Sospechosamente tuya (La serie de misterio y romance de Sol y Luke 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Luke

Nunca lo admitiría ante nadie, pero, aunque lo que había metido en la maleta podía calificarse de escaso, se había cambiado de ropa tres veces antes de salir del hotel esa tarde.

Solo había quedado medio satisfecho con su selección tras llamar a Martina, la menor de sus dos hermanas, con la excusa de que no había sabido preparar bien el equipaje para un viaje de trabajo de última hora.

Ella era cuatro años mayor que él y trabajaba como coordinadora de vestuario en un reality show .

Martina se mostró inicialmente suspicaz, pero no insistió.

Era verdad que Luke no le pedía consejo sobre ropa desde la universidad, pero también era cierto que nunca había salido del país por trabajo.

Así que pareció deducir que Luke quería causar buena impresión en la ciudad mediterránea y moderna.

Su hermana le había dicho que apostara por la sencillez y él había seguido el consejo. Se sentía bastante seguro con los mismos tejanos oscuros del día anterior combinados con una camisa de cuadros blancos y negros abierta sobre una camiseta gris.

Entonces vio a Sol acercarse y sintió un calor repentino y, a la vez, que iba demasiado informal.

Sol llevaba una cazadora de cuero sobre un vestido largo y vaporoso, negro con tonos rosa, ceñido a la cintura.

Caminaba por la calle adoquinada con sus alpargatas de cuña con la confianza de quien lleva las zapatillas más cómodas del mundo.

Barcelona tenía, claramente, un código de vestimenta soleado que nadie se había molestado en compartir con él.

— Hola —dijo ella en castellano.

Barcelona le estaba afectando: Luke estuvo a punto de responder ciao , aunque nunca hablaba italiano fuera de casa de sus padres. Se sintió un poco decepcionado de que ella no lo saludara con los dos besos de rigor.

Ella le indicó la dirección que iban a tomar y él la siguió.

—Vamos a la cafetería de esta panadería —explicó Sol—. No es el sitio más bonito de la ciudad, pero las pastas son increíbles y se puede encontrar mesa y hablar tranquilos, lejos de las hordas de turistas.

Él asintió, incapaz de encontrar algo ingenioso que decir.

—¿Comes de todo? —le preguntó Sol al entrar en la panadería.

—Sí —respondió Luke con cierta duda, sospechando que solo había una respuesta correcta.

—¿Cerdo también? —añadió ella con sequedad.

—¿Cerdo? Sí.

Estaba confundido, pero Sol no explicó nada. Se dirigió al dependiente con su característico tono seco pero educado en catalán.

—¿Quieres beber algo aparte de agua? El té aquí suele ser agua templada e insípida —le dijo en inglés.

—Entonces nada de té, ta .

Fue lo más decidido que había estado con ella en toda la tarde y le pareció ver que Sol sonreía ante su respuesta.

Intentó pagar, pero ella no se lo permitió. Ejerció de anfitriona perfecta: pagó, cogió una bandeja con dos pastas redondas cubiertas de azúcar glas y dos botellas de agua y lo condujo a una mesa del piso superior, lejos del bullicio de familias y turistas que merendaban abajo.

—Esto es una ensaimada —dijo, pronunciando cada sílaba mientras lo miraba desde el otro lado de la mesa. Luke no había visto sus ojos color avellana tan de cerca antes. Tenían una calidez para la que no estaba preparado.

—Se hace con saïm , que básicamente es manteca de cerdo; por eso te lo preguntaba —continuó Sol—. Ah, y es originaria de Mallorca, así que, por favor, no vayas diciendo que en Barcelona probaste “esas ensaimadas típicas”.

—No lo haré —sonrió y probó la pasta, convencido de que acabaría cubierto de azúcar—. ¡Está buenísima!

—¿Verdad? —dijo ella y él sintió que había pasado una especie de examen—. ¿Dónde has comido? —le preguntó entre bocado y bocado de ensaimada.

—¿Comer? En un sitio cerca del hot…

—¿En un sitio cualquiera? —protestó Sol.

Ahí estaba de nuevo ese tono elevado que a Luke empezaba a resultarle adictivo, tan propio de su español y su catalán, aunque también emergía en inglés—.

Esta mañana te mandé una lista detallada con varios restaurantes.

Había de todo: rango de precios, diferentes tipos de cocina, incluso opciones vegetarianas, pescetarianas y sin gluten.

¿Y vas a cualquier sitio a comer algo mediocre?

—Perdón, no sabía que debía…

—¿Tratar cada comida en esta ciudad como si fuera un evento religioso? —remató ella.

—Sí…

—Pues ya lo sabes —sonó casi como una advertencia—. No desperdicies ninguna otra comida en mi ciudad.

Él asintió, mirándola fijamente. Había entendido el mensaje. Además, esos destellos ámbar en sus ojos marrones le estaban removiendo algo por dentro.

—Ya que hablamos de rituales… ¿Dónde puedo conseguir un té English Breakfast decente en esta ciudad? —preguntó, realmente curioso.

—En ninguna parte. Mi casa, probablemente, sea la mejor opción —dijo Sol con total naturalidad.

—Entonces, ¿puedo ir a desayunar a tu casa mañana? —le respondió con una mirada intensa, en modo encantador.

—No, pero puedo recomendarte un par de sitios que están bien. Te los mandaré por mensaje luego.

Por primera vez esa tarde, evitó mirarlo a los ojos.

—¿Y de tu lista de restaurantes, cuál debería poner el primero? ¿Alguna posibilidad de que vengas conmigo? —insistió él—. Ya has visto que necesito toda la ayuda posible.

—Eres incorregible —dijo ella sonriendo mientras se limpiaba un poco de azúcar de la mejilla.

—¡Si fuiste tú quien me invitó ayer!

—Como habrás notado, ayer estaba borracha.

—Sí, me di cuenta —dijo Luke—. Tenía que haber algo, porque en Londres ni siquiera me dirigías la palabra.

Sol se echó a reír con una risa contagiosa que pronto lo hizo reír también a él.

—Lo siento —dijo ella entre risas—. Me han dicho que a veces puedo parecer un poco estirada o antipática. Es solo que no me gusta el small talk . Soy introvertida y hablar de tonterías con desconocidos me agota.

Él se preguntó con qué frecuencia era tan sincera con alguien que apenas conocía.

—A mí tampoco me gusta el small talk —dijo Luke. Al ver la incredulidad de Sol, sintió la necesidad de explicarse—. Me siento fuera de lugar en el estudio de Josie. Todo el mundo es tan experto en pilates…

—Las habituales se lo toman muy en serio.

—¿Tú eres una de las habituales?

—Estoy en mis cuarenta, lo que significa que tengo que tomármelo todo en serio: la salud incluida. Josie me ayuda a mantenerme en forma, así que respeto mi tiempo allí —dijo Sol, segura de sí misma y de su rutina.

—La verdad es que dudé en apuntarme al estudio de Josie —dijo Luke. Sabía que aquella línea de conversación no era buena idea, pero no pudo evitar seguirla. Tenía que hacerlo—. Leí lo de la creadora de The Privateers a la que le robaron el guion allí…

—¿El que se filtró en Internet, quieres decir? —intervino Sol—. ¿Leíste el artículo de Voyeur sobre el robo del guion en el estudio? Todo el mundo me está dando la lata con eso. Hasta mis amigas ayer querían saber por qué mi estudio de pilates está en el centro de un robo de Hollywood.

—¿Y qué les dijiste?

—Que es absurdo. Estoy segura de que es solo un rumor y que Voyeur publicó sin confirmar nada. No creo que a Sara ni a nadie nos pudieran robar allí. Además, todos usamos taquillas.

Luke había querido ver su reacción al mencionar el robo.

Su detector interno de mentiras le decía que ella decía la verdad: que el robo no podía haber ocurrido en el estudio de Josie.

En circunstancias normales, eso le bastaría para descartarla como sospechosa. Pero ¿estaba siendo objetivo con ella?

—¿Sara? —preguntó él con cautela.

—Sara Daniels, una de las creadoras de The Privateers . Es clienta habitual de Josie. No la he visto desde que se filtró el guion.

—¿La conoces? —sabía que no podía hacer demasiadas preguntas sin levantar sospechas.

—La he visto en clase y me la he cruzado un par de veces al salir. Ya la conocía de antes. La había entrevistado junto con su hermana, Bryana, hace un par de años, cuando estrenaron la serie —explicó ella.

—¿Eres periodista? —preguntó Luke, procurando que no se notara cuánto sabía ya de ella.

—Periodista de entretenimiento, sí —respondió, más seca.

—No te preocupes, no voy a ser uno de esos que te preguntan quién es la persona más famosa que has entrevistado.

—Por favor, no —dijo ella, visiblemente aliviada.

—Tengo muchísima curiosidad por saber qué figura de Hollywood te ha parecido más interesante en persona y con quién sueñas aún hablar, pero esperaré a que te apetezca contarme ese tipo de cosas —sonrió—.

Mientras tanto, ¿alguna otra recomendación sobre tu ciudad que quieras compartir con un londinense completamente perdido?

—¿Primera vez en Barcelona? —dijo ella, con ese aire de quien no acostumbra a explicar lo obvio, ni siquiera sobre su propia ciudad.

—Me temo que sí —respondió él, algo avergonzado.

—No me digas que estuviste en Madrid hace años y nunca te molestaste en venir aquí…

—No es eso —dijo con el mismo aire apurado.

No había viajado demasiado y, aunque nunca le había costado admitirlo, hablar con una mujer tan cosmopolita como Sol hacía que su experiencia limitada le pesara.

—¿Eres uno de esos viajeros reacios? —preguntó ella. Por suerte, no lo juzgaba; al contrario, parecía comprenderlo.

—Supongo que sí —se pasó una mano por el pelo ondulado—. Es solo que… me cuesta dejar Londres.

—Ya veo —dijo ella, sin el menor tono de reproche—. Mi consejo principal es que camines mucho y por todas partes. Así conocerás mejor la ciudad. Y mira no solo al frente, sino también a ambos lados de la calle.

—¿Por los conductores agresivos?

—También. Y por los turistas en patinete y los ciclistas locales que ignoran las normas de tráfico. Pero no me refería solo a eso. No sabes qué edificio modernista o qué terraza escondida puedes descubrir si te fijas en los pequeños detalles. Y a menudo no están justo delante de ti.

—Prometo mantener los ojos bien abiertos.

—Ah, y no me importa lo que digan las guías de viaje: no se pasea por La Rambla. Y, desde luego, no se para allí a tomar nada. Se cruza camino a otro sitio y, si acaso, se intenta imaginar lo bonita que era cuando los barceloneses podían de verdad pasear por ella.

Una familia de cinco se sentó en la mesa más cercana, rompiendo su pequeña burbuja.

—¿Alguna posibilidad de que me imponga un poco más y me guíes en un paseo por este barrio? Me perdería sin ti y así me enseñas cómo hay que mirar.

—Eres imposible cuando te pones a flirtear —dijo Sol, levantándose y haciéndole un gesto para que la siguiera—. Pero venga, no quiero que te pierdas.

Luke intentó engañarse pensando que le había pedido ese paseo para seguir haciendo su trabajo, pero en el fondo —ni siquiera tan en el fondo—sabía que lo único que quería era pasar más tiempo con ella.