Capítulo 8
Todavía en el salón del apartamento de Nicky, ninguno de los dos parecía capaz de poner fin a aquel beso.
—No puedo dejar de besarte…
El susurro de Thomas, con los labios aún pegados a los de Mia, fue música para sus oídos.
—Entonces no pares…
—susurró Mia, atrayéndolo hacia ella por la nuca una vez más.
Mantener sus cuerpos completamente unidos no les costó ningún esfuerzo. Con los brazos rodeándole la cintura, Thomas la estrechó con fuerza, sin dejar ni un milímetro de espacio entre ellos.
De repente, sonó el timbre.
Sobresaltados, se separaron, intentando entender qué pasaba. Con la respiración agitada y los cuerpos aún en llamas, les costaba pensar con claridad.
—El timbre —dijo Mia, y Thomas se limitó a asentir.
Aunque estaba en el salón, a solo unos metros de la puerta, tardó unos segundos en recordar hacia dónde tenía que ir.
Se acercó a la puerta, miró por la mirilla, puso la mano en el pomo y abrió.
—Hola, Mia. Olvidé mi llave —dijo el novio de Nicky.
—No hay problema… ¡pasa!
Se hizo a un lado para dejarlo entrar.
Cuando entró, se sorprendió al ver a Thomas de pie cerca del balcón.
—Hola… ¡buenas noches!
—lo saludó con educación.
—Hola… —respondió Thomas.
—Ah… Josh, este es Thomas…
Mia los presentó, incapaz de completar la frase con «un amigo».
Los saludos continuaron hasta que Josh se dirigió por el pasillo hacia el dormitorio, donde estaba Nicky.
Un extraño silencio llenó la habitación.
—Bueno… —dijo Thomas—. Debería irme…
Todavía cerca de la puerta de entrada, Mia no dijo nada, pero asintió.
Thomas se detuvo frente a ella, y hubo un intercambio de miradas que, aunque silencioso, resultó casi tangible.
—Nos vemos… —dijo Mia, abriendo la puerta.
Thomas se iba, pero se volvió y preguntó:
—¿Todavía te interesa esa recepción?
—Por supuesto. Al fin y al cabo, eso fue lo que acordamos —respondió con tono irónico.
Thomas se rio ante su respuesta.
—Mañana, a las ocho de la tarde, estate lista —dijo, marchándose.
—¿Es mañana? —preguntó abriendo mucho los ojos.
—Sí… —respondió Thomas mientras bajaba las escaleras—. Y no te preocupes. Al fin y al cabo, solo vas porque lo acordamos.
Continuó bajando los escalones.
Mia sonrió, negando con la cabeza.
Cuando cerró la puerta, se llevó las manos a los labios, con la cabeza hecha un lío.
Al salir del edificio, Illir, el albanés, le abrió la puerta trasera del coche a West, ya que esa noche viajaba en el mismo vehículo que su equipo de seguridad.
—Gracias, Illir —dijo, subiendo al vehículo.
—¿Todo bien? —preguntó Petra desde el asiento del conductor.
—Sí.
La respuesta fue breve.
Los tres se marcharon en el Range Rover negro, y durante el trayecto, Thomas sonrió al recordar lo que había sucedido en aquel apartamento.
Aquel gesto inusual no pasó desapercibido para Petra, que captó la expresión en el retrovisor.
A la mañana siguiente, Nicky acompañó a su novio a la puerta y vio a Mia tirada en el sofá, dormida.
—Chica, ¿por qué no te fuiste a la cama? —preguntó Nicky mientras se tiraba en el sofá más pequeño.
Mia abrió los ojos con dificultad y se removió en el sitio.
—Me quedé frita. ¿Dónde está Josh?
Su tono somnoliento y su cara arrugada dejaban claro que no había dormido demasiado bien.
—Acaba de irse. Ayer, cuando entró en el dormitorio, se quedó de piedra al ver a Thomas West aquí —dijo Nicole.
—¿Lo conocía?
—Lo hemos visto unas cuantas veces en el club y en la galería. Sabe quién es y me hizo mil preguntas —dijo, riéndose.
—¿Y tú? —Mia quería saber más.
—Lo esquivé, porque ni siquiera yo sé qué está pasando —dijo Nicole con expresión genuinamente divertida.
Con los ojos entrecerrados, Mia ya se estaba riendo.
—¡Ni empieces! —dijo, hundiendo la cara en un cojín.
—¡Habla, avestruz! Quiero saberlo todo, y más te vale darme detalles.
Nicky cruzó las piernas en el sofá y esperó.
—Vale… —dijo Mia, sentándose con las piernas estiradas—. Lo besé —lo soltó de golpe—. Dos veces.
—¿Tú diste el primer paso dos veces? —preguntó Nicole, y Mia lo confirmó—. ¡Joder! —Se rio.
Mia le contó todo lo que había sucedido entre ellos, y su amiga escuchó atentamente.
—Era bastante obvio que algo estaba pasando, Mia.
—Miro a ese hombre y siento algo que ni siquiera sé cómo nombrar.
No podía definirlo.
—¿Atracción? ¿Deseo? ¿Lujuria? —preguntó Nicky, sonriendo.
—Todo eso mezclado —admitió—. Pasó tan rápido, y no suelo actuar sin pensar… pero sus ojos me desarman, y el beso… ahh…
Nicky se rio de su expresión.
—Ese hombre es puro encanto —bromeó Nicky.
Mia se rio y luego miró a su amiga con seriedad.
—Tiene todas las papeletas para salir mal… Lo sé.
—¿Quién lo dice? —preguntó su amiga, sin recibir respuesta.
—Mujeriego, millonario, condenadamente guapo… —dijo Mia.
—Tienes miedo —concluyó Nicky.
—¡Aterrada! —admitió.
De pronto, Mia recordó la recepción a la que iban.
—Dios mío… ¡y todavía tengo una fiesta a la que ir con él esta noche!
Se llevó las manos a la cara, desesperada solo de pensarlo.
—No tengo ni idea de qué ponerme.
—Cariño, una fiesta con Thomas West requiere… ¡IR DE COMPRAS! —celebró Nicky, levantándose de un salto.
—A juzgar por tu entusiasmo, ya sé que estoy muy jodida —concluyó Mia, y no se equivocaba.
—¡Vamos a prepararnos para un día de chicas! —dijo, pero se detuvo al recordar a alguien—. Bueno, casi un día de chicas, ¡porque vamos a llamar a Jake! —gritó, corriendo a telefonear a su amigo.
Mia se rio de la euforia de Nicole.
—Dios, ayúdame… —murmuró antes de dirigirse al dormitorio.
Al final, Jake se unió a ellas en el centro comercial, y la mañana resultó muy divertida. Solo pararon para almorzar.
—Vosotras dos tenéis que comprarme el plato más caro de la carta. Soy un excelente porteador de bolsas —les informó Jake, mirando la carta en un restaurante.
—¡Te lo has ganado! —dijo Mia—. Me has ayudado a elegir mucho más que Nicky.
—¡Por supuesto! Su familia trabaja en moda —replicó Nicole.
—Qué va. Soy británico, y tenemos buen gusto —añadió Jake.
—Y una modestia que me conmueve profundamente —bromeó Mia.
Hicieron sus pedidos, y él efectivamente pidió el plato más caro, pero no dejó de interrogar a Mia sobre cierto empresario.
—¿Quién te lo ha dicho? —Mia estaba muy sorprendida, pero obviamente había sido su prima.
—¡Entonces es verdad! —exclamó Jake, volviéndose hacia ella—. ¿Es él con quien vas a salir esta noche?
—¿No tenemos ningún otro chisme del que hablar? —Estaba claro que intentaba desviar la atención de Thomas.
—Ahora entiendo por qué apenas me saludó aquel día —recordó, riendo.
—¿Estaba celoso de vosotros dos? —Nicky se sumó a la conversación.
—¡No! —se apresuró a negar Mia.
—¡Sí! ¡El tipo quería aniquilarme! —dijo Jake, riendo.
—A ver… —dijo Mia, probando la bebida que acababan de servirle, manteniendo la atención de ambos—. ¡Este zumo está delicioso! —Riendo, esquivó las preguntas.
Al final, también se rieron, y fue, sin duda, un día agradable.
Al caer la noche, los planes sufrieron algunos cambios.
Petra llamó a Willian.
—Siento molestarte, pero creo que será mejor que vengas —dijo por teléfono.
—¿Qué ha pasado? —Willie se alarmó.
—Ha habido un problema y está incontrolable en el despacho —explicó Petra con voz angustiada.
—De acuerdo, voy para allá.
Cuando colgó, la preocupación de Willie era evidente, y su esposa lo notó.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Anna, la hermosa escocesa.
Ambos estaban impresionantes, ya que iban a tener una cena especial.
—Tengo que ir a casa de Thomas, y puede que tarde un rato —explicó Willie, cogiendo las llaves del coche—. Quizá tengamos que posponer la cena. Por favor, no te enfades.
La verdad era que Willie se estaba disculpando por tener que cancelar su propia fiesta de cumpleaños, aunque Anna le había dicho que solo iban a salir a cenar esa noche.
—La familia es lo primero —respondió Anna—. ¿Quieres que vaya?
—Me vendría bien. A ti te escucha.
—¡Pues vamos! —dijo Anna, abriendo la puerta, y los dos salieron a toda prisa.
La preocupación de Willie estaba justificada. La presión a la que Thomas estaba sometido le inquietaba enormemente.
Como vivían en el mismo barrio, no tardaron en llegar a la mansión.
Entraron rápidamente por el salón y Petra los recibió.
—¿Dónde está? —preguntó Willie nada más ver a Petra.
—En la terraza —dijo ella, acompañándolos hasta allí.
Sin embargo, cuando se abrieron las puertas que daban a la terraza y los jardines, Willie bajó la cabeza, sonriendo, al ver a Thomas y a un buen número de personas esperándolo.
Anna, que estaba justo detrás de él, lo envolvió en un largo abrazo.
—¡Feliz cumpleaños! —dijo Anna, besando a Willie y susurrándole algo al oído.
Willie se emocionó con el abrazo y las palabras de su esposa.
—¡Me habéis pillado! —admitió Willie, porque de todos los lugares, nunca habría imaginado su fiesta allí.
El anfitrión, Thomas, era muy discreto y rara vez organizaba eventos en su casa.
Willie se acercó a él y lo abrazó.
Thomas lo felicitó y añadió:
—Gracias por venir siempre… —Se refería a que Willie, aun sabiendo lo de la fiesta, lo había puesto a él por delante.
Willie sonrió.
Solo entonces fue a saludar a los demás invitados, con Anna a su lado.
Mientras tanto, Petra le susurró algo a Thomas al oído. Él se marchó hacia la puerta principal de la casa.
El coche que conducía Illir se detuvo con la invitada del dueño de la casa. Illir rodeó el vehículo, abrió la puerta y le tendió la mano a Mia para ayudarla a bajar.
Estaba simplemente deslumbrante.
Llevaba un vestido rojo elegante y sensual que resaltaba aún más sobre su piel clara. Su cabello rubio, impecablemente peinado hacia un lado, completaba la combinación perfecta.
De pie en el umbral, Thomas la miró sin poder disimular el efecto que le causaba. La rigidez habitual de sus rasgos se suavizó lo justo para que Mia lo notara.
Mia solo pudo devolverle la mirada con la misma intensidad mientras lo recorría de arriba abajo. Aquel hombre era tan sensual como siempre, con un traje de corte impecable.
Aquella noche prometía, sin duda.