Sombras del Oasis 25 YRIS
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25 YRIS

Esa noche, el sueño me arrastró a un lugar oscuro y lleno de sombras.

Me encontraba en un laberinto interminable, con pasillos que giraban y se retorcían, sin salida aparente.

Cada vez que intentaba avanzar, parecía que solo me perdía más.

Las paredes eran altas y estrechas, como si se cerraran sobre mí, dejándome sin aire.

Las sombras, en su mayoría, no tenían forma definida, pero su presencia era pesada, opresiva, y podía sentir sus miradas, aunque no podía ver sus ojos.

De repente, entre esas sombras, aparecieron dos figuras que reconocí al instante: Orión y Amira.

Caminaban hacia mí, y sus rostros se veían extrañamente fríos y distantes.

Había algo en sus miradas que me inquietaba profundamente, una especie de desapego que nunca antes había visto en ellos.

Traté de hablar, de preguntarles qué estaba pasando, pero las palabras se atascaban en mi garganta.

Ellos solo me observaban, como si fuera un peón más en un juego que ya no comprendía.

Desperté con el corazón latiendo desbocado, el sudor frío cubriéndome la frente.

Me tomó unos segundos darme cuenta de que estaba en la cama, en la seguridad de mi habitación en el hotel, pero la sensación de angustia seguía allí, como un peso que no podía sacudirme.

Todo era un caos en mi mente, desde el mensaje de Amira hasta la sensación de que algo oscuro se cernía sobre mí.

Me sentía más sola y vulnerable que nunca.

Me levanté de la cama con la necesidad urgente de salir de allí, de despejar mi mente y aclarar mis pensamientos.

Me vestí rápidamente y salí a las calles de El Cairo, dejando atrás la quietud asfixiante de la habitación.

El aire nocturno me golpeó con fuerza, pero lo agradecí.

Necesitaba sentir algo, cualquier cosa que no fuera esa confusión abrumadora.

Mientras caminaba por los callejones oscuros, mi mente comenzó a llenarse de recuerdos que había intentado enterrar.

Momentos de mi pasado como ladrona, tiempos en los que la traición era una herramienta más para sobrevivir.

Pensé en las personas que había engañado, en las alianzas rotas por necesidad.

Y de repente, me di cuenta de lo parecida que era mi situación actual.

Estaba atrapada en un juego peligroso, rodeada de gente en la que no podía confiar. Ni siquiera en mí misma.

El Cairo era un lugar de sombras y luces, donde lo antiguo se mezclaba con lo moderno en una danza constante.

Esa noche, las sombras parecían más densas, como si intentaran esconder algo, o a alguien.

Mi paseo me llevó hasta las orillas del Nilo, donde el río fluía con una serenidad que contrastaba con el torbellino en mi interior.

Me senté en un banco, observando el agua moverse tranquilamente bajo la luz de la luna.

Era un momento de calma en medio de la tormenta.

Mientras observaba el Nilo, tomé una decisión.

Sabía que no podía confiar en nadie, y eso incluía a Orión.

Pero también sabía que el plan debía continuar, aunque ahora debía estar preparada para cualquier eventualidad.

Si había algo que mi pasado me había enseñado, era a sobrevivir.

Y eso significaba que, si era necesario, traicionaría primero.

Al día siguiente, desperté con una resolución más firme, pero también con la sensación de que necesitaba más información para estar segura de cada paso que iba a dar.

Orión y Amira se movían en un mundo de mentiras y secretos, y si quería salir de esta situación con vida, debía conocer cada una de sus jugadas.

Recordé a Zayed, un contacto de mis días en el bajo mundo.

Zayed era un hombre con una reputación temida y respetada en los círculos criminales de El Cairo.

Nadie sabía más sobre el submundo que él, y si alguien podía darme respuestas, era él.

Zayed y yo habíamos trabajado juntos en el pasado, cuando ambos éramos ambiciosos.

Él era un hombre de mediana estatura, con una apariencia engañosamente común: cabello oscuro, ojos profundos y siempre vestido con ropas que no llamaban la atención.

Pero detrás de esa fachada tranquila, Zayed tenía una mente afilada como una navaja y un talento para obtener información que era casi legendario.

Sabía cómo moverse en las sombras, cómo escuchar sin ser visto y cómo hacer hablar a los más reticentes.

Después de años sin contacto, buscarlo no fue fácil, pero tampoco imposible.

Sabía dónde encontrarlo: un bar oscuro y apartado en una de las zonas menos transitadas de El Cairo, un lugar donde las personas desaparecían en la multitud sin dejar rastro.

Caminé hasta allí con paso firme, a pesar de que mi corazón latía con fuerza.

Necesitaba respuestas, y Zayed era mi mejor opción.

Cuando entré al bar, el ambiente era denso, cargado con el humo de los cigarrillos y el murmullo de conversaciones en susurros.

Mis ojos tardaron un momento en ajustarse a la penumbra, pero lo vi de inmediato, sentado en una esquina con una copa en la mano.

Me acerqué con cautela, sintiendo una mezcla de alivio y aprensión.

Zayed levantó la mirada cuando me acerqué, y una sonrisa ligera curvó sus labios.

—Yris, es raro verte por aquí después de tanto tiempo —dijo con su tono habitual, calmado pero lleno de insinuaciones.

—Necesito tu ayuda, Zayed —respondí, sin rodeos. No había tiempo para juegos.

Él asintió, como si hubiera esperado esa respuesta.

Me invitó a sentarme frente a él, y lo hice, sintiendo que me adentraba en aguas peligrosas, pero necesarias.

Le expliqué brevemente en qué estaba metida, omitiendo algunos detalles, pero dejando claro que Orión y Amira estaban en el centro de todo.

Zayed me escuchó en silencio, sus ojos analizando cada palabra que salía de mi boca. Cuando terminé, se quedó callado por un momento, como si estuviera ponderando qué decirme.

—Orión y Amira... —murmuró, tomando un sorbo de su bebida—. No es la primera vez que oigo esos nombres juntos. Han trabajado en varios golpes antes de este, siempre de la misma manera. Se acercan a alguien, lo enganchan, y cuando el momento es adecuado, lo dejan caer.

Sentí un nudo formarse en mi estómago mientras Zayed continuaba hablando.

Me contó sobre un caso similar en París, donde Orión y Amira habían formado parte de un equipo de ladrones.

Todo parecía ir bien hasta que, en el último momento, traicionaron a todos, llevándose el botín y dejando a sus compañeros con las manos vacías, y algunos incluso en prisión.

Era un patrón, una jugada que repetían una y otra vez.

Las palabras de Zayed eran como cuchillos, cortando cualquier esperanza que pudiera haber tenido de que las cosas fueran diferentes esta vez.

Pero al mismo tiempo, encendieron algo en mí: una determinación fría y calculadora.

No podía permitirme ser una víctima más en su lista.

Si Orión y Amira planeaban traicionarme, tendría que estar un paso adelante.

Zayed terminó su relato y me miró con seriedad.

—Ten cuidado, Yris. No son personas con las que quieras jugar. Pero si decides seguir adelante... asegúrate de que tus movimientos sean más astutos que los suyos.

Asentí, comprendiendo la advertencia en sus palabras. Le agradecí y nos despedimos con la promesa tácita de que esta sería la última vez que nos veríamos en circunstancias así. Salí del bar con la mente llena de nuevas inquietudes, pero también con una claridad que no había tenido antes.

Mientras caminaba de regreso al hotel, los pensamientos me bombardeaban sin cesar.

Sabía que no podía confiar en Orión y Amira, pero también sabía que Orión era diferente conmigo.

O al menos, quería creerlo. ¿Podría ser que con el tiempo, Orión hubiera desarrollado algún tipo de sentimiento genuino hacia mí?

La idea era tentadora, pero peligrosa. No podía dejar que mis emociones nublaran mi juicio, no ahora.

Decidí que no le contaría a Orión sobre la reunión con Zayed.

Era una carta que debía guardar para mí misma, una pieza del rompecabezas que podría usar en el momento adecuado.

Pero esta nueva información cambió por completo mi perspectiva del plan y mi lugar en él.

Ya no era solo una jugadora más; ahora sabía que debía estar lista para cualquier eventualidad.

El juego había cambiado, y yo estaba decidida a no ser la próxima víctima de Orión y Amira.

Cuando llegué al hotel, el cielo comenzaba a clarear.

El cansancio me pesaba en los hombros, pero también lo hacía una nueva determinación.

Me sentía más fuerte, más decidida, pero también más sola.

Sabía que lo que venía sería difícil, y que tendría que tomar decisiones que podrían cambiar el curso de mi vida para siempre. Pero estaba lista.

Subí a mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí, y me dejé caer en la cama. El sueño no tardó en llegar, pero esta vez, no hubo laberintos ni sombras. Solo un vacío tranquilo, un respiro antes de la tormenta que sabía que estaba por llegar.