Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 1 5
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Capítulo 1 5

El martes por la mañana, al abrir los ojos tempranísimo, encuentro una inmensa boca abierta llena de dientes en pleno bostezo maloliente. Kobra está a un palmo de mi cara.

Infarto.

Me aparto rápido por el susto de muerte que me da y me golpeo la cabeza contra la pared. ¿Qué es la vida sin un buen cabezazo para empezar el día?

—Au —gimoteo.

Han pasado días, y yo sigo sin acostumbrarme a nada de esto.

Kobra me observa como si fuera la bola de metal que alguien le ha atado al tobillo antes de ponerle un mono naranja. Una mezcla de indiferencia y aires de superioridad.

—Puedes ponerle esta misma cara al simpático de tu dueño y así quizá te deje volver a casa. —Le enseño mi móvil—. Yo lo he intentado. Me has visto noche tras noche. ¿Qué más quieres que haga?

No dice nada, claro.

Se me va la fuerza por la boca cuando caigo en la cuenta de que esto es por mí, por la investigación que me ha convertido en una rata de laboratorio. Me atrevo a alargar la mano para acariciarle la cabeza a modo de disculpa. No es fan del contacto físico, pero en escasas dosis le parece bien.

—Siento que estés obligado a cargar conmigo.

Hace un sonido conforme y le doy una de las chuches que le compré con tal de ganarme su cariño y que no me coma viva. Nos hace el apaño.

Como a esta hora nunca hay nadie despierto, salimos de mi dormitorio en total sigilo.

Es entonces cuando me topo con toda mi familia en el salón.

—¿Qué hacéis todos levantados tan temprano?

Me miran como si hubiera cogido la lepra y no estuvieran cómodos con mi presencia.

—Cielo, ven aquí —pide mamá—. Tenemos que hablar.

—¿Qué ocurre? —pregunto confiada por su tono dulce.

—Lo que nos has hecho está fatal —dice cargándome con un saco de culpa nuevo.

—Tienes que deshacerte de esa cosa —se suma Saorise antes de que pueda decir nada.

—¿Esa cosa? —repito incrédula y siguiendo las direcciones de sus ojos, miro a Kobra.

No es un monstruo.

Le acaricio la cabeza jugando con mi suerte.

—El bicho tiene que irse, esta casa no es tan grande —dice James.

—¿Y desde cuándo te gustan los animales? —pregunta mi tío, arrugando la nariz.

Lo cierto es que desde siempre, y los perros todavía más.

—No es cuestión de que le guste o no, es que va a destrozarnos los muebles. ¿Habéis visto sus garras? ¿Sus dientes? —pregunta mi padre mirando a Kobra con desprecio.

Miro al dóberman y quiero taparle los ojos con la mano para que no lo vea. En vez de eso, me pongo delante de él.

—No ha arañado nada. Es muy educado —digo y mientras unos se echan a reír, otros se llevan las manos a la cabeza.

—Yo solo digo que cuando yo quise tener un perro a mí no me dejasteis —sigue Saorise—. Si ella va a tener eso, yo quiero un mastín inglés.

—No es mío —explico—, solo serán unos días —espero—. Sant Delphi dijo que si no lo aceptaba, rompería el contrato. Que era una de las condiciones.

Se alarman. Se sulfuran, incluso.

—¡Pero esta no es su casa! —exclama James—. Ni la tuya, Keira, es la de tus padres. Ninguno de vosotros dos puede decidir cosas tan importantes, cosas que nos afectan a todos, de manera tan unilateral.

—Exacto, no puedes —corrobora mi padre.

—Si es inmenso, por dios, podría matarnos si quisiera —dice mamá, angustiada.

Siento cómo se me van haciendo grietas en el corazón. Es entonces cuando me doy cuenta de que… quiero a Kobra. Unos días han bastado para que me gane.

—No habléis así de él en su presencia.

—¿Por qué? —pregunta Arnau con socarronería—. ¿Ahora los perros entienden nuestro idioma?

—Además, ¿qué tiene que ver esto con correr? —sigue mi madre.

—Lo que te gusta ser el centro de atención, ¿eh, hermanita? —Saorise se cruza de brazos.

—Tiene que ver con la responsabilidad de… —empiezo a hablar, pero nadie me escucha.

Todos tienen mucho que decir. Miro a mi tío Arnau y rezo porque me eche un salvavidas.

—Arnau, tú sabes que las condiciones del contrato…

—Te veré en North Star en un par de horas. No voy a participar en todo esto —nos señala a Kobra y a mí antes de largarse a la cocina.

Puede que los perros no nos entiendan, pero seguro que Kobra ha sentido el rechazo. Y lo odio. Lo odio, me repito, incrédula de sentir algo tan fuerte. Por eso en cuanto llego a la entrada, me agacho al lado de Kobra, poniendo la cara a la altura de la suya, y lo acaricio con mimo.

—¿Salimos a correr tú y yo, grandullón? ¿A pasárnoslo bien? —propongo en un susurro que solo oye él.

Me lame la mejilla y echa a andar. Durante un segundo pienso que, quizá, este sea el único ser vivo que me ve y me entiende. Me ato su correa a la cintura y nos vamos.

—¡Esto no quedará así, Keira! Hablaremos de esto más tarde —promete mamá antes de que cierre la puerta.

—No les hagas caso. A mí me caes bien —le digo y cuando alza la cabeza hacia mí para encontrar mis ojos, juraría que me entiende.

Reconozco que salir a entrenar con Kobra es mucho más divertido que hacerlo sola.

Salvo cuando vemos un charco. Kobra es un perro maduro, serio y estoico hasta que ve uno, entonces vuelve a sus días de cachorro impredecible y juguetón.

No me quedan chándales limpios.

Subo las escaleras con Kobra. Desde que hemos llegado al campus no hemos parado de atraer miradas. No me extraña nada.

¿He dicho ya que es muy grande? ¡Pero si bebe mil litros de agua más que yo! No doy abasto con las botellas. #MásFuentesEnNorthStar.

Noto un calambre en la espina dorsal cuando estoy a punto de llamar a la puerta del despacho de Sant Delphi. Me giro y me doy cuenta de que Kobra ya había girado la cabeza.

Alek está a escasos metros de nosotros, acercándose por el pasillo. Él también es inmenso. Y sus manos. Las que podría usar para rodearme el cuello y apretar con fuerza hasta que…

Sant Delphi sonríe. Es un gesto que hace que le brillen los ojos, que rejuvenezca un porrón de años y le sienta TAN bien que mis ovarios se retuercen en la parte baja de mi estómago.

No me sonríe a mí, sino a Kobra, pero yo lo disfruto igual.

Lo disfrutas, Keira.

¿No era que no sentías nada?

Mi corazón se sobresalta al darse cuenta de esa gran barbaridad.