mide un metro sesenta, lo que la hace más baja que yo con mi metro setenta y siete.
Sonrío cuando su mano llega a mi cuello y el cuerpo de ella se rinde al contacto de Hugo.
Igual que yo. Elena acabó desarrollando una aversión al sexo masculino, pero en su caso es algo aún más reciente y, aunque lo está tratando con el psicólogo, yo no estaba segura de si dejaría que Hugo la tocara.
Pero cuando vi el fuego encenderse en ambas miradas, me acurruqué junto a su cuerpo y deslicé la mano entre sus piernas. Sentí sus fluidos mojándome los dedos y aceleré las caricias mientras ella se rendía al beso del escocés, que tenía una mano en mi trasero.
Gemí con fuerza cuando el placer empezó a crecer. El corazón me latía deprisa. O tal vez era el de ella, o el de Hugo. Pero era difícil saberlo, porque estábamos tan conectadas que no sabía dónde terminaba una y empezaba la otra.
Hugo se apartó y nos obligó a mirarlo. Elena estaba embriagada de deseo y apenas podía abrir los ojos para verlo.
—Prometo que voy a hacer que supliquéis que pare… —dijo con voz baja y ronca—. Las dos.
Elena apoyó la cabeza en mi hombro y me lo mordió antes de echarse a reír, y yo sonreí feliz por primera vez en años.
—Me gusta un hombre que con un solo beso deja claro que cumplirá lo que promete. Ahora bésame.
Se inclinó sobre nosotras y, antes de que pudiera respirar, su boca encontró la mía. El beso era más ardiente, cargado de intención. Y mientras sentía sus dedos recorriéndome el muslo, abrí los ojos y vi la mano de Elena deslizarse hacia la nuca de Hugo para atraerlo más.
Los tres estábamos en medio de la cama y, sin importar si había algo ahí fuera, en ese momento lo único que importaba era la conexión que nacía entre nosotros.
La boca de Hugo era una advertencia, pero también una promesa para nosotras dos. Me besó como si me estuviera catando, tanteando hasta dónde lo dejaría llegar, y yo respondí con la misma ferocidad. De vez en cuando mis dientes le rozaban el labio inferior, arrancándole un gemido suave.
Elena no se quedó atrás. Su mano bajó por mi vientre mientras seguía vuelta hacia Hugo. Sus dedos encontraron mi clítoris con una precisión que me hizo gemir en su boca. Sabía exactamente dónde tocar, cuándo presionar y cuándo deslizar los dedos. Conocía mi cuerpo mejor que yo misma.
—Está mojada, Hugo —susurró Elena contra mi oído, con voz arrastrada y llena de picardía—. No te imaginas cuánto.
Se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos. Vi que tenía las pupilas dilatadas, el pecho agitándose en respiraciones cortas. La mano que tenía en mi muslo subió lentamente hasta rodearme el cuello sin apretar, solo para mantenerme la mirada fija en la suya, dejando claro que soy suya.
—Quiero ver —dijo, y no era una petición.
Elena se apartó un poco y se recostó sobre las almohadas con los ojos brillantes de excitación. Se mordió el labio inferior mientras Hugo me empujaba hacia atrás contra el colchón. Él miró la mano empapada de mis fluidos y empezó a abrirme las piernas con las rodillas.
—Muéstrale, amor —provocó Elena mientras deslizaba la mano entre sus propias piernas y empezaba a tocarse, observando lo que él iba a hacerme—. Muéstrale cómo te pones cuando necesitas que te llenen.
Hugo descendió sobre mi cuerpo con la calma de quien tiene toda la noche por delante para llenarme de más placer, incluso después de haberme follado antes. Mi cuerpo no quería calma; quería su boca en mi coño.
Observé sus manos recorriéndome los muslos mientras mi cuerpo se relajaba. Llevé la mano al rostro de Elena. Ella me miró y vi en sus ojos una admiración que nunca había visto antes.
—Ven aquí, princesa… —le pedí, y ella se acercó hasta que nuestros labios se encontraron.
—Súbete encima de Faína, Elena —ordenó Hugo, y cuando ella se sentó sobre mi vientre, la agarré del cuello y me perdí en nuestro beso.
Aunque era delicado, sentía el dominio de Hugo cuando introdujo dos dedos en mí y noté su barba rozándome el clítoris.
—Qué bien… —gimió Elena contra mi boca y empezó a mover las caderas sobre mí.
—Pequeña loba, primero voy a follarme a esta y después me ocuparé de ti… —dijo, y cuando abrí los ojos, lo vi mirándome.
—Tómala, hazla tuya, como ya es mía… —jadeé cuando sus dedos aceleraron el ritmo dentro de mí.
—¡Buena chica!
Vi a Hugo subirse a la cama, apoyar una rodilla junto a mi cadera y llevar la otra mano al cuello de Elena, que se derritió por completo. Algo me dice que tendremos problemas, pero sabremos resolverlos mientras estemos juntos.