Sobrevive o muere CAPÍTULO 24 — La salida que no es salida
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CAPÍTULO 24 — La salida que no es salida

La torre reaccionó a la decisión de MAS como si hubiera estado esperando ese instante desde hacía años. No hubo explosión. No hubo luz. No hubo sonido. Hubo silencio .

Un silencio tan denso que parecía un líquido.

Los blancos se inclinaron hacia delante. El niño retrocedió un paso. La figura abrió la boca en ese hueco imposible. Aurelio sonrió.

MAS dio un paso hacia Ana.

—Sales tú.

Ana negó con la cabeza, pero su cuerpo no obedeció. La torre sí.

El suelo bajo sus pies se movió. No como una plataforma. Como un músculo.

Ana se deslizó hacia la pared, sin caminar, sin ser empujada. La torre la estaba llevando.

MAS intentó seguirla.

La figura apareció delante de él. A un centímetro. Sin moverse. Sin desplazarse. Simplemente estaba .

—Apártate —dijo MAS.

La figura respondió:

—No.

Aurelio habló.

—La torre ya eligió.

Ana tocó la pared. La superficie era fría. Demasiado fría. Como si estuviera hecha de algo que no debería existir.

Los dibujos empezaron a moverse. No a temblar. A moverse.

Las figuras sin ojos giraron la cabeza hacia ella. Las puertas dibujadas se abrieron. Las sombras se estiraron.

Ana cerró los ojos.

—Mario…

MAS levantó el arma.

—Ana, mírame.

Ella abrió los ojos. Negros. Profundos. Llenos de algo que no era suyo.

—Mario… tú saliste. Yo no.

MAS apretó los dientes.

—Esta vez salimos los dos.

Aurelio negó.

—No. Solo sale uno.

La torre vibró.

Los blancos avanzaron un centímetro. Exacto. Medido. Silencioso.

El niño levantó la cabeza.

—Ella dijo que tú vendrías.

MAS sintió un escalofrío.

—Ana, dame la mano.

Ana levantó la mano. Pero no hacia él. Hacia la pared.

La torre respondió.

Un hueco se abrió. No una puerta. No una trampilla. Un hueco.

Un hueco que no debería existir.

Aurelio habló.

—La salida.

MAS frunció el ceño.

—Eso no es una salida.

Aurelio sonrió.

—Para ella, sí.

Ana dio un paso hacia el hueco.

MAS intentó detenerla.

La figura se movió. Los blancos se cerraron. El niño avanzó. La torre respiró.

Aurelio habló.

—Si la tocas, entras tú.

MAS levantó el arma hacia Aurelio.

—No voy a dejarla entrar ahí.

Aurelio respondió:

—No decides tú.

Ana tocó el borde del hueco.

El aire cambió. Se volvió más frío. Más denso. Más vivo.

MAS sintió que el suelo bajo sus pies se inclinaba.

—Ana, no lo hagas.

Ella habló con una voz que no era humana.

—Mario… yo abrí la puerta. Tú saliste. Yo me quedé. Ahora me toca a mí.

MAS dio un paso.

La figura abrió la boca. El hueco negro se expandió. El aire se volvió insoportable.

Aurelio habló.

—Si entras tú, ella sale. Si entra ella, tú sales. La torre no admite dos salidas.

MAS apretó los dientes.

—Ana, escucha. No voy a dejarte sola.

Ana giró la cabeza hacia él.

Por un instante, sus ojos no fueron negros. Fueron los ojos de la Ana que él conocía. La Ana que había investigado con él. La Ana que había llorado por su hermana. La Ana que había entrado en la finca sin miedo.

—Mario… No salgas tú.

MAS sintió que el corazón se le rompía.

—Ana…

Ella dio un paso más.

El hueco la absorbió.

No la tragó. No la empujó. La reclamó .

MAS gritó su nombre.

La torre cerró el hueco.

Los blancos bajaron la cabeza. El niño se sentó en el suelo. La figura cerró la boca. Aurelio dio un paso hacia MAS.

—Ya salió.

MAS levantó el arma.

—¿Dónde está?

Aurelio respondió:

—Fuera.

MAS apretó los dientes.

—Fuera, ¿dónde?

Aurelio inclinó la cabeza.

—Donde estuvo siempre.

MAS sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Aurelio respondió:

—Que ahora te toca a ti.

La torre vibró.

El suelo se abrió bajo los pies de MAS.

No un hueco. No una trampilla.

Una caída.

Una caída que no tenía fondo.

MAS cayó.

La torre respiró.

Y eligió.

MAS no cayó como se cae en un edificio. Cayó como se cae en un recuerdo.

El aire se volvió más denso. Más oscuro. Más frío.

Las paredes desaparecieron. El suelo desapareció. La luz desapareció.

Solo quedó la sensación de estar descendiendo hacia algo que no quería recordar.

Una voz habló desde la oscuridad.

—Mario…

Ana.

Pero no la Ana adulta. La Ana niña.

La Ana que él había dejado atrás sin saberlo.

MAS intentó moverse. No pudo.

Intentó gritar. No pudo.

Intentó abrir los ojos. No pudo.

La torre lo estaba llevando.

A un lugar que no aparecía en ningún plano. A un lugar que no existía para nadie. A un lugar que solo existía para los que habían entrado.

La voz volvió a hablar.

—Mario… No salgas tú.

MAS sintió un golpe en el pecho.

La caída terminó.

Pero no en suelo.

En memoria.

En la puerta.

La puerta que él había abierto de niño. La puerta que había dejado atrás. La puerta que Ana había cerrado.

La puerta que ahora se abría para él.