Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

La máquina le devolvió la tarjeta, y eso fue todo. Sin dinero en efectivo, sin tarjetas. Había intentado ir un paso por delante, pero su suegro la había adelantado. ¿Hasta dónde podría llegar con ciento cincuenta dólares en efectivo?

Catherine inspiró hondo. Por un instante, escuchó una débil vocecita en el fondo de su mente: «Entrega a Nathan».

Si jugaba bien sus cartas, apostaba a que podría conseguir que James le extendiera un cheque.

No, mejor aún, conseguiría dinero en efectivo.

O mejor todavía: una transferencia bancaria.

¿Cuánto valía un hijo? ¿Cien mil, doscientos mil, un millón?

No era una buena madre. Las autoridades no estaban tan equivocadas como a ella le habría gustado.

No sabía amar como amaba el resto de la gente.

No sabía sentir como sentían los demás. Había entrado en un agujero siendo una niña feliz y había salido convertida en un ser humano vacío.

No era normal; solo que hacía lo posible por imitar la normalidad que percibía en los demás.

Así que se había buscado un marido y había tenido un hijo.

Y ahora allí estaba, con treinta y seis años y todavía aterrorizada por la oscuridad.

Catherine sacó el móvil. Marcó un número. Sonó durante mucho tiempo, hasta que una voz masculina respondió.

—Por favor —susurró—. No tenemos ningún otro sitio a dónde ir.

—¿Crees que Catherine Gagnon sufría abusos por parte de su marido? —preguntó Elizabeth.

—Sí.

—¿Crees que se lo merecía?

—¿Qué demonios voy a saber yo?

—Vamos, Bobby. Sientes ira hacia tu madre, sientes ira hacia Catherine. Parte de esa ira se debe a la creencia de que esas dos mujeres podrían haber actuado de otra manera. Que deberían haber evitado convertirse en víctimas.

—Yo la observaba —dijo él con brusquedad—.

Algunas noches, mi padre entraba por la puerta, ya borracho, y yo veía cómo ella discutía con él.

«¿Has vuelto a beber? Por Dios, ¿no podrías ser un hombre decente y pensar en tu familia aunque solo sea por una noche?

». Vamos, todos sabíamos lo que iba a ocurrir después.

—¿Y la golpeaba?

—Sí.

—¿Ella se defendía?

—No de forma física.

—Pero él le pegaba. ¿Y luego?

Bobby se encogió de hombros.

—No lo sé. Se enfadaba y, al final, se desmayaba.

—Entonces, empezaba enfadándose con tu madre, como dices; descargaba su agresividad con ella y luego perdía el conocimiento.

—Supongo.

—¿Y no os pegaba a ti ni a tu hermano?

—No, si nos manteníamos al margen.

—¿Crees que tu madre lo sabía?

Hizo una pausa, parecía preocupado.

—No lo sé.

—El amor de una mujer por su marido es algo muy complicado, Bobby. También lo es el amor por sus hijos.

—Sí, nos quiere tanto que no puede esperar para llamarnos por teléfono.

—No puedo opinar sobre eso, Bobby; no conozco a tu madre. Sin embargo, algunas mujeres… Algunas podrían sentirse demasiado avergonzadas.

—Creía que estábamos hablando de Catherine —dijo Bobby.

—De acuerdo. ¿Crees que Catherine provocó a su marido?

—Es capaz de hacerlo.

—¿Y el jueves por la noche?

Volvió a ponerse a dar vueltas por la habitación.

—Tal vez. No tiene sentido. Pero, por otra parte…

—Miró a Elizabeth—. Lo que me molesta es el hecho de que nos hubiéramos visto antes, de que hubiéramos hablado.

Claro, no la recordaba, de eso estoy seguro.

Pero me hizo preguntas sobre el trabajo, preguntas sobre cómo y cuándo se desplegaría un equipo táctico. ¿Por qué? ¿En qué pensaba?

—Has dicho que es manipuladora.

—Exacto. Pero… ¿podría haberlo conseguido? Estoy seguro de que no me habría acercado al gatillo si Jimmy no hubiera tenido una pistola. Así que tendría que haber ideado un plan para que él consiguiera una y luego arriesgar su vida y la de su hijo en un enfrentamiento con un borracho armado.

—Eso es peligroso —observó Elizabeth.

—Y atrevido. —Bobby negó con la cabeza—. Si solo hubiera estado ella en esa habitación, lo entendería. Pero no creo que pusiera en peligro a su hijo.

—¿No crees que Catherine maltrate a Nathan?

—No.

Elizabeth arqueó una ceja.

—Pareces muy seguro.

—Lo estoy.

—¿Te molestaría saber que yo no estoy tan segura? De hecho, cuanto más sé sobre Catherine Gagnon, más me preocupa la relación entre su hijo y ella.

—A ti y a todos los demás.

—Es egocéntrica, tú mismo lo has dicho. Y fue víctima de abusos, y sabemos que esas cosas suelen seguir patrones.

—Yo también fui víctima de abusos —señaló Bobby con rigidez. Y añadió, casi con desafío—: Y acabamos de establecer que también me gusta mentir.

—Bobby, mírame a los ojos. Si Catherine Gagnon se sintiera en peligro, si Catherine Gagnon sintiera que ella o su estilo de vida corren un grave peligro, ¿de verdad crees que hay algún límite que no cruzaría?

¿Alguna persona a la que no sacrificaría para salvarse a sí misma?

—Él la miró desafiante. Pero Elizabeth no iba a dejarlo pasar. Por su bien, no podía dejarlo pasar.

»No lo crees, Bobby. Esa es otra razón por la que no puedes olvidar lo que sucedió el jueves por la noche. Porque, en el fondo de tu corazón, crees que Catherine fue capaz de planear el asesinato de su marido. Solo que no estás seguro de cómo lo hizo.

—¡Era un cabrón maltratador!

—¿Cómo lo sabes?

—Ella dijo…

—Miente.

—¡El doctor Rocco vio los moratones!

—¿Quién es el doctor Rocco?

Él se sonrojó, avergonzado.

—Su examante

Elizabeth asimiló la información. Entonces, de repente, cambió de tema.

—¿Por qué has visto a Susan esta noche?

Bobby pareció sorprendido.

—Porque sentía que se lo debía. Después de dos años juntos, al menos debía despedirme en persona.

—¿Qué te ha dicho?

Él se encogió de hombros.

—No mucho. Quiero decir, ya habíamos roto. ¿Qué más quedaba por decir?

—¿Te ha decepcionado eso?

—No te entiendo.

—Cuando has ido a verla esta noche, ¿de verdad querías poner fin a la relación, Bobby? ¿O en secreto deseabas algo más? ¿Deseabas que ella luchara por ti? ¿Deseabas que te suplicara que te quedaras? ¿Deseabas, en lo más profundo de tu ser, que ella te quisiera tanto que no te dejara marchar?

—Yo nunca… —Pero no pudo continuar con la protesta. Desarmado, despojado de sus propias defensas, no pudo mentir. Susurró—: ¿Cómo lo has sabido?

—Alguien a quien amabas te abandonó una vez y nunca miró atrás.

Ahora, tantos años después, aún esperas que la gente te abandone, Bobby.

De hecho, cuanto más tiempo se queda una mujer, más ansioso te pone.

Así que ideas pequeños escenarios, pequeñas pruebas.

La mujer luchará por ti o te abandonará.

Cualquiera de las dos opciones alivia tu ansiedad. Al menos durante un tiempo.

—Dios mío —dijo en voz baja.

—Cuando Catherine te llama, le dices que te deje en paz, ¿verdad?

—Sí.

—Pero ella no se va. Lucha por verte. Te dice que te necesita.

Te recuerda a su pobre hijo enfermo y, en cuanto apareces, se asegura de que los veas a Nathan y a ella juntos.

Supongo que, con algunos hombres, juega la carta del sexo.

Pero tu fantasía femenina no es una mujer vestida con encaje negro.

Tu fantasía es una mujer que nunca, jamás, abandonaría a su hijo.

Bobby cerró los ojos. Ella vio en su rostro cómo se daba cuenta de algo, porque, poco a poco, pero sin pausa, pareció horrorizarse.

Elizabeth se inclinó hacia delante.

—Una vez más, Bobby: ¿crees que Catherine Gagnon pudo haber causado la muerte de su marido?

Él murmuró:

—Sí.

Ella asintió despacio.

—Entonces, tienes que dejarla ir, Bobby. Tienes que dejar de verla. Porque, si Catherine Gagnon es una depredadora, seguro que ahora te das cuenta de que tú eres la presa perfecta.

Eran las tres de la madrugada cuando Bobby llegó a casa. No había luces encendidas en su apartamento, aunque su contestador automático parpadeaba con un frenético punto rojo en medio de la noche.

Se dejó caer en una de las duras sillas de madera de la cocina. Se encontraba exhausto, agotado, sin una pizca de emoción o inteligencia. Durante un buen rato, se limitó a quedarse sentado allí y mirar cómo parpadeaba la luz del contestador.

Despacio, extendió la mano y pulsó play .

Su teniente. Alguien del Unidad de Asistencia al Empleado. Una llamada en la que habían colgado. Su padre. Dos llamadas más en las que colgaban. Silencio.

Bobby se inclinó hacia delante sobre la mesa de la cocina y utilizó las manos como almohada para apoyar la cabeza.

Tres llamadas perdidas en el contestador. «Catherine», pensó.

Se apretó las sienes. «Sácala de tu cabeza, sácala de tu cabeza. No dejes que te altere así». Sentado en la consulta de la doctora Lane, todo tenía sentido. Sin embargo, allí estaba, una hora más tarde, solo en la oscuridad, y ya pensando en Catherine.

¿Estaba bien? ¿Cómo lo llevaba Nathan? ¿A dónde irían? No a casa de sus suegros, eso estaba claro.

A lo mejor tenía otro amante. ¿Por qué no?

Desde luego, no había perdido la ocasión de lanzarse sobre él.

Una mujer así no era de las que estaban solas mucho tiempo.

Seguro que tenía un sugar daddy en cada puerto.

Quizá ya buscaba otro médico. O, con mayor probabilidad, un abogado.

Sí, necesitaba un pez gordo para enfrentarse al juez Gagnon.

Seguro que encontraba a alguien enseguida. La ropa adecuada, el momento adecuado, el contoneo de cadera adecuado.

Ojalá pudiera odiarla. Pero no podía. Catherine hacía lo que tenía que hacer para sobrevivir. Y él lo entendía demasiado bien.

Si otra persona hubiera atendido el aviso el jueves por la noche, un francotirador cuyo padre nunca hubiera golpeado a su madre, un francotirador que nunca hubiera crecido viendo florecer esa mirada de desesperanza en el rostro de otra persona, ¿seguiría Jimmy Gagnon vivo? ¿Estaría Catherine Gagnon muerta?

Ninguno de ellos lo sabría jamás.

Bobby hundió la cabeza aún más entre los brazos. Exhaló un suspiro entrecortado y agotado.

E hizo todo lo posible por no soñar.