Steal (Los Cazadores MC nº 3) 8
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Cassidy – Veintisiete años

—Tome dos comprimidos tres veces al día durante siete días —le digo al Sr. Andrews, el anciano que vino con dolor de garganta, mientras le entrego su receta.

Sus médicos lo mandaron a casa porque no mostraba signos de infección ni fiebre, pero bastaba con echarle un vistazo a la garganta para ver las amígdalas inflamadas y llenas de pus blanco, lo cual indicaba lo contrario.

—Gracias, Dra. Brody —dice con voz ronca.

Sonrío y respondo:

—De nada. La enfermera volverá enseguida con los papeles del alta.

Después me doy la vuelta y vuelvo al control de enfermería.

Le dedico una sonrisa a Hannah, que es increíble, mientras echo un vistazo al reloj, y suspiro. Estoy agotada. Llevo en el hospital más de catorce horas sin ni siquiera una hora de descanso, pero supongo que esas son las ventajas de ser residente.

Niego con la cabeza, firmo rápidamente los papeles del alta del Sr. Andrews y se los entrego a la enfermera encargada. Luego cojo la siguiente carpeta de la creciente pila de pacientes, sabiendo que puedo atender al menos a uno más antes de fichar la salida.

Estoy en mi último año de residencia, algo que la mayoría de la gente de mi edad no consigue, especialmente después de tener un hijo, pero me he dejado la piel por Moira, mi padre y mi hermana.

Puede que haya dejado a Perrie, pero nunca está lejos de mis pensamientos; ninguno de ellos lo está.

Después de desmayarme en urgencias aquel día, desperté y me encontré con un Dr. Carmichael preocupado.

Me dijo que tenía el azúcar bajo y los niveles de estrés demasiado altos.

Me explicó que había que vigilar mi embarazo de cerca y que perdería al bebé si no evitaba el estrés, lo cual era más fácil decirlo que hacerlo después de que el padre de mi hijo me pusiera una pistola en la cabeza, pero con el trauma añadido en el estómago por culpa de él, tenía que andarme con cuidado.

Sabía que no podía empezar de cero en un lugar nuevo, no tenía dinero para ello y apenas llegaba a fin de mes —no es que mi hermana o mi ex lo supieran—, pero recordé que Piston me había dicho que, si algún día necesitaba huir de alguien, debería esconderme a plena vista pero cambiarme el apellido.

Así que, cuando desperté en el hospital y me di cuenta de que no era una horrible pesadilla, ideé un plan.

Llamé a mi casero, que accedió a cambiar las cerraduras de mi apartamento y a mentirle a Steal diciéndole que había entregado las llaves si aparecía buscándome.

No le hacía gracia, pero aceptó después de que le explicara lo que había pasado en el club —menos lo de apuñalar a alguien—.

También le pedí que cambiara el nombre en el contrato de alquiler a Cassidy Brody, el apellido de Steal, algo que a nadie se le ocurriría que hiciera después de cómo me trató.

Sigo en el apartamento, pero he conseguido alejarme por completo del club sin que nadie me vea, sobre todo porque mi apartamento está fuera de su territorio, más bien en el de los Killers, un grupo de matones que se creen los dueños de Nueva York cuando en realidad son solo parásitos a los que les gusta liar problemas porque sí.

Dejé el supermercado, obviamente, y conseguí trabajo en un centro de atención a personas con discapacidad, sabiendo que necesitaría el dinero para Moira, mientras seguía ayudando a los luchadores en The Fight.

Por suerte, nunca me he topado con Perrie, que solía pelear religiosamente para ayudar a mantener a flote el gimnasio de papá, a pesar de los gastos de nuestra madre.

Aunque Perrie prometió dejarlo, así que eso facilitó que Viking, el hermano de los Rebels, me apuntara para hacer turnos cuatro veces por semana.

Le expliqué exactamente lo que había pasado, y estuvo encantado de ayudarme a pasar desapercibida.

Suspiro mientras abro la siguiente carpeta de paciente, con la esperanza de que no sea un caso complicado para poder ir a recoger a mi niña, que ya tiene tres años, pero se me abren los ojos como platos al leer las notas.

—¿Cuántas horas llevas, Cassidy? —pregunta una voz a mi izquierda, y me giro para encontrarme con la mirada del Dr. Carmichael, que se ha convertido en una figura paterna para mí.

Parpadeo sorprendida y murmuro:

—Catorce. Iba a atender a mi último paciente, pero, eh, creo que voy a necesitar ayuda…

Frunce el ceño, claramente no acostumbrado a verme tan perpleja, pero maldita sea…

Sin decir palabra, le muestro el archivo. Lo lee y abre los ojos con sorpresa, y yo asiento aturdida.

Se aclara la garganta, cierra la carpeta, se cuadra de hombros y dice:

—Bien, entraremos ahí y actuaremos con profesionalidad…

Profesionalidad, claro…

Hago una mueca y admito:

—Eh, Dr. Carmichael, no estoy segura de poder entrar en esa habitación y tratar a esta pareja con un hombre al que veo como un padre…

Oigo que Hannah resopla, pero lo disimula con una tos, mientras el Dr. Carmichael levanta una poblada ceja blanca y afirma con firmeza:

—Bueno, mala suerte. ¡Mueve el culo, Brody!

Niego con la cabeza con una pequeña sonrisa.

Le costó acostumbrarse a que me cambiara el apellido, y sé que cree que es por la agresión, y en parte tiene razón, pero no es de mi agresor de quien me escondo, sino de su familia.

Sé que él no viene a por mí porque está muerto. Vi en el periódico el desfile de motos que los hermanos hicieron hasta la iglesia y luego al cementerio en el otro extremo de Brooklyn, lejos del gimnasio de papá.

Me pregunto si le habrían dado ese honor de haber sabido lo que hizo…

Probablemente.

Respiro hondo, me doy la vuelta y me dirijo al cubículo donde está la pareja y, a pesar de haberlo leído en blanco y negro, verlo en persona es impactante.

El hombre de pelo negro y dientes blancos perfectos hace una mueca ante nuestra reacción y pregunta:

—Supongo que no ven esto todos los días, ¿verdad?

Me aclaro la garganta y cojo los guantes mientras admito:

—Eh, no, la verdad es que no, pero les ayudaremos a los dos.

El chico de rodillas me saluda con un ligero movimiento de mano, y le dedico una sonrisa tranquilizadora mientras el doctor entra detrás de mí.

Después de ponerme los guantes, me acerco a la pareja, intentando ignorar el miembro del hombre, lo cual no es fácil, y observo el piercing de la lengua que está enganchado en su Príncipe Alberto.

—¿Puede arreglar esto, doctora? —pregunta el chico que está sentado, con un temblor en la voz, y ladeo la cabeza.

—En realidad, si yo solo… —empiezo, pero miro al hombre, luego al que tiene la lengua enganchada, y pregunto—: ¿Tengo su permiso para tocar?

Ambos hombres asienten, pero el que está sentado encima de mí gruñe al sentir el movimiento de su pareja, y hago una mueca, rezando para que no eyacule, porque entonces seguramente le arrancaría ambos piercings y tendríamos un problema mayor.

Trago saliva con dificultad y cojo con cuidado la lengua con una mano, luego la punta del pene con la otra para mantenerlo quieto.

Sin sacudir a ninguno de los dos, giro lentamente la lengua hacia un lado, después la muevo hacia arriba, separando los piercings antes de soltar a ambos.

El chico de rodillas suspira aliviado mientras se echa hacia atrás y se quita el piercing de la lengua, lo que me hace resoplar.

Me sonríe.

—Eres una salvadora, cariño.

Niego con la cabeza sonriendo y me pongo de pie antes de coger la manta y tapar al chico de la cama.

Él suspira.

—Gracias, doctora.

Asiento.

—No hay problema —respondo antes de girarme hacia mi mentor, que me dedica una amplia sonrisa. Tiene un brillo burlón en los ojos que me hace entrecerrarlos mientras le quito el historial de las manos.

—Buen trabajo —murmura el Dr. Carmichael, y le saco la lengua. Completo el papeleo para que estos hombres puedan irse y retomar lo que estaban haciendo, que espero que, ahora que se ha quitado el piercing de la lengua, no vuelva a traerlos a urgencias.

Después de recoger mi bolso y despedirme de algunos compañeros, me dirijo al quinto piso, como siempre, pensando en mi hermana.

Me pregunto qué estará haciendo, si se habrá graduado de la universidad.

Cuando me despedí de ella, sabía que me odiaba, pero también que no podía cambiar las circunstancias. Solo una vez, en los cuatro años que llevo fuera de su vida, me he puesto en contacto con ella.

No escribí nada; solo le envié una foto de Moira cuando tenía una hora de vida. No sé por qué lo hice, pero algo en mi interior me impulsó a hacerlo, convencida de que no se lo diría a nadie.

Cuando suena el ascensor, me aparto de la barra en la que estoy apoyada y salgo. Camino hasta el final del pasillo y entro por la puerta azul claro. Mi mirada se clava al instante en esos ojos gris oscuro que veo en mis sueños.

Mi hija sonríe de oreja a oreja antes de ponerse de pie y correr hacia mí, casi tropezando dos veces antes de que la atrape y la lance al aire, arrancándole una carcajada. La estrecho contra mí, hundiendo la nariz en su pelo rojo oscuro y rizado mientras ella me rodea el cuello con los brazos.

Es una mezcla de mí y de Steal y absolutamente perfecta.

Tiene mi pelo rojo oscuro, mis pecas y mis rasgos, pero sus ojos y su nariz son los de él, y cuanto más crece, más se parece a su padre, lo que hace que lo eche de menos cada día más.

Sé que iba a dejarlo, pero algo muy dentro de mí me dice que no habría aguantado mucho tiempo lejos, ni siquiera con Faith y su club en nuestra contra.

Él habría luchado por mí, y yo habría cedido porque ese hombre es dueño de mi corazón.

Es el amor de mi vida, pero nos destruyó aquel día.

Quizá incluso antes, pero aquel día selló el final de nuestra relación.

Sé que nunca lo superaré, sobre todo al ver su vivo retrato en nuestra hija a medida que crece, pero también sé que este es el camino correcto.

Maté a su hermano, y no importa lo que Brute me hizo, lo que Faith orquestó con él, el club y Faith siempre irán primero porque son familia y yo no lo soy.

No acepté su parche, y ahora me alegro de no haberlo hecho.

Una vez que tienes su parche, estás vinculada al hermano durante cinco años antes de poder devolverlo.

El padre de Hammer impuso esta norma cuando demasiados hermanos empezaron a repartir parches de propiedad como si fueran caramelos para luego quitarlos cuando se aburrían.

—¿Estás lista para ir a casa, mi ángel? —le pregunto a mi pequeña, que apoya la cabeza en mi hombro.

Asiente, y le beso la cabeza antes de coger su bolsa de manos de la cuidadora. Le dedico una sonrisa de agradecimiento antes de darme la vuelta y salir, sabiendo que me mandarán un email con el informe del día de Moira.

Odio tener que dejarla aquí cuatro días a la semana, y con Tanner las noches que curo a los luchadores, pero sé que es para asegurarle un futuro que le encantará y, lo más importante, un techo bajo el que cobijarse, sobre todo porque no tiene a su papá en su vida.

Ojalá lo tuviera. Ojalá las cosas fueran diferentes y significáramos más para él, pero su club siempre irá primero.

Ella siempre irá primero…