Capítulo 25
En el dormitorio, Mia se despertó con los primeros rayos de sol. Abrió los ojos lentamente y vio a Thomas aparentemente dormido a su lado.
Lo observó un momento y susurró:
—Ojalá pudiera entenderte…
Y lo peor era saber que cuanto más intentaba comprenderlo, más atrapada se sentía.
En silencio, se levantó y se puso la ropa, todavía húmeda por la tormenta de esa madrugada.
Cuando estuvo lista para irse, miró a Thomas una vez más. Por un momento, casi volvió a la cama. Casi se permitió olvidarlo todo. Pero el dolor seguía ahí, demasiado intenso para ignorarlo.
Así que se fue.
Bajó las escaleras con calma, cruzó la sala en silencio y se detuvo ante la puerta entreabierta del despacho, contemplando los cuadros que tanto amaba.
Ahí estaban, uno al lado del otro.
Entonces recordó algo que Thomas había dicho una vez: «la esencia de un lienzo solo se revela en presencia del otro».
—No solo los lienzos… —murmuró para sí.
Respiró hondo, siguió adelante, salió de la casa y subió al coche de Nicky para volver al apartamento.
Thomas la vio salir del dormitorio. En cuanto la puerta se cerró, abrió los ojos.
Sabía que después de esa noche, Mia se iría.
Y no podía impedírselo.
Se puso una bata, abrió los visillos y deslizó la puerta de cristal.
En el balcón, un cómodo sofá de dos plazas ofrecía calidez, con una hermosa vista del jardín.
Una calidez que ya no encontraba en ningún rincón de aquella casa.
Todo era majestuoso y, al mismo tiempo, vacío y solitario.
Antes, Thomas había apreciado aquella tranquilidad. Ahora solo hacía más evidente la ausencia de Mia.
Cuando se dio la vuelta para irse, oyó sonar el teléfono junto a la cama.
Sonrió al ver quién llamaba y contestó.
—Vaya, qué agradable sorpresa —dijo Thomas.
—Si Mahoma no va a la montaña… —bromeó Candice.
—Me alegra oír tu voz… Iba a llamarte.
—Ya, claro —respondió Candice, sin creerle.
—Es verdad —se rio y se sentó en la cama—. Tengo que hablar de algo contigo, pero necesito que quede entre nosotros por ahora.
—Voy a servirme un café, porque me da que esta historia va para largo…
Candice no se equivocaba.
La conversación se alargó bastante.
∞∞∞
Prácticamente obligada, Mia aceptó tomar un café con Nicole en una cafetería cerca del apartamento.
—Estaba preocupada, pero sabía dónde estarías —dijo Nicky.
—¿Entiendes por qué necesito irme? —Mia sentía que estar tan cerca haría imposible cualquier distancia.
—Es huir, y lo sabes.
—Lo sé, pero es lo único que me queda… —dijo Mia mientras bebía el café.
—¿Hablasteis? —preguntó Nicky.
Cuando vio la expresión de Mia, entendió que sus labios habían estado demasiado ocupados para hablar.
—Ah… Ya veo… —dijo entre risas.
—De todos modos, habría sido un monólogo, porque él no habría dicho nada… —comentó Mia. Notó algo extraño en su amiga—. ¿Estás… nerviosa?
—¡No! ¿Por qué lo dices?
—No sé… te noto rara —observó Mia.
—¡Maldita sea! Llevas haciendo esto desde el día que nos conocimos… No puedo ocultarte nada.
—Suéltalo —exigió Mia, clavándole la mirada.
—Vas a matarme… —Nicky ya parecía asustada.
—Dios mío… ¿Qué ha pasado? —dijo Mia, echándose hacia atrás en la silla.
—He-estado-viéndome-con-Petra —soltó Nicky de golpe.
—¡¿Qué?! —Mia abrió los ojos como platos—. ¿Estáis… juntas?
—Más o menos… Ya puedes matarme.
Mia se lo pensó un momento antes de responder:
—Nicky, he pasado la noche en la cama con Thomas… ¿de verdad crees que estoy en posición de juzgarte?
—¡Estamos metidas en un lío!
—Ni que lo digas… —dijo Mia, y se volvió hacia Nicky—. ¿Te gusta?
—No sé cómo explicarlo… pero me gusta estar con ella —admitió.
—Ya he visto esta película… ¡Estamos metidas en un buen lío!
—Mia… —la llamó Nicky para captar su atención—. Petra dice que Thomas no es un criminal ni nada por el estilo…
—Entonces, ¿por qué no me lo dijo él mismo? Se lo pregunté y no lo negó —Mia sonaba decepcionada.
—¿Sabes qué? Esta noche vamos a beber para olvidar. Primero, para olvidar que es tu última noche aquí. Segundo, que estamos metidas en un lío emocional de los gordos —dijo Nicky, juguetona como siempre.
—No te imaginas cuánto quiero olvidar.
—¡Pues eso es lo que haremos! Y solo para fastidiarle, ¡vamos al club de su competidor!
Nicky levantó la taza y las dos brindaron con café.
Mia se echó a reír.
Thomas necesitaba salir de casa. Así que decidió adelantar algunas reuniones en la empresa.
Quería algo que hiciera pasar el día más rápido.
En la tercera reunión, sentados alrededor de una mesa ovalada, él, Willie, Anna y un abogado discutían algunos cambios.
Thomas miraba al abogado mientras este explicaba los detalles del acuerdo.
Y el hombre hablaba demasiado.
Cuando por fin terminó, Willie se volvió hacia Thomas.
—¿Qué opinas?
La pregunta de Willie lo despertó y lo devolvió a la reunión.
—Hum... necesito analizarlo más detenidamente —respondió Thomas, que no había escuchado casi nada de lo que el abogado había dicho.
Willie se dio cuenta y se encargó de despedir al hombre.
—No escuchaste ni una palabra de lo que dijo, ¿verdad? —le preguntó Anna a Thomas después de que el abogado se marchara.
—Sí lo escuché... cuando dijo «hasta pronto» —respondió Thomas.
Willie y Anna se rieron, negando con la cabeza.
—Antes, cuando salías de una reunión, conocías hasta las comas de lo que se había dicho —le recordó Willie.
—En mi defensa, ese abogado es un pesado, y no hay quien se concentre con eso —contraatacó Thomas.
—¡Tiene razón! El hombre divaga demasiado —admitió Anna, volviéndose hacia Thomas—. Tienes ojeras... ni el maquillaje podría ocultarlas.
Thomas se limitó a lanzarle una mirada de hastío y se levantó para irse.
—Después de eso... será mejor que me vaya —dijo con una leve sonrisa.
—¿Viajas? —preguntó Willie.
—No... —hizo una pausa—. Tengo que ocuparme de algunas cosas...
—¿Qué tal si cenas con nosotros esta noche? —invitó Anna mientras él se iba.
—Otro día... lo prometo —dijo Thomas, guiñándoles un ojo y lanzándoles un beso antes de irse.
Cuando se fue, Anna comentó:
—No está bien.
—¿Y crees que no lo sé? —Willie lo sabía de sobra.
—Hoy es el cumpleaños de Mia. Ni siquiera envié flores de nuestra parte, porque seguramente quiere mantenerse alejada de todos nosotros —recordó Anna.
—Esto se ha complicado mucho.
—Sabes que todo esto es una locura, ¿verdad? —Anna estaba muy preocupada por lo que había descubierto.
—Lo sé... Y si logras meterle eso en la cabeza, tendrás mi eterna gratitud.
Anna se levantó, se abrochó el blazer y se dirigió hacia la puerta.
—Tal vez si me lo hubieras contado todo hace años, habría podido convencerlo —le espetó, abriendo la puerta—. ¡Y todavía no he olvidado que me ocultaste esto, señor Willian!
Se lo dijo a su marido y se marchó.
De camino a casa, Thomas y Petra conversaban.
—¿Podrías encargarte de cancelar el viaje que iba a hacer hoy? —preguntó Thomas.
—¿El que ibas a hacer con Mia? —preguntó Petra.
Él se limitó a asentir.
—Por supuesto. Yo me encargo.
Thomas había planeado llevar a Mia a ver la escultura de Camille Claudel que habían admirado juntos en la galería y que ahora estaba en París.
—Ah... y cancela también las reservas —añadió Thomas.
—¿Ella sabía lo del viaje? —Petra no pudo evitar preguntar.
—No —respondió él, tajante, volviendo la mirada hacia la ventana.
Al pasar frente a un restaurante, Thomas reparó en unos hombres que hablaban en la entrada.
—Petra, para más adelante —pidió.
Ella obedeció.
Thomas observaba por el espejo retrovisor mientras Petra intentaba entender qué pasaba.
—¿Qué pasa?
—¿Ves a ese hombre canoso con traje gris? —preguntó Thomas, sin dejar de observar.
—Parece... —Petra no tuvo tiempo de terminar.
—El senador Marshall —se adelantó Thomas—. Solía venir a mi casa. Si no recuerdo mal, mi padre hizo donaciones importantes a su campaña cuando aún era congresista.
—Estará en Londres por trabajo...
—La pregunta es: ¿qué hace con un hombre cercano al checo? —dijo Thomas.
Petra estaba muy sorprendida por aquella conexión.
—El de negro no se separó de Malek en toda la fiesta.
—¿Estás seguro de que es él? —preguntó Petra.
—Completamente —dijo Thomas.
La presencia del senador allí no era coincidencia. Thomas lo intuyó antes incluso de articular el pensamiento. Algunas piezas empezaban a moverse fuera del tablero que conocía.
—Será mejor que nos vayamos —dijo—. No quiero que nos vean.
Se marcharon, pero aquel tema se convirtió en el centro de una larga conversación.
Durante el resto del día, Thomas se concentró en eso. Necesitaba centrarse en lo que se avecinaba, y la inquietud de su vida personal le estaba robando la concentración y, más importante aún, la razón.
Mientras él se sumergía en el trabajo hasta bien entrada la noche, Mia renunció a la supuesta noche de copas en el club.
—Mira... me pasé todo el día durmiendo... ¿Cómo se supone que voy a tener energía para salir? —Mia intentó explicarse ante Nicky y Jake, que la miraban con las expresiones más aburridas imaginables.
Realmente había pasado la mayor parte del día durmiendo, salvo por las llamadas que había tenido que atender.
—¿Has terminado...? —preguntó Nicky, de pie en medio del salón, ya lista para salir.
—Sí... ¿has terminado? —preguntó Jake también, con los brazos cruzados.
Mia suspiró y se rindió.
—Vale... dadme media hora...
Todavía en pijama, se dirigió por el pasillo.
Ellos asintieron y esperaron.
Cuando finalmente llegaron a la discoteca, otros amigos los estaban esperando y saludaron a Mia calurosamente.
Uno de ellos se acercó con una copa en la mano. Después de saludarlo, sin previo aviso, Mia le quitó la copa y se la bebió de un trago, sin dudarlo.
—¡Woo-hoooo! —vitorearon sus amigos.
—¿Tienes otra? —preguntó ella, haciendo reír a todos.
En la pista de baile, las luces del club dibujaban una coreografía animada al ritmo de la música. Todos se lanzaron a bailar y divertirse.
Nicky arrastró a Mia al centro de la pista, y allí fueron, bailando y saltando, ya mostrando los primeros efectos de las copas que habían tomado.