Sprint en tu dirección (North Star 8)
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Capítulo 1
Tengo una buena familia, un objetivo en la vida y un techo sobre mi cabeza. Partiendo de esa base, no debería tener tantas ganas de morirme.
—Cielo, me encanta tu compañía, pero me pagas para otra cosa.
Levanto la vista de mis manos y veo a la mujer de cabello oscuro y melena corta con un objeto tubular entre las suyas.
Monique me cayó bien desde la primera vez que la vi y creo que tiene que ver con el hecho de que tiene la cara llena de pecas. Para que luego digan que el pretty privilege es una milonga.
Sé que está casada aunque solo tiene diez años más que yo, y que está deseando quedarse embarazada. Por terrible que suene, ojalá pudiera ser su hija. En realidad, me valdría con ser ella. O cualquiera que no sea yo.
—¿De verdad no quieres hablar? —ladea la cabeza y el pelo se le vuelca hacia un lado porque lo tiene muy sano.
Yo era morena, como ella, hasta esta tarde. Ahora tengo el pelo blanco. El cambio no me ha despertado muchas emociones, por no decir ninguna en absoluto.
—Siempre juegas con tu máscara de pestañas. —Me pregunto si alguien le habrá psicoanalizado ese detalle.
—Es de mi hermana pequeña. Ella me admira mucho y me siento mejor psicóloga con él en la mano —con dulzura y cierta timidez—. ¿Te molesta? Porque puedo guardarlo.
Sacudo la cabeza.
—Me relaja.
Asiente, exhalando aliviada sin poder disimular. Repasa mi pelo con la mirada otra vez.
—Estás muy guapa. ¿Quieres contarme por qué lo has hecho?
Esta vez soy yo la que exhala. Miro por la ventana, hacia la calle. Ya es de noche.
He oído maravillas sobre la Universidad de North Star. Me hubiera gustado estudiar allí mi grado de salud deportiva, pero no tuve la suerte. Ahora, a mis veinticuatro, me han dado una beca. Un empujoncito para que alcance las grandes metas.
Justo cuando pensaba que mi carrera deportiva había acabado, North Star decide pagarme para que compita siempre y cuando lleve su logo a la espalda.
Me hubiera encantado tener otra vida. La que sea, menos esta. Aunque me encanta el deporte que practico, eso es lo único que siempre… en fin. Qué más da, ¿no?
—¿Keira?
—Ha sido… Un último intento.
—¿De qué, cielo? —se acerca más al borde de la silla.
—De sentir algo.