Capítulo 29 #2
No fue al día siguiente, eso habría sido demasiado obvio, ni siquiera el día posterior.
Pero Jimmy entró en los grandes almacenes donde ella trabajaba.
La encontró, coqueteó con ella, la cortejó.
Y ella se sintió extrañamente conmovida por ese joven encantador de voz tan tranquila.
Él la invitó a salir. Para su propia sorpresa, ella dijo que sí.
No fue hasta meses después cuando él le confesó lo que había hecho. Que se había sentido tan conmovido por su llamada que se había visto obligado a buscarla en persona.
—Por favor, no se lo digas a nadie —le suplicó con dulzura. Ella podía meterlo en un buen lío…
En aquel momento, le pareció romántico. Ese hombre había movido cielo y tierra para encontrarla. Sin duda, era una señal. Sin duda, significaba que la amaba. Su vida por fin comenzaba a mejorar.
Solo más tarde, después de casarse —tal vez aquel lunes por la noche en que ella le comentó lo mucho que bebía y él la sorprendió con un bofetón—, empezó a hacerse preguntas.
¿Qué clase de hombre utilizaba una línea de ayuda para suicidas para ligar con mujeres?
¿Qué decía eso sobre lo que buscaba en una posible pareja?
Al igual que su padre, a Jimmy le gustaba el poder. Le gustaba recordarle que no era nada sin él. Le gustaba decirle que la había sacado de la miseria y que podía volver a dejarla allí.
A veces, cuando Jimmy hablaba, ella se imaginaba a Richard Umbrio, de pie, muy por encima de ella, rodeado por un halo de luz del día, con un brazo sobre la tapa de madera que pronto la encerraría en su interior.
—Será mejor que mi próxima bienvenida sea aún más entusiasta —le decía con regocijo—. Porque, de lo contrario, nunca se sabe cuándo podré decidir no visitarte. Te he dado mucho, Cat. Nunca se sabe cuándo te lo quitaré todo.
Jimmy nunca había querido salvar a Catherine. Solo pretendía prolongar su adoctrinamiento.
Bueno, pensó ella con pragmatismo, ella le había demostrado lo que valía.
En la habitación de Nathan, encendió la luz del techo. Dos bombillas de sesenta vatios brillaban. Sin embargo, no bastaban. Para ella, para Nathan, nunca sería suficiente.
—El vaquero —murmuró el niño, somnoliento, contra su hombro.
Ella, obediente, se dirigió primero a la luz nocturna. Clic.
Nada.
Frunció el ceño y lo intentó de nuevo. Ninguna luz iluminó el alegre rostro del vaquero por arte de magia. La bombilla debía estar fundida. Se dirigió a la lamparita de noche que había debajo, el interruptor se encontraba cerca del enchufe. Clic.
Seguía sin encenderse.
¿Se habría fundido un fusible? La policía, con todos sus focos y grabadoras, tal vez hubiera sobrecargado el sistema.
Se acercó a la cómoda, con el cuerpo de Nathan cada vez más pesado en sus brazos.
Dos lámparas de mesa. Una tenía un cactus como pie; la otra, un caballo salvaje.
Probó ambas, con los dedos un poco temblorosos y la respiración acelerada.
Nada. Nada.
Vale, había muchas opciones. Muchísimas opciones.
¿De qué servía ser una neurótica si no lo hacías bien?
La habitación de Nathan tenía seis luces de noche, tres lámparas de mesa y dos de pie.
La del techo funcionaba, lo que significaba que había electricidad al menos en parte de la habitación.
Solo tenía que encontrar los enchufes y encender las luces.
Se movía más rápido. Nathan levantó la cabeza de su hombro, como si sintiera su agitación.
—¡Mamá, las luces!
—Lo sé, cariño. Lo sé.
La maldita luz con forma de oso no funcionaba.
Le había costado doscientos dólares, la había encontrado en Denver y se la había enviado a casa como regalo.
La antigua lámpara de bronce del escritorio, que le había costado quinientos dólares en una pequeña tienda de Charles Street, tampoco se encendía.
Pasó a las de pie, con bombillas halógenas, de las que iluminaban todo el techo.
Nada.
Más luces de noche. Pequeñas motas de luz, coronadas con imágenes de vidrieras, o un Elmo de plástico rojo, o un Winnie-the-Pooh radiante. Tenían que funcionar. Al menos una o dos o tres; Dios, algo en esa gigantesca habitación tenía que acabar con la oscuridad.
Respiraba con dificultad, jadeante. Nathan se apartó de su cuerpo con rigidez, arqueaba la espalda con creciente angustia.
—¡Luz, luz, luz!
—Lo sé, lo sé, lo sé.
Que le dieran a la habitación. Era demasiado grande, demasiado vasta.
¿Para qué necesitaban dos personas un espacio tan enorme?
Acunó a su hijo y corrió hacia el baño contiguo.
Con un rápido movimiento del dedo, encendió la luz del techo y esperó a que el espacio de azulejos blancos se iluminara con un resplandor.
Nada.
Volvió a pulsar. Y otra vez. La histeria se apoderaba de ella y le subía por la garganta.
Nathan pataleaba en sus brazos.
—Mamá, mamá, mamá, ¿dónde están las luces? ¡Quiero luz!
—Lo sé. Shhh, cariño, shhh.
Entonces se le ocurrió. El armario. El pequeño espacio tenía dos bombillas de más de sesenta vatios. Podían acurrucarse en el suelo y refugiarse en un charco de luz. Eso les permitiría pasar la noche.
—Nathan, cariño, vamos a vivir una aventura.
Le acarició la espalda, tratando de calmarlo, mientras salía del baño y corría hacia el armario. Abrió la puerta con paneles de espejo, metió la mano y encontró el interruptor. Clic.
La luz —luz brillante, resplandeciente, maravillosa— inundó la escena, llegó con sus refulgentes tentáculos a cada rincón oscuro y alejó las sombras. Luz preciosa, encantadora.
Catherine echó un vistazo al interior del armario y luego se tapó la boca con la mano para ahogar el grito.
Allí estaban, en medio del suelo, justo donde ella las encontraría, todas y cada una de las bombillas de todas y cada una de las luces. Las habían sacado de sus casquillos y luego habían formado una sencilla palabra de dos letras: «Bu».
Catherine obligó a su hijo a bajar la cabeza y apoyarla en su cuello. Se alejó del armario trastabillando. Corrió por el pasillo y bajó las escaleras a toda prisa. En el vestíbulo, cogió su abrigo, su bolso y las llaves del coche. No miró al agente uniformado. No se molestó en hablar.
Salió disparada por la puerta principal de la casa.
—Luz, luz, luz —sollozaba Nathan.
Pero no había luz. Ella lo entendía mejor que nadie. Ahora solo estaban ella y Nathan, solos en la oscuridad.