Sobrevive o muere CAPÍTULO 26 La decisión que no admite regreso #2
88%

CAPÍTULO 26 La decisión que no admite regreso #2

Él levantó la cabeza. Sus ojos humanos se llenaron de algo que no era miedo. Era culpa.

—No debiste bajar…

Ana apretó los dientes.

—No voy a dejarte aquí.

Mario negó.

—No puedes sacarme.

Ana se arrodilló frente a él.

—Sí puedo.

Mario cerró los ojos.

—No… Si tú entras… yo no salgo.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—No me importa.

Mario abrió los ojos. Esta vez no eran humanos. Eran los ojos del niño que había estado en la torre. Los ojos que habían visto cosas que ningún niño debía ver.

—A mí sí…

La figura habló desde detrás de él.

—Él recuerda…

Ana se levantó.

—¿Qué recuerda?

La figura inclinó la cabeza.

—Lo que tú olvidaste.

Ana sintió un escalofrío.

—No olvidé nada.

La figura respondió:

—Sí olvidaste.

El suelo vibró. La sala se contrajo. Las paredes respiraron.

Mario habló con una voz que no era suya.

—Ana… No abras la puerta otra vez.

Ana apretó la llave.

—Voy a abrirla.

Mario gritó:

—¡No!

La figura avanzó.

—Si abres… él se queda.

Ana levantó la llave hacia la figura.

—¿Qué quieres de él?

La figura respondió:

—Lo mismo que quise de ti.

Ana sintió que el aire se le rompía en el pecho.

—Yo salí.

La figura negó.

—Tú no saliste. Te dejaron salir.

Ana retrocedió un paso.

—¿Por qué?

La figura respondió:

—Porque él entró.

Ana miró a Mario. Él bajó la cabeza. Sus manos temblaban. Su respiración era irregular.

—Mario… ¿qué hiciste?

Mario no respondió.

La figura sí.

—Él abrió la puerta.

Ana sintió que el mundo se derrumbaba.

—No… Mario no…

La figura habló con una voz que parecía venir de todas las paredes.

—Él abrió la puerta. Tú saliste. Él se quedó.

Ana sintió que las piernas le fallaban.

—Mario…

Él levantó la cabeza. Sus ojos humanos volvieron un instante.

—Ana… No vuelvas a abrirla.

La figura avanzó.

—La torre decide quién merece recordar.

Ana apretó la llave.

—Voy a sacarlo.

La figura respondió:

—Si lo sacas… tú entras.

Ana levantó la llave hacia la puerta invisible que la torre estaba reconstruyendo.

—Entonces entraré.

Mario gritó:

—¡Ana, no!

La tierra vibró. La sala se cerró. La oscuridad se contrajo.

La figura habló:

—La torre ya eligió.

Ana levantó la llave.

—Pues voy a elegir yo.

La figura abrió la boca. Un hueco negro. Un hueco imposible.

Mario se levantó de golpe.

—¡Ana, corre!

Ana no corrió.

Ana avanzó.

La torre respiró.

Y decidió.

La figura avanzó un centímetro más. El aire se volvió tan denso que Ana sintió que tenía que abrirse paso con las manos. Mario seguía de rodillas, respirando como si cada inhalación fuera un castigo impuesto por la torre.

La llave 17‑B ardía en la mano de Ana. No por calor. Por memoria.

La figura habló.

—La puerta recuerda…

Ana apretó los dientes.

—No me importa lo que recuerde.

La figura inclinó la cabeza.

—A ti sí te importa.

Ana dio un paso hacia Mario.

—Voy a sacarlo.

La figura respondió:

—Él no quiere salir.

Ana se giró hacia Mario.

—Mario, mírame.

Él levantó la cabeza. Sus ojos humanos temblaban, luchando contra algo que quería volver a ser negro.

—Ana… no abras la puerta…

Ana apretó la llave.

—Voy a abrirla.

Mario gritó:

—¡No!

La figura habló desde detrás de él.

—Si abres… él recuerda.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Qué recuerda?

La figura respondió:

—Lo que tú olvidaste.

Ana retrocedió un paso.

—No olvidé nada.

La figura negó.

—Sí olvidaste.

El suelo vibró. La sala se contrajo. Las paredes respiraron.

Mario habló con una voz que no era suya.

—Ana… No abras la puerta otra vez.

Ana apretó la llave.

—Voy a abrirla.

Mario gritó:

—¡No!

La figura avanzó.

—Si abres… él se queda.

Ana levantó la llave hacia la figura.

—¿Qué quieres de él?

La figura respondió:

—Lo mismo que quise de ti.

Ana sintió que el aire se le rompía en el pecho.

—Yo salí.

La figura negó.

—Tú no saliste. Te dejaron salir.

Ana retrocedió un paso.

—¿Por qué?

La figura respondió:

—Porque él entró.

Ana miró a Mario. Él bajó la cabeza. Sus manos temblaban. Su respiración era irregular.

—Mario… ¿qué hiciste?

Mario no respondió.

La figura sí.

—Él abrió la puerta.

Ana sintió que el mundo se derrumbaba.

—No… Mario no…

La figura habló con una voz que parecía venir de todas las paredes.

—Él abrió la puerta. Tú saliste. Él se quedó.

Ana sintió que las piernas le fallaban.

—Mario…

Él levantó la cabeza. Sus ojos humanos volvieron un instante.

—Ana… No vuelvas a abrirla.

La figura avanzó.

—La torre decide quién merece recordar.

Ana apretó la llave.

—Voy a sacarlo.

La figura respondió:

—Si lo sacas… tú entras.

Ana levantó la llave hacia la puerta invisible que la torre estaba reconstruyendo.

—Entonces entraré.

Mario gritó:

—¡Ana, no!

La tierra vibró. La sala se cerró. La oscuridad se contrajo.

La figura habló:

—La puerta recuerda lo que tú no quieres recordar.

Ana levantó la llave.

—Voy a abrirla.

La figura abrió la boca. Un hueco negro. Un hueco imposible.

Mario se levantó de golpe.

—¡Ana, corre!

Ana no corrió.

Ana avanzó.

La torre respiró.

La puerta se abrió.

Y Ana vio lo que había olvidado.

Lo que había enterrado. Lo que la torre había guardado. Lo que Mario había intentado proteger.

Lo que había ocurrido veinte años atrás.

Lo que ella había hecho.

Lo que él había visto.

Lo que ninguno de los dos había querido recordar.

La puerta se abrió del todo.

Y Ana gritó.