CAPÍTULO 30
El amo de su destino
Tomas caminó durante unos minutos entre árboles frondosos, hasta que por fin divisó el recinto de Gravenheim: un lugar palaciego que parecía escapado del tiempo —inalterable, magnánimo, con acabados de mármol y detalles en un metal que bien podría ser oro puro—.
Las enormes puertas, de madera rígida y pesada, estaban cerradas, aunque no selladas.
Desenfundó el revólver para mantener la guardia en alto y, con un empujón firme, abrió las puertas de par en par. Avanzó con pasos medidos por el interior de la enorme casona, alfombrada hasta el último rincón y decorada con pinturas que, a simple vista, debían de valer una fortuna.
No quería ser detectado con facilidad; no sabía qué, o quién, podría delatar su presencia.
De pronto, escuchó un sonido musical proveniente de una puerta de color carmesí, distinta de todas las demás.
La abrió con cautela y descubrió un gran salón rectangular, con ventanales colosales a la izquierda que se iluminaban, de tanto en tanto, con los relámpagos de la tormenta que ya comenzaba a desatarse.
Al fondo había un órgano enorme y finamente enjoyado y, frente a él, un gran asiento de espaldas a la puerta.
Artur Gravenheim estaba allí, dando vida a las notas musicales.
De pronto, se detuvo y comenzó a recitar:
"En la noche que me envuelve,
negra como un pozo insondable,
doy gracias a los dioses que puedan existir,
por mi alma inconquistable.
En las garras de las circunstancias,
no he gemido, ni he llorado.
Bajo los golpes del destino,
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.
Más allá de este lugar de ira y llanto,
acecha la oscuridad, con su horror,
y aun así, la amenaza de los años me halla,
y me hallará, sin temor.
No importa cuán estrecho sea el camino,
ni cuántos castigos lleve a mi espalda:
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma."
Terminó el poema y dejó escapar un par de notas más en el órgano.
—¿Acaso no es una genialidad este escrito, señor Barnoc? —preguntó, sin girarse para mirarlo.
Tomas se sintió intimidado. No entendía cómo había logrado reconocerlo sin siquiera voltear.
—¿Cómo supo que era yo? —preguntó.
—Las sombras siempre están adelante o atrás. Nunca encima… Wildrem desapareció hace unos días. Elsa Qinx debe estar llegando, ahora mismo, al quinto círculo del infierno. Eso lo deja a usted como el único candidato para venir a visitarme. Supongo que este momento era, sencillamente, inevitable.
Tomas meditó un instante aquellas palabras. Quedaba claro que Gravenheim no sabía nada de la desaparición de Elsa Qinx, y mucho menos de que él había frustrado su intento de suicidio.
—Hizo bien en no dudar de que este día llegaría. La justicia divina puede tardar, pero siempre llega. No importa cuánto se oculte: no hay rincón que pueda evitarla. Es el final del camino, Lord Artur.
—¿Y quién le dijo a usted que yo me ocultaba? —preguntó, girándose por fin para mirarlo a los ojos.
Sus pupilas oscuras y penetrantes, junto con el cabello ceniciento, hacían juego con el esmoquin de alta costura que llevaba puesto. Unos guantes negros cubrían sus manos y una barba perfectamente recortada enmarcaba su rostro.
—Siempre actuó tras bambalinas. Si eso no es ocultarse, no sé cómo podría llamarse.
—Ahí está su gran error, señor Barnoc. Yo siempre estuve presente, observando el curso de las cosas, contemplando los tropiezos de la gente y sus acciones, disfrutando de este drama que llamamos vida… La única diferencia es que la cara visible era la de otro hombre.
—No entiendo absolutamente nada de lo que me dice.
—Si llegó hasta aquí, ya debe conocer buena parte de la historia del imperio que construimos los señores de Revenbrock, sin mencionar cómo sus herederos se fueron despedazando entre sí. Y debo decir que usted fue un catalizador excelente en todo esto.
—En mi opinión, usted simplemente dio la orden de asesinar a Astor Wildrem, sin ensuciarse las manos, porque descubrió un secreto que guardaba con recelo y quería deshacerse de su enemigo.
—De antemano quiero decirle algo: tener un enemigo no es una maldición. Es, quizás, la mayor de las fortunas, porque un sabio aprende más de sus enemigos que un necio de sus amigos… Y, por cierto: ¿sabe cuál es mi secreto?
—En realidad, lo desconozco.
—Permítame sacarlo de su ignorancia, inspector.
Astor Wildrem descubrió que padezco una enfermedad que, tarde o temprano, me llevará a la tumba, y no podía permitir que ese miserable ocupara mi lugar; mucho menos sabiendo que mi propio hijo decidió no asumir mi puesto en mi ausencia y prefirió tomar su propio camino.
—Pero los demás herederos seguirían ahí para reclamar lo suyo…
—Por eso mismo se me ocurrió persuadir la mente de cada uno, de maneras distintas, para que se destruyeran entre sí.
Me deleité viendo cómo transcurría todo: cada suceso impactaba en la vida de los habitantes de este pueblo y sacaba a relucir lo peor de cada uno, instante tras instante.
Siempre un giro más interesante que el anterior.
» A Winsor lo convencí de que su mejor jugada era tomar la alcaldía y que debía hacer lo necesario para lograrlo.
A Elsa Qinx le sugerí que era imprescindible apartar a Astor Wildrem, o él terminaría por pisotearla en cuanto tuviera oportunidad.
Y cuando Charles Wildrem se convirtió en alcalde, lo atormenté día y noche hasta que tomara decisiones erráticas.
» El resultado, ya lo ve usted mismo, es más que evidente.
Los rayos partían el cielo en dos y rugían con furia, iluminando el salón de una manera aterradora.
—Señor Gravenheim: tantas vidas rotas, tanto dolor, tanto daño… ¿Sólo por entretenimiento?
—No podría definirlo mejor. Convertí a Revenbrock en mi propio teatro; una obra maestra, digna del más grande dramaturgo que haya existido. Y no piense que estoy desquiciado, porque le pregunto algo, señor Barnoc: ¿qué haría usted si tuviera sus días contados?
—¡Cualquier cosa! Cualquier cosa sería mejor que hacer correr ríos de sangre y regodearme en la miseria ajena —replicó Tomas, con furia genuina.
—Escuche, Tomas: la fascinación que sentí destruyendo el hedonismo de Astor Wildrem no tiene precio. Verlo tropezar una y otra vez con su propia egolatría; que mi sentencia terminara siendo también su debacle… fue una verdadera obra de arte.
» Fue fascinante ver cómo maquinaban los demás herederos, buscando soluciones tan complejas como poco sensatas. Debo reconocer que hubo sorpresas: su llegada, y la de su amigo, no las pude anticipar, pero le dieron un giro fascinante a todo este proyecto…
»¿Y qué me dice de Artemius Hildegan? Brillante. Su vida entera fue una obra teatral, de principio a fin. Merecería tener su propia estatua.
—Es usted un demente. Deme una buena razón para no volarle la cabeza en este mismo instante —dijo Tomas, apretando con fuerza su revólver.
—Algún día entenderá la magnificencia de lo que logré crear, porque jugar con la vida de los demás cuando ya no puedes hacer nada por la tuya es la ironía más grande que pueda existir.
» Además, lo que usted ve hoy como una crueldad absoluta fue, en realidad, el mayor acto de benevolencia que pueda imaginarse. Estoy convencido de que nadie habría podido gobernar los destinos de este lugar como yo lo hice durante mi larga estadía en este mundo.
» Por eso, eliminar a quienes se creían con ínfulas de grandeza, pero que en el fondo eran unos tiranos, permitirá que los más humildes se liberen de su yugo. Y quienes, por desgracia, perecieron en el proceso son los mártires que forjaron un nuevo mañana.
—¿Entonces debo considerarlo un redentor? —dijo Tomas, sumamente indignado.
—En términos prácticos, podría serlo. Aunque, en realidad, no me interesan los adornos.
—No, señor. Su verdadero arquetipo es, simplemente, ver el mundo arder. Pretendió ser un salvador y terminó convertido en un monstruo.
—Y yo le pregunto, inspector: a estas alturas, ¿cuál es la diferencia?
Tomas lo miró con verdadera frialdad. Respiró hondo, tratando de contener la ira para no cometer una locura.
—¿Qué me dice de Roxana Petkovic? Ella también jugó un papel importante; usted la manipuló a su antojo.
—Se equivoca otra vez, señor Barnoc. Roxana era una mujer consumida por el odio y sedienta de venganza.
La pobre chica creció en un ambiente hostil y su suerte no mejoró cuando la contrataron los Wildrem.
Era evidente que buscaba revancha; yo simplemente le mostré un camino para saciar ese deseo.
Y debo decir que cumplió mejor de lo que yo mismo esperaba.
—Quisiera entender por qué me cuenta todo esto con tanta desinhibición y tan poca alma.
—Porque usted no puede hacerme nada, inspector Barnoc.
Como debe saber, la ley me protege: ya tengo la edad suficiente como para evitar la prisión, sin mencionar mi cuadro clínico.
Y a quienes pudieran querer vengarse ya los tiene usted mismo bajo arresto.
Nadie más conoce la ubicación de mi hogar.
Así que simplemente le digo todo esto para que pueda completar su informe.
El desdén de Artur hacia los demás no conocía límites; superaba todo lo que Tomas había presenciado hasta ese momento.
De pronto, Gravenheim se levantó de su asiento y sirvió una copa de vino para Tomas, sin siquiera preguntarle.
—Este es el último gesto que pienso ofrecerle: una copa de vino, conmigo. Después, espero que se marche; me molesta tener extraños en mi casa.
Artur alzó su copa, mirando fijamente a Tomas. Bebió un poco, la dejó sobre la mesa y le dio la espalda.
—De verdad, es usted lo peor que he conocido. Y créame: he conocido mucho…
Tomas metió la mano en su bolsillo y sintió el objeto que llevaba guardado.
Fue entonces cuando nació, en su mente, una idea macabra: una sensación de venganza como jamás había sentido antes.
No hubo espacio para la duda.
Simplemente, actuó.
—Lord Gravenheim: si existe algo de arrepentimiento en usted, quisiera saberlo. Así, al menos, podré irme con la tranquilidad de que su alma no está del todo perdida. Le pido que piense muy bien cada palabra que va a decirme.
—¿Arrepentimiento? Conozco el significado de la palabra, pero no lo que se siente… ¿Cómo podría sentirme mal? Cumplí cada objetivo que me propuse en la vida.
Gravenheim empezó a reír con malevolencia: un sonido estridente que solo contrastaba con el retumbar de los truenos, en medio de la lluvia intensa que ya caía.
Para humedecer la garganta, Artur bebió el resto de su copa, casi por completo.
Tomas lo miró fijamente, sin parpadear.
—Que así sea, entonces. Que estos últimos minutos que le queden lo hagan meditar sobre los horrores que engendró.
Tomas se dio la vuelta y quebró contra el piso el frasco que llevaba en la mano: el vial que había contenido el veneno, ahora vacío.
Había utilizado aquella letal ponzoña.
Un acto que marcaría su destino para siempre y que demostraría, una vez más, cómo la justicia más noble puede terminar contrastada por una venganza inevitable.