Sospechosamente tuya (La serie de misterio y romance de Sol y Luke 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Sol

—Incorregible —dijo ella, sosteniendo la taza e inhalando el aroma de su té rooibos African Nectar de Mighty Leaf.

Estaba tan distraída desde que él había llegado que se había olvidado de preguntarle si aquel tipo de infusión sin cafeína le iba bien.

Era la primera vez que le pasaba algo así: no preguntar a un invitado qué tipo de té prefería, ir a su bien surtida despensa y servírselo.

—Tengo que estar a la altura de los tópicos italianos —dijo él. Era puro encanto mediterráneo y Sol no entendía cómo había podido pasar por alto ese lado suyo cuando se conocieron. Aquel disfraz de Greg Knight ocultaba mucho.

—Y tanto que estás a la altura —le dijo ella.

—Me alegra que ya no estés enfadada conmigo.

—¿Por qué? —preguntó y enseguida sintió que era la pregunta más tonta que podía haber hecho.

—Porque no he dejado de pensar en la noche en tu terraza en Barcelona.

A él no pareció importarle que ella no estuviera en su versión más brillante aquella noche. Sus ojos estaban completamente fijos en los de Sol, hambrientos.

—Te gustaron las vistas —dijo ella casi con timidez. Si iba a seguirle el juego, necesitaba encontrar el valor para hacerlo. Ya.

—Me gustó la vista.

Los ojos de Luke no se apartaban de los suyos. Ni siquiera para parpadear.

—¿Vamos a volver a intentar esto? —preguntó ella, de pronto más segura. Acortó la mínima distancia que los separaba.

—Por favor.

Su rostro estaba a solo unos centímetros del de ella y Sol podía oler algo casi salado en su aliento, como si llevara el mar consigo.

Dejó la taza sobre la mesa, alargó la mano derecha hacia su rostro, queriendo tocar aquel mechón rebelde que la había estado torturando toda la noche. Pero se detuvo. Necesitaba saber algo antes.

—¿Te irás como la última vez? —preguntó, con un tono ya desprovisto de flirteo.

—Esta vez ya sabes quién soy y a qué me dedico —dijo él, mirándola aún más profundamente, como si quisiera asegurarle que hablaba con sinceridad—. Así que no.

Se acercó un poco más y la besó, deslizando sus labios sobre los de ella, separando su boca con los suyos. Aunque aquello hubiera estado rondando por la mente de ambos cuando aceptaron verse a medianoche, Sol se sorprendió igualmente.

Tras su última relación, casi se había resignado a no volver a sentir la emoción de un primer beso bajo las luces nocturnas de su ciudad natal, ni de un segundo beso envuelto en la oscuridad de su ciudad adoptiva.

La noche londinense entraba por el tragaluz de su cocina, iluminada tenuemente a propósito, mientras Sol enredaba sus dedos en los mechones indomables de Luke y seguía con las manos el perfil de su rostro.

El beso era pausado y tierno, de una dulzura que la transportó al tacto aterciopelado de un amor de verano en su adolescencia.

¿Cuánto tiempo hacía que no acariciaba—y la acariciaban—con esa lentitud?

—Sol —dijo él. Pronunció su nombre como si fuera italiano, alargando la L final. A ella le gustó cómo sonaba su nombre en su boca. Era casi tan delicioso como aquel beso.

—¿Qué? —preguntó, aturdida.

—¿Quieres bailar? —La música había estado sonando todo el tiempo y en ese momento Otis Redding entonaba las notas de Cigarettes and Coffee.

—Sí —respondió, sorprendida otra vez. No recordaba la última vez que había bailado, sola o acompañada.

Él se levantó y le tendió la mano. Ella aceptó, poniéndose frente a él. Le rodeó el cuello con los brazos, apoyó la cabeza en el hueco entre su cuello y hombro e inhaló su aroma ahumado mientras giraban por la cocina siguiendo el ritmo sensual de la música.

Se sentía tan cómoda allí, bailando en su cocina londinense con Luke, que tardó media canción en levantar la cara del lugar donde la había tenido apoyada en su clavícula. Llevó una mano a la mandíbula sin afeitar de Luke y volvió a besarlo.

No estaba preparada para la descarga eléctrica que la recorrió cuando él le devolvió el beso. Sintió su lengua en su boca, sus manos en la cintura, recorriendo su espalda, bajo la sudadera; su cuerpo sólido presionado contra el suyo.

Se encontró atrapada entre la firmeza de Luke y el frigorífico y aquella proximidad la hizo desearlo. La impaciencia siempre había sido una de sus cualidades menos atractivas y no había invitado a Luke a tomar té a medianoche solo para bailar y besarse.

Él entendió su deseo y la alzó con más facilidad de la que ella habría imaginado, sentándola sobre la encimera de la cocina. Se acabó fingir que aún estaban bailando.

Los labios de él trazaron la zona sensible tras la oreja de ella, bajando por su cuello, hasta la línea de la clavícula.

Ella se movió hasta el borde de la encimera. Tenía las piernas abiertas, su cuerpo reclamaba la cercanía de Luke. Llevó la mano bajo la camiseta de él, atrayéndolo hacia sí, explorando las líneas de su torso.

Se sentía embriagada, aunque no había bebido ni una gota de alcohol desde su estancia en Barcelona.

Era él quien la estaba haciendo perder el equilibrio.

La última vez que había estado tan caliente había sido leyendo una novela de Sarah J.

Maas y visualizando a Jessica Chastain y a (quizá un poco más alto) Oscar Isaac en los capítulos spicy , después de una aparición conjunta en la alfombra roja que la había tenido en vilo durante días.

De repente se sintió sobrepasada, abrumada.

Aturdida, incluso. Definitivamente no eres demasiado mayor para mí , le había escrito él una vez.

¿Lo creía? No es que no le hubiera mentido antes.

¿Estaba preparada para dejar que aquel treintañero se familiarizara más con su cuerpo de cuarenta y dos años, tonificado, pero no tan joven ya?

Necesitaba serenarse.

—No puedo creer que esté diciendo esto, pero creo que deberíamos dejarlo por hoy —consiguió murmurar entrecortadamente.

Él se apartó despacio, alejándose del contacto de ella.

—Me voy —dijo. Si se sentía decepcionado por el giro de la noche, su expresión no lo mostraba—. ¿Es porque te mentí?

—No —dijo ella. Luke seguía frente a ella en la cocina—. Tal vez… es solo que me gusta ir despacio.

Él le ofreció la mano para ayudarla a bajar de la encimera, pero Sol la rechazó y descendió sola al suelo. Temía que otro roce de su piel la hiciera sucumbir a su magnetismo y querer retenerlo toda la noche.

Pero quería mantener la calma. Aunque fuera una sola vez en toda su historia con él, necesitaba sentir que tomaba una decisión racional y serena.

—Despacio está bien —dijo él, con una sonrisa devastadora—. ¿Puedo besarte una última vez antes de irme?

—Sí —suplicó más que accedió.

Adiós a mantener la calma, Sol. En cuanto sus labios tocaran los suyos, estaría perdida.

Pero él no fue a por su boca. Sus labios siguieron la línea de su pómulo, sin besarla exactamente, más bien marcando su piel con el aliento.

—Van a ser cinco minutos incómodos poniéndome los calcetines y las botas antes de marcharme —dijo, mirándola por última vez antes de dirigirse al vestíbulo.

—La incomodidad está bien —dijo ella.

Si tenía prisa por irse o por llegar a casa, no lo demostró. Sol se sintió un poco como una voyeur al observar sus movimientos mientras él se calzaba, casi deliberadamente despacio. Cuando terminó, se incorporó, le lanzó una última mirada cargada de deseo y abrió la puerta para marcharse.

—Deberíamos volver a quedar para tomar té pronto —dijo Luke antes de irse.