SOLOS LOS DOS #4
—Oye, oye —le dijo, sentándose en el hueco que quedaba junto a su cintura y remetiendo unos mechones por detrás de las orejas.
—Ya tengo veintisiete años.
—Solo tienes veintisiete años. Cuatro años no son nada desde una perspectiva global. Piensa en cuánta gente conocemos que ha triunfado después. Eso es lo bueno de ser actor, no es como ser deportista, podemos hacer esto hasta los noventa años.
—¡Ay, Dios! Si ya me siento como una vieja —dijo entre risas, y se tapó los ojos llorosos—. ¿Cuántas audiciones he hecho? ¿Cuántos capítulos piloto? Sigo viendo a los mismos directores de casting, a los mismos directores y productores, todos me conocen, he dejado de ser una cara nueva.
Vivir en Los Ángeles les encantaba, pero llevaban cuatro años y últimamente hablaban a veces de marcharse.
Aunque intentaban hacerse un hueco en el sistema, no podían evitar sentirse por encima de él, y empezaban a estar hartos de las concesiones, de ser forzados a sobreactuar en lugar de actuar.
Además echaban de menos el frescor del otoño y las primeras escarchas del invierno.
—Vámonos a Nueva York —le dijo.
Ella le miró, y él se entusiasmó de repente:
—¡Sí, vámonos a Nueva York! Piénsalo, allí nadie nos conoce, podemos volver a empezar desde cero.
Además, lo nuestro es el escenario, no esta mierda de estudios, aunque sigamos intentándolo de todas formas.
—Parte de él no estaba aún preparado para irse.
Pese a la crueldad de Los Ángeles seguía teniendo fe, pero temía romper algo si seguía aplicando presión.
—¿Qué te parece? —Le agarró los hombros.
Ella empezó a llorar, y acto seguido se secó las mejillas con el dorso de las manos.
Leonard no sabía si estaba enfadada con él por no permitir que se rindiera, si le daba pena irse de Los Ángeles —abandonar los sueños que habían tejido y la vida que habían construido— o si lloraba de alegría por marcharse al fin, dejar aquello y empezar de nuevo. O si sería por todo a la vez.
Su primer apartamento en Nueva York, largo y angosto como un vagón de tren, estaba en el Lower East Side, entre el puente de Manhattan y el de Williamsburg.
Se entraba por el salón, a un lado estaba el dormitorio con las dos únicas ventanas que había, y al otro lado la pequeña cocina y un cuarto de baño estrecho.
Se habían deshecho de la mayoría de las cosas repartiéndolas entre los amigos o dejándolas en la calle, dado que tampoco tenían nada de mucho valor.
Habían vendido los coches y cruzaron el país en uno alquilado, conduciendo por turnos mientras el otro dormía para ahorrarse el hotel, para llegar cuanto antes y seguir con su vida.
Cuando devolvieron el coche, la mujer de la agencia los miró asombrada, preguntándose cómo habían logrado romper las leyes del espacio-tiempo.
Ese primer día siguieron el ritmo de la salsa que se oía en la calle y descubrieron El Sombrero, donde volverían en muchas ocasiones por la sopa de frijoles y las sopaipas.
Luego siguieron andando y llegaron hasta Orchard Street.
Era domingo y había un mercadillo: la calle estaba totalmente ocupada por expositores y mesas con lencería, bolsos, sombreros y zapatos.
Olía tanto a cuero nuevo que Emily se sintió transportada a la infancia y al circuito de mercadillos que había seguido con su madre.
Entonces no podían sospechar que el Lower East Side pronto se convertiría en otra cosa, y que tendrían que mudarse en menos de tres años desahuciados por la cultura hípster y la subida del alquiler.
Pero ese primer día, mientras curioseaban en las tiendas de artículos judíos y los puestos con barriles de pepinillos, tenían la sensación de haber seguido el camino de los antiguos emigrantes: alemanes, italianos, irlandeses, judíos y chinos.
Esa noche, después de estrenar el apartamento sobre un colchón de aire, fueron hasta Chinatown para cenar unos tallarines a medianoche.
Habían llegado a la meta, a la meca del teatro, y eran imparables.
Por la mañana, después de la tercera función de Lear, Leonard cogió la línea 1 del metro hasta la calle 34, donde entró en Penn Station.
Mientras zigzagueaba entre la gente vio a Derek, que también iba cargado con una bolsa de deporte.
Derek había hecho de Puck en El sueño de una noche de verano la segunda temporada de la compañía, y eran amigos desde entonces.
—Otro curso, tío —dijo Derek, que le ofreció un puño para chocar.
Era la primera función que hacían en un colegio ese año, uno de los recursos que tenía Leonard para ir tirando. Solo sacaba un par de cientos de dólares cada vez, pero el verano había sido flojo y Emily se había ido. Todo ayudaba. Ese día iban al Colegio Público 82, que estaba en Queens.
—No te he visto en el teatro —dijo Leonard cuando subieron al tren de Long Island.
—Ya, lo siento, tío. He estado liado con la Legión este fin de semana.
Derek era miembro de un grupo de fans de La guerra de las galaxias que asistían a todo tipo de eventos disfrazados de personajes de la película. Leonard tenía la impresión de que su amigo se dedicaba a eso todos los fines de semana.
—¿Y Min-ji no te dice que pases más tiempo con los niños? ¿O es que no te apetece?
—Mientras lleve el sueldo a casa, colega…
Ocho años antes, Derek era uno de los actores con los que Leonard coincidía en todas las audiciones, pero en cuanto terminaron El sueño de una noche de verano hizo un máster en Administración de Empresas y ahora trabajaba en Wall Street.
Sus pronósticos sobre la economía eran siempre abrumadores, decía que el país se ahogaba con tantos créditos y acabaría como Japón, pero a él le iba bastante bien.
Por ejemplo, ya tenía dos trajes de La guerra de las galaxias, el de Darth Vader y el de Boba Fett, que costaban miles de dólares cada uno.
Su mayor orgullo era el casco de Boba Fett fabricado en Italia, una réplica idéntica envejecida a imagen y semejanza del de la película.
Se bajaron en Jamaica Station y empezaron a andar por un bulevar lleno de pizzerías, peluquerías y tiendas de todo a 99 centavos hasta que llegaron a una calle lateral donde solo había casas en un lado.
Emily y él nunca se habían puesto de acuerdo sobre comprar una casa; ella quería que comprasen una, no le importaba cual con tal de que fuese suya.
Pero ¿qué habrían podido permitirse? ¿Algo en esa zona, quizá una de esas casitas raras con toldos de metal y vistas a las grandes naves industriales?
El Colegio Público 82 era un edificio de ladrillo rojo con grandes sillares blancos en las esquinas.
Fueron recibidos por dos árboles de copa ancha flanqueando la entrada y un felpudo que daba la bienvenida con un arco iris formado por caras de niños pixeladas.
Se identificaron ante un guardia de seguridad armado y luego la directora, la señora Hernández, los acompañó a la sala de profesores, donde se pusieron las medias, los calzones y los tabardos.
Cuando empezó con esas representaciones, Leonard se dio cuenta enseguida de que los niños se aburrían con el bardo de Avon, solo les interesaban las partes cómicas y las luchas con espadas, así que se limitaron a eso.
Entraron en el escenario cada uno por un lado, Leonard era el príncipe Hal y Derek era Hotspur, y cuando Hotspur dijo: «Ya no soporto tus fanfarronadas» desenvainaron y se enzarzaron en una larga y trepidante coreografía que era todo un espectáculo,
porque los escudos sonaban como bidones metálicos y hacían mucho ruido.
Las caritas morenas de los niños se animaron en cuanto empezó la pelea, los jalearon, y cuando murió Hotspur gritaron y aplaudieron entusiasmados.
—Hemos representado una escena de La historia de Enrique IV, escrita por William Shakespeare, que nació en Inglaterra en… —explicó Leonard jadeando.
Después hicieron la escena del balcón de Romeo y Julieta. Derek estaba de pie en lo alto de una escalera con una peluca larga y vaporosa, requebrándole con voz aguda, y los niños captaron la comedia de la situación.
La última parte era el duelo entre Mercutio y Teobaldo, esta vez con estoques.
Habían hecho el mismo número tantas veces que no se habían molestado en ensayar después del parón veraniego, pero Leonard estaba contento, se acordaba de todo, hasta que se le olvidó agacharse cuando Derek le asestó un mandoble en la cabeza.
Por suerte lo esquivó, el estoque le dio en el hombro y solo le rozó la cabeza de rebote, pero el golpe le dejó aturdido y cayó de rodillas.
Entonces se llevó la mano a la cabeza y al retirarla vio la sangre; Derek dio un paso adelante para ayudarle, pero se contuvo.
—Estoy herido. ¡Mala peste a Capuletos y Montescos! —consiguió decir Leonard, que luego se levantó y siguió hasta el final.
—Joder, tío, ¿estás bien? —le preguntó Derek cuando terminaron.
—Sí, no pasa nada. Perdona, ha sido culpa mía.
Después de posar para las fotos y firmar unos cuantos autógrafos fueron a recoger sus cheques al despacho de la directora, que al parecer no se dio cuenta del incidente ni se fijó en el pegote de sangre que Leonard tenía en el pelo.
Cuando volvían en el tren, Derek sacó la cartera y le ofreció dos billetes de cien dólares.
—Quédate con mi parte.
—¿Por qué?
—Te tendrán que dar puntos.
Derek no estaba allí por el dinero, iba porque le encantaba disfrazarse y aprovechaba cualquier ocasión para hacerlo.
—Qué va tío, no hace falta. Ahora tengo el Obamacare —le dijo Leonard.
A Derek le tembló la voz cuando insistió:
—Venga, quédatelo. Min-ji y yo queríamos haberte invitado, pero…
Pero era demasiado triste, demasiado incómodo: eso quería decir. Al no tener pareja, Leonard se había convertido en una especie de leproso, y se imaginó a Min-ji diciendo: «No, no le invites, sería muy raro».
Leonard rechazó el dinero con un gesto y dijo:
—Cómprales algo a los niños.
Una apacible noche de invierno en Nueva York, acurrucados envueltos en el edredón, Emily le puso la mano en el pecho y dijo:
—Vamos a por un niño.
Leonard siempre se había imaginado una vida con hijos, y cuando hablaban del tema —de manera teórica y superficial—, hablaban de tener más de uno, pero su vehemencia le pilló desprevenido y se angustió.
—¿Ahora?
El ambiente se enfrió unos cuantos grados.