Capítulo 20 #2
—Según los registros del doctor Rocco, Nathan enferma con frecuencia —añadió el doctor Gerritsen con tono incisivo—. Y con bastante facilidad.
—El doctor Rocco siempre cuidó muy bien de Nathan.
Él la miró con recelo. Era obvio que sabía de su relación con Tony y no se dejó engañar.
—No creo que deba llevarse al niño a casa —anunció el jefe de Pediatría. A Catherine se le encogió el corazón. Sintió que el pánico le subía por la garganta, sobre todo cuando James empezó a sonreír—. Por desgracia —continuó el doctor Gerritsen con brusquedad—, no puedo hacer nada al respecto.
—¿Qué? —preguntó James, atónito.
—Por ahora, ella es la tutora legal de Nathan. —El doctor Gerritsen se encogió de hombros—. Lo siento, juez Gagnon, pero tengo las manos atadas.
Maryanne negó con la cabeza, como una mujer que se despertaba de repente y se daba cuenta de que se encontraba en medio de una pesadilla.
—Estas son circunstancias excepcionales —replicó James con rapidez—. Usted consideró que existía una amenaza inmediata y apremiante para el niño, lo que justificaba enviarlo a casa con sus abuelos.
—Pero yo no sé si existe una amenaza inmediata y apremiante.
—El historial médico del niño. ¡Usted mismo ha dicho que es sospechoso!
—Nos necesita —dijo Maryanne con tono lastimero—. Somos todo lo que le queda.
El doctor Gerritsen miró a la mujer con simpatía, antes de volver a centrar su atención en James.
—Sospechoso, sí. Definitivo, no.
James estaba furioso.
—¡Ella es una amenaza para ese niño!
—Si fuera una amenaza para Nathan —interrumpió Catherine con serenidad—, ¿por qué sigo trayéndolo al hospital para que lo atiendan?
—¡Porque es lo que siempre haces! —ladró James—. Usas a tu propio hijo para llamar la atención y así desempeñar el papel de madre desdichada. Intenté advertir a Jimmy, intenté decirle lo que haces. Dañar a tu propio hijo. ¡Es repugnante!
—Pero ya no necesito interpretar el papel de madre desdichada para llamar la atención, ¿verdad, James? —Catherine miró a su suegro a los ojos—. Ahora soy la viuda afligida.
James gruñó, de lo más profundo de su garganta brotó un inesperado rugido de frustración y rabia.
Catherine temió por un momento que se abalanzara sobre ella, que la agarrara por el cuello.
Eso sería un cambio. Jimmy siempre había sido muy descuidado con sus ataques de ira. Su padre, en cambio, era frío.
—¿James, cariño? —susurró Maryanne—. ¿Va a quedarse con Nathan? Habías dicho que eso no ocurriría. ¿Cómo puede ser?
James rodeó con los brazos a su temblorosa mujer. La estrechó contra él y la consoló con una mano mientras contemplaba a Catherine con una mirada sombría e iracunda.
—Esto no ha terminado —dijo con claridad.
—Hoy sí.
El doctor Gerritsen ya había tenido suficiente con el drama familiar. El médico le hizo gestos a Catherine para que volviera al espacio separado por una cortina.
—Lo siento, juez Gagnon, pero legalmente no puedo hacer nada para impedir que la señora Gagnon dé de alta a su hijo. Si las circunstancias cambian, estaré encantado de ayudarlo, pero hasta entonces… —El doctor Gerritsen se encogió de hombros.
Catherine pasó por debajo de su brazo. No se molestó en lanzarle a James una sonrisa triunfante por encima del hombro. No se atrevió a mirar el rostro afligido de Maryanne.
Se limitó a ponerle a Nathan el abrigo y se largó de allí.
***
Nathan permaneció en silencio durante todo el trayecto a casa.
Se sentó en la parte trasera del coche, en su sillita, con la mano derecha agarrada al cinturón de seguridad.
Catherine pensó que debía decir algo. Y entonces, durante un rato, se sintió tan triste como Nathan porque Prudence no trabajaba ese día.
Aparcó en una plaza estrecha y rodeó el coche para sacar a su hijo del asiento trasero.
El sol brillaba y la tarde era sorprendentemente cálida.
Miró hacia la calle y vio a varios de sus vecinos pasear con sus hijos y sus perros.
Se preguntó si era raro que no los saludara.
Se preguntó si era más raro aún que ninguno de ellos se hubiera molestado en devolverle el saludo.
Nathan salió del coche, incómodo con el pesado abrigo de lana y las nuevas botas de vaquero. El abrigo, un regalo de sus abuelos, le quedaba tres tallas grande. Las botas, compradas en la sección de bebés de Ralph Lauren, al menos le quedaban bien.
Nathan no levantó la vista, ni hacia la calle ni hacia su casa. Cogió la mano de Catherine obedientemente, pero, a medida que se acercaban a los escalones de la entrada, empezó a arrastrar los pies. Caminaba sin ganas, dando patadas a las hojas caídas.
Ella miró hacia la puerta principal. Pensó en el vestíbulo que había detrás, y en las escaleras que conducían a su apartamento.
Pensó en el dormitorio principal, con la moqueta rota, las salpicaduras de las paredes y los muebles reordenados de forma caótica.
De repente, tampoco quiso subir esas escaleras.
Deseó, por el bien de ambos, que pudieran huir.
—Nathan —dijo en voz baja—, ¿por qué no vamos al parque?
Él la miró. Asintió con tanta energía que la hizo sonreír, a pesar de que le dolía el corazón. Se pusieron en marcha.
El Public Garden estaba abarrotado. Jóvenes enamorados, gente que paseaba a sus perros, familias urbanitas con niños inquietos.
Catherine y Nathan caminaron junto al agua, donde las barcas con forma de cisne navegaban en verano.
Le compró palomitas a un vendedor ambulante y se entretuvieron dando de comer a los patos que se arremolinaban alrededor.
Al final encontraron un banco en el borde de un claro, donde niños de la misma edad que Nathan, pero el doble de grandes, corrían, daban volteretas y reían bajo la luz del sol, que ya empezaba a ocultarse.
Nathan ni siquiera intentó unirse a ellos. A los cuatro años, esas eran las lecciones que ya había aprendido.
—¿Nathan? —murmuró Catherine—. Ahora que estás en casa… algunas personas van a querer hablar contigo.
Él la miró, con el rostro tan pálido que ella sintió la necesidad de acariciarle la mejilla con el dedo. Tenía la piel fría y seca, el rostro de un niño que pasaba demasiado tiempo en casa.
—¿Te acuerdas del jueves por la noche? —le preguntó en voz baja—. ¿La noche terrible? —Él no dijo nada—. Papá tenía un arma, ¿verdad, Nathan? —Él asintió—. Estábamos discutiendo.
Nathan volvió a asentir.
—¿Recuerdas por qué estábamos discutiendo?
Catherine contuvo la respiración. Esa era la clave, por supuesto. ¿Cuánto recordaba un niño asustado de cuatro años? ¿Cuánto entendía?
A regañadientes, Nathan negó con la cabeza.
Catherine soltó el aire que había estado reteniendo.
—Lo único que la gente necesita saber, cariño, es que papá tenía un arma —explicó con suavidad—. Y que estábamos muy asustados. Ellos entienden el resto.
—Papá está muerto —dijo Nathan.
—Sí.
—Papá no volverá a casa.
—No, no volverá a casa.
—¿Y tú sí?
Catherine le acarició la mejilla de nuevo.
—Intentaré volver siempre a casa contigo, Nathan.
—¿Y Prudence?
—Ella también volverá a casa.
Él asintió con gravedad.
—Papá tenía una pistola —repitió—. Yo tenía miedo.
—Gracias, Nathan.
Nathan volvió a observar a los otros niños. Al poco, se subió a su regazo. Un momento después, ella lo abrazó y apoyó la mejilla sobre su cabello revuelto.