Sombras del Oasis 38 YRIS
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38 YRIS

La noche en Mónaco era como un sueño. El cielo estaba despejado, las estrellas brillaban y el yate de Alexander flotaba tranquilamente en el agua.

Todo parecía perfecto mientras me preparaba para servir unas copas de champagne.

Me besó mientras la música jazz noventera sonaba de fondo.

Alexander y yo estábamos en la cubierta, relajados y disfrutando del ambiente.

—Mi vida, ¿y si me traes una copita de champagne?

Me dirigí a la cocina del yate, llena de lujo y sofisticación, para servir el champagne.

Mientras lo hacía, mi móvil vibró en el mostrador.

Era una llamada desconocida desde Egipto.

Mi estómago se revolvió al ver el número en la pantalla.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo y sentí una inquietud creciente.

Sin pensarlo mucho, rechacé la llamada y traté de volver a la cubierta con las copas.

Pero cuando abrí la puerta hacia la popa, la escena que encontré me dejó paralizada. Alexander estaba allí, con las manos levantadas, y dos policías lo estaban apuntando con pistolas. La policía estaba por todas partes, y el sonido de las sirenas llenaba el aire.

Uno de los oficiales se acercó a mí, y de inmediato sentí que las pistolas se apuntaban a cada lado de mi cuello. Mi mente se quedó en blanco. No podía entender lo que estaba pasando. Mi corazón latía rápido, y el miedo se apoderaba de mí.

—Yris Hatman —, dijo uno de los oficiales—. Estás arrestada por el asesinato de Amira Njay.

No pude responder. Mi mente estaba en shock, recordando todo lo que había pasado. Pensaba que habría sido Orión, el cual habría confesado que yo participé en el robo, pero la causa era otra totalmente distinta e inesperada.

El futuro que había planeado se desmoronaba frente a mí. Miré a Alexander, con sus manos todavía en alto, y en sus ojos vi una mezcla de miedo y comprensión.

Mientras me ponían las esposas, una sonrisa amarga apareció en mi rostro. Miré a Mónaco, el brillo de la ciudad reflejado en el agua, y supe que este era el final de mi historia. La vida que había intentado construir, las decisiones que había tomado, todo había llevado a este momento.

Me llevaron al bote de la policía y me alejé del yate. Con cada metro que nos separaba de la luz de Mónaco, sentí que la vida que había intentado crear se desvanecía. No había más escapatorias, solo la realidad de mis decisiones.

Mientras la ciudad se hacía más pequeña en la distancia, comprendí que no había escapado de las consecuencias. Había sido atrapada por las mismas mentiras que había creado.

Fin.