Sombras del caos Capítulo 31
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Capítulo 31

Los días se volvieron oscuros y pesados.

Tras la explosión, se realizó una búsqueda exhaustiva en las aguas cercanas al lugar donde todo había ocurrido.

Flynn, junto con el antiguo superior de Petra en Interpol, coordinó todo: desde retirar el cuerpo del criminal del almacén antes de que llegaran las autoridades británicas, hasta asegurarse de que todo pudiera aclararse debidamente después.

En realidad, sabían que había más personas involucradas en la organización, así que la situación aún no estaba del todo resuelta. Por eso protegió el nombre de Thomas, sobre todo pensando en quienes lo rodeaban.

En una de sus últimas conversaciones con Thomas, Flynn le había prometido que, pasara lo que pasara, protegería a todos los cercanos a West.

Y cumplió su palabra.

La prensa cubrió la explosión del barco en varios reportajes y especuló sobre una posible conexión con el intento de fuga fallido de Malek. Al fin y al cabo, la gran operación de ese día era la noticia de la que todos hablaban.

Los más cercanos a Thomas e Illir se enfrentaron al dolor.

Cada uno a su manera.

Anna ocultó su propio dolor para poder cuidar de Willie, que estaba destrozado. Se culpaba por no haber detenido a Thomas desde el momento en que llegaron a Londres. Cargaba con un peso inmenso sobre los hombros, aunque todos le aseguraban que nada habría podido detenerlo.

Petra estaba inconsolable. Su aparente frialdad desapareció y dio paso al dolor de alguien que había perdido parte de su propia familia. Nicky permaneció a su lado, igual que ella junto a Mia, que estaba devastada.

De hecho, Nicky decidió contarles a los padres de Walls parte de lo que había sucedido. Su padre, que había tenido problemas de corazón recientemente, no pudo viajar, pero su madre fue a Londres en cuanto pudo.

Al principio, la señora Walls se sorprendió no solo por la historia, sino también al descubrir lo intensa que había sido la relación de su hija con Thomas. Aun así, cualquier sorpresa quedó en segundo plano ante el dolor que encontró allí.

Mia no comía.

No dormía.

Pasaba gran parte del tiempo cerca del lugar donde todo había ocurrido.

Los primeros días siguió de cerca las búsquedas, pero conforme pasaba el tiempo y la policía no encontraba nada, Willie contrató a una empresa especializada para continuar.

Aun así, por desgracia, el resultado no fue el que esperaban.

En medio del dolor, Mia oscilaba entre la negación y la ira.

Las emociones se enredaban en su interior; cada recuerdo la arrastraba a un lugar diferente de dolor.

La negación era un escudo frágil, un intento desesperado de mantener la realidad a distancia.

Se aferraba a cualquier rastro de ese pasado tan reciente, a cualquier detalle, cualquier palabra, cualquier promesa.

La ira, en cambio, ardía en su interior.

Consumía los recuerdos.

Traía preguntas sin respuesta.

¿Y si...?

¿Por qué?

Mia culpaba al destino, a la vida, a cualquier fuerza invisible capaz de cargar con el peso absurdo de su dolor.

Una de esas noches interminables, estaba sentada al borde de la piscina, con los pies en el agua.

Su madre se sentó a su lado, primero en silencio. Después se atrevió a iniciar una conversación, ya que sus últimos intentos habían sido poco más que monólogos.

—¿Cómo puedo ayudarte, hija?

Antes de la respuesta llegó el silencio.

Largo.

Pesado.

—Estando aquí...

Eso fue lo que hizo la señora Walls. Permaneció a su lado y le dio la única certeza posible en ese momento: Mia no estaba sola.

Hasta que Mia volvió a hablar.

—Es la mayor sorpresa de mi vida... —dijo, con la mirada perdida—. Dios mío, me irritaba tanto... O sea, me sacaba de quicio de verdad, ¿sabes?...

Una leve sonrisa asomó a sus labios. Su madre también sonrió, conmovida.

—Desde la noche en que nos vimos en el club... no volvió a salir de mi cabeza.

—Era un hombre muy guapo —comentó la señora Walls, que había visto algunas fotografías.

Mia respiró hondo.

—Lo es... —reafirmó, con dulzura y dolor—. Su porte me intimidaba un poco. De hecho, intimidante es la palabra perfecta para describir a Tom. —Suspiró—. Pero conmigo siempre fue tan dulce... tan atento... cuando no me estaba volviendo loca, claro.

La mujer la dejó hablar.

Solo escuchaba.

—Hoy lo único que quería era que me irritara. Que me sacara de quicio otra vez... —La emoción volvió con fuerza—. Mamá... Estoy completamente perdida. No encuentro mi lugar. Siento un dolor físico... No puedo respirar...

Mia miró a su madre, y la fragilidad de esa mirada rompió algo dentro de la señora Walls.

—Tenía que estar aquí conmigo...

Al terminar la frase, ya estaba sollozando.

Su madre la abrazó y la acunó contra su pecho, consolándola de la única forma que podía.

En la casa de invitados, el ambiente también estaba cargado de añoranza.

Apoyada en Nicky, Petra tenía las piernas estiradas sobre el sillón.

—He estado en peligro tantas veces. Era mi trabajo... Perdí a mucha gente, pero esta vez...

Tuvo que parar.

La emoción se apoderó de ella.

La cadena que Illir le había regalado descansaba en su cuello, cargada de recuerdos.

—Illir, con ese humor tan malo todo el tiempo... Todo siempre tenía que estar en su sitio. Yo solía decir que la primera ropa que se puso solo pudo haber sido un uniforme. Casi me sacaba de la cama a las cinco de la mañana para entrenar, y yo muriéndome de sueño...

Petra lloraba mientras hablaba.

Respiró, se secó las lágrimas y siguió:

—Y Thomas... Nunca contestaba lo que le preguntaba, nunca decía lo que realmente pensaba o planeaba.

Siempre tenía que adivinarlo. Y encima quería controlarlo todo y a todos...

—Hizo una pausa; le fallaba la voz—. Menudo par de pesados.

Eso es lo que eran. Dime... ¿cómo puedo echarlos tanto de menos?

—Se convirtieron en tu familia... —completó Nicky, acariciándole el cabello rubio.

Petra cerró los ojos.

—Los amaba y nunca se lo dije...

—Lo sabían. Estoy segura. Igual que tú sabes que te querían —dijo Nicky.

Nicky tenía razón.

Pasaron algunos días más.

Y nada cambió.

Mia pensó en volver al apartamento de Nicky, pero con la llegada de Candice, la convencieron de quedarse.

Aunque pasaba algo de tiempo con Willie, Candice se quedó en la casa de Thomas.

Para Mia, los días y las noches estaban vacíos, eran tristes y carecían de sentido. Sin embargo, como su padre iba a someterse a una intervención de corazón, aceptó volver a Nueva York con su madre, dejando claro que regresaría a Londres después.

Cuando finalmente programaron el viaje, casi se echó atrás.

Sentada en la terraza de la casa de Thomas, abrazándose las piernas en el sillón blanco, hablaba con Nicky.

—Pat me preguntó por vosotros dos, porque no pudo contactar con nadie... Inventé una excusa. No supe qué decir —le contó Nicky sobre la dueña de la galería.

—Cuando vuelva del viaje, hablaré con ella... —Mia miró el jardín, pensativa—. No sé cómo hacer la maleta mañana y simplemente marcharme... —Su voz se apagó—. Él está aquí. ¿Cómo voy a irme?

—Cuando tu padre esté bien, volverás...

—Me siento tan perdida, Nicky... Hay momentos en los que estoy enfadada con él... —Mia hablaba despacio—. Luego llega la añoranza y me derrumba. Como ahora...

Nicky se acercó y la abrazó.

No había nada que decir.

Jake también se unió a ellas.

—¿Hay sitio para mí ahí? —preguntó, sentándose al lado de Mia.

Uno a cada lado, le brindaron algo de consuelo.

Al final del día, Mia volvió al muelle del almacén y se sentó allí.

Pero no estaba sola.

Su madre, Candice, Petra, Nicky, Willie, Anna y Jake se sentaron a su lado, junto con los tíos de Illir, los dueños del restaurante.

Nadie dijo una sola palabra.

Permanecieron en absoluto silencio, porque no había palabras capaces de expresar lo que sentían sus corazones en ese momento.

Aquel atardecer no era un simple espectáculo de la naturaleza.

Era un tributo silencioso.

Como viajarían a la mañana siguiente, Candice reunió a todos en la sala en cuanto volvieron a casa y les explicó que Thomas la había dejado a cargo de algo que significaba mucho para él.

El día del cumpleaños de Mia, ella y Thomas habían hablado por teléfono. El empresario le había pedido a Candice que se encargara de algunos asuntos legales.

—Cuando me lo pidió, me sentí honrada, pero también muy orgullosa del gran hombre en el que se había convertido el hijo de mi mejor amiga —dijo Candice, emocionada.

Un silencio denso se hizo antes de que continuara.

Todos los presentes parecían intuir que nada de lo que vendría a continuación sería sencillo.

Thomas había tomado una decisión sorprendente: había donado la mayor parte de sus bienes en vida.

La única excepción era la casa de sus padres en Estados Unidos.

Willie levantó la mirada de inmediato. Anna, a su lado, se quedó inmóvil, con los dedos aferrados al brazo del sillón.

Candice respiró hondo y continuó.

La empresa ahora pertenecía a Willie y Anna.

Durante unos segundos, nadie habló.

Willie frunció el ceño, atónito, incapaz de asimilar de inmediato el peso de aquellas palabras. Era socio, sí, pero aquella empresa era el legado de la familia West. Era historia. Era sangre. Era todo lo que Thomas había llevado a cuestas desde joven.

Anna se llevó una mano a la boca, con los ojos muy abiertos, sin saber qué decir.

—Confiaba de verdad en vosotros dos —dijo Candice en voz baja.

Willie bajó la cabeza.

No se sentía como una herencia.

Se sentía como una despedida para la que no estaba preparado.

Candice continuó.

La mansión y su participación en el club habían pasado íntegramente a Petra e Illir —ahora, a la familia de Illir.

Petra parpadeó varias veces, sin entender al principio.

Miró a su alrededor, las paredes de la sala, los muebles, la casa que tantas veces le había parecido solo un punto estratégico de trabajo. De repente, cada rincón de aquel lugar cobró un nuevo significado.

El valor económico era enorme, pero no era eso lo que la conmovía.

Era gratitud.

Era Thomas diciéndoles, sin estar allí, que habían sido más que soldados en su guerra.

Habían sido familia.