SOMETIDA AL PLACER (SERIE DESEOS EXTREMOS) Capítulo 7 Sumisión Ligera
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Capítulo 7 Sumisión Ligera

Las puertas del ascensor se cerraron con un roce casi imperceptible, dejando fuera el mundo. El eco del orgasmo en el restaurante todavía vibraba bajo mi piel. Alejandro no perdió el tiempo. En cuanto la cerradura hizo clic, me agarró de las muñecas y me giró hacia el espejo de la entrada.

—Mírate, Chloe —murmuró contra mi oído, el cuerpo cálido pegado a mi espalda.

En el espejo vi a una mujer que apenas reconocía. El vestido verde arrugado, las mejillas encendidas, la mirada velada de rendición. Sus dedos seguían cerrados alrededor de mis muñecas —no hacían daño, pero dejaban claro quién mandaba.

—Esta noche no quiero que pienses en nada —dijo, deslizando el tirante del vestido—. Quiero que te entregues por completo a mí. Sin dudas, sin decisiones. Solo sensaciones.

Me llevó hacia la cama. Del cajón de la mesilla sacó un antifaz de seda negra y dos cintas de seda suaves pero resistentes.

—De rodillas. La cabeza en la almohada.

Obedecí sin resistencia —el cuerpo respondía a sus órdenes con una rapidez que me asustaba. Sentí su peso encima de mí. Me sujetó las muñecas, las llevó a la espalda, las ató con la seda. Firme, segura, imposible de deshacer.

Me giró boca arriba. Antes de que pudiera decir una palabra, el antifaz me cubrió los ojos.

Oscuridad. Total, inmediata.

A ciegas, el mundo se redujo a su respiración, a su aroma a cuero y especias, y a una percepción táctil amplificada hasta el límite. No poder usar las manos, no poder prever dónde me tocaría: la adrenalina me estalló en la sangre.

—Alejandro... —susurré en la oscuridad.

—Calla. —La voz parecía venir de todas partes—. Esta noche tu única función es sentir.

Oí el roce de la seda deslizándose, el vestido cayendo al suelo. Desnuda, inmovilizada, ciega en el centro de la cama. El aire frío sobre la piel, frente al calor de su cuerpo: insoportable.

Algo frío y liso me rozó el hombro. Me sobresalté. Una pluma, o quizá el borde de un cinturón. Bajó por el cuello, entre los pechos, sobre los pezones duros, hasta el ombligo. Cada milímetro rozado mandaba una descarga directa al vientre.

—No te muevas —murmuró, muy cerca.

Después sus labios. Cálidos, decididos. Mordiscos pequeños y calculados en el interior del muslo, primero el derecho, luego el izquierdo, que me hicieron arquear las caderas.

Intenté liberar las manos para agarrarle la cabeza —la seda en las muñecas me recordaba, de forma despiadada, mi condición. Era completamente suya.

Sus manos me abrieron las piernas. Los dedos me separaron, despacio, encontraron el clítoris y presionaron encima, círculos lentos y precisos. Un escalofrío me atravesó entera, empapada y lista para cualquier roce. Sin vista, cada espera era un suplicio. ¿Dónde golpearía? ¿La boca? ¿Los dedos?

Sentí su peso entre mis muslos. Su dureza contra mi entrada, firme, sin hundirse. Un gemido ahogado se me escapó.

—Por favor, Alejandro... ahora —supliqué, sin ningún orgullo ya, sin memoria de la mujer controlada que había sido en Boston.

—Tienes que pedirlo mejor. —La voz áspera, la excitación contenida a duras penas—. Dime de quién eres esta noche.

La culpa por Ethan intentó abrirse paso un instante —la oscuridad del antifaz y el peso de su cuerpo la barrieron. La rendición era demasiado dulce para rechazarla.

—Soy tuya —dije, y las palabras salieron cálidas, claras, definitivas—. Esta noche soy completamente tuya. Fóllame, Alejandro.

Una risa grave, satisfecha. Con una sola embestida, profunda, me llenó del todo.

Fue una explosión. Sin la vista para prepararme, el golpe me arrasó con el doble de fuerza. Me empujé contra él, los brazos atados buscando en vano dónde agarrarse, su ritmo cada vez más cerrado, marcado por el sonido de nuestros cuerpos en la penumbra.

Cada embestida suya era una lección de posesión. Me llevaba cerca del límite, se detenía un instante, después retomaba con más fuerza, el pulgar siempre allí, sobre el clítoris, manteniéndome en vilo. Oscuridad, sujeción, control: todo se fundía en una única sensación devastadora.

No hubo un momento exacto en el que entendiera lo que estaba pasando —solo un antes y un después.

El grito se me murió en la garganta, ahogado por la intensidad, y precisamente esa contención hizo que la siguiente ola fuera aún más total, hasta que él se corrió dentro de mí con una última embestida, larga.

Me quedé tendida, la respiración hecha pedazos, el cuerpo todavía temblando de oleadas de placer. Con gestos tranquilos, Alejandro deshizo el nudo de mis muñecas y me quitó el antifaz.

La luz tenue volvió despacio. Estaba inclinado sobre mí, la mirada cargada de una satisfacción oscura. Miré las marcas rojas de la seda en mis muñecas. Eran las huellas de su control —y la verdad más terrible era que no deseaba otra cosa que volver a dejarme atar.