Capítulo 27 #2
—Voy a sentir esto cuando estés dentro de mí y cuando yo esté dentro de ti.
—Sí. Como yo lo siento cuando me agarras los cuernos y me follas la boca.
—Ah, el castigo sigue en pie, por supuesto.
Se rio con una risa rota, húmeda, indefensa, y a través del vínculo sentí esa risa mientras nacía en él, sentí su alegría iluminar la oscuridad como una cerilla encendida.
—Esperaba que dijeras eso. Esperaba que pudieras sentir lo bien que me sienta a mí. Sé que te asusta lo mucho que te gusta.
Lo tumbé boca abajo. Y esta vez, cuando le até las muñecas bien al cabecero con la cuerda nueva, y él tiró para probarla y eligió dejarse sujetar, sentí su elección desde dentro, sentí ese alivio animal y profundo, el trol capaz de partir la cama en dos entregándome las riendas.
La rendición no era debilidad. Nunca lo había sido.
—Joder —solté sin aliento, a horcajadas sobre él, el cuerno balanceándose cálido entre nosotros—. Te gusta esto. Sabía que te gustaba, pero es abrumador sentir cuánto.
—Me gustas tú —dijo—. Que me tengas. Que me uses. Que me hagas sentirlo todo.
Me tomé mi tiempo, desesperado por entender cómo se sentía para él, pero igual de ansioso por darle exactamente lo que necesitaba.
Le masajeé la espalda y el trasero primero, disfrutando de cómo su mente se volvía blanda y tranquila mientras le trabajaba los músculos gruesos, y más aún del hilo de impaciencia que lo atravesaba todo. Quería más. Quería mi dolor.
Cogí la paleta, empezando con golpes suaves y atreviéndome poco a poco a más, y con cada impacto sentí el pico de placer brillante y oscuro que extraía de ello, cómo el dolor caía en él y se transformaba en algo delicioso y erótico.
La magia no leía pensamientos, solo las emociones y sensaciones que había detrás, pero la imagen era lo bastante clara para decirme exactamente cuánto le encantaba este tipo de juego.
Y le encantaba mucho. Me moví a su lado, alcanzándole el punto trolgar con una mano mientras la otra seguía manejando la paleta, y él se arqueó, levantándose de la cama de un tirón mientras todo se fundía en uno, y se volvió imposible distinguir qué emoción o sensación venía de cuál de los dos.
—Eso es —gimió—. Está empezando.
—Oh, joder, sí —dije, y me incliné sobre él para hundir los dientes en su hombro, sintiendo cómo se deleitaba al ser marcado.
Había jugado antes con hombres a los que les gustaba duro, les había dado lo que pedían y había disfrutado dándoselo.
Esto era otra cosa. Esto era sentir el placer de Moerrven como propio, aprender su cuerpo desde dentro, encontrar el límite exacto donde el dolor se convertía en algo bueno, porque en el segundo en que lo encontraba, el vínculo se iluminaba como una ciudad y yo gozaba de su goce, un bucle sin fin.
Lo volteé boca arriba, la cuerda retorciéndose con él, y me monté a horcajadas sobre sus caderas.
Mordí dejando una marca en la plancha de su pecho y sentí cuánto le encantaba.
Para cuando lo lubrifiqué con aceite y me dejé caer sobre su polla, estaba desesperado, suplicándome.
También me sentí desde su lado, sentí lo apretado, lo caliente, lo bien que le resultaba estar dentro de mí, sentí mi propio cuerpo como él lo sentía.
—¿Esto es el vínculo? —pregunté.
Se retorció en la cama, embistiendo hacia arriba mientras la magia se arremolinaba entre nosotros, pulsando desde el punto donde estábamos unidos, donde él estaba tan profundo dentro de mí que se sentía como parte de mí.
—Sky —estaba deshecho—. Sky, por favor, no puedo correrme hasta que lo hagas tú. Necesito hacerlo.
—Todavía no —mecí las caderas y ambos gemimos—. No vas a precipitar esto. Vas a quedarte ahí tumbado, dejar que te monte y sentir exactamente cuánto me encanta hacerlo, y cuando decida que has aprendido la lección, entonces.
—La he aprendido. He aprendido tantas lecciones...
—Mentiroso —me incliné y tomé su cara entre mis manos; el colgante del cuerno se deslizó caliente por su esternón—. Vas a volver a hacerlo en cuanto creas que te necesito. Vas a usar esa fuerza ridícula para darme la vuelta y destrozarme. ¿Verdad?
A través de la puerta, la respuesta llegó antes incluso de que la pronunciara, no en palabras sino en sentimiento: una oleada de asentimiento y devoción proyectada deliberadamente hacia mí, firme y absoluta, mía siempre que la necesitara.
—Sí —dijo—. Y vas a castigarme por ello de la mejor manera posible.
—Lo haré —estaba llorando otra vez, montándolo lento y obsceno con lágrimas en la cara, ambos desbordados el uno por el otro, todo el vínculo cantando—. Muéstrame cómo rompes esas ataduras y acaríciame la polla.
Se arqueó y se liberó las muñecas antes incluso de que terminara de hablar, y gemí cuando su mano grande y caliente se cerró alrededor de mi polla.
Lo monté más duro y más rápido, deleitándome con cómo se sentía su enorme polla enterrada en lo más profundo de mí.
La presión crecía con cada caricia de su mano, con cada ola de placer desesperado que emanaba de él.
—Córrete conmigo —susurré.
Me dejé ir y él se deshizo debajo de mí, embistiendo mientras una mano me agarraba las caderas y la otra me sostenía la polla durante el orgasmo.
Lo sentí desde ambos lados a la vez: su orgasmo desgarrándolo, el mío desgarrándome, cada uno sintiendo el del otro, un salón de espejos sin límite, su placer mi placer su placer, hasta que de verdad no habría podido decir en qué cuerpo estaba.
Me derramé sobre su vientre y su mano, sollozando su nombre, y él se corrió en lo más profundo de mí, llenándome con una oleada de calidez de trol.
La puerta permanecía abierta de par en par entre nosotros, y no había nada a ningún lado de ella que no fuera amor.
Me recogió contra su pecho y nos quedamos tumbados en la cama de una pequeña posada encantadora que probablemente había oído demasiado de nuestros polvos salvajes, y respiramos, el cuerno cálido entre nosotros, el vínculo un zumbido constante y bajo del que nunca iba a cansarme.
Y entonces lo sentí: un pequeño hilo oscuro bajo el amor, presente y tratando de no estarlo.
—Oye —me incorporé—. Ahora puedo sentir eso, ¿sabes? La preocupación. Necesito que seas honesto conmigo ahora mismo.
Se quedó callado, con la mano deslizándose arriba y abajo por mi columna.
—Tu familia. La puerta que vamos a buscar a Liminia —se le tensó la mandíbula—.
Tienes todo un mundo al otro lado, y gente que te quiere, y nunca te impediría volver con ellos.
Quiero que tengas eso. Pero una pequeña parte mezquina y asustada de mí ya está contando los días hasta que te vayas a casa.
—Moerrven —le tomé la hermosa cara gruñona entre ambas manos y lo obligué a mirarme, y dejé que lo sintiera a través de la puerta mientras lo decía, para que no hubiera lugar a dudas, para que no tuviera que creerme a ciegas—.
Escúchame. Iré a ver a mi familia, pero siempre volveré.
Nunca atravesaría un espejo a menos que supiera que hay forma de volver a ti.
Y sé que el tiempo es diferente entre nuestros mundos, así que lo resolveremos.
Visitas rápidas. Entrar y salir. Porque mi hogar ya no es un lugar, idiota, eres tú. Entérate de una vez.
Sentí cómo calaba en él, sentí el hilo oscuro aflojarse y soltarse, sentí el amor resurgir y tragárselo entero. Me atrajo hacia él y me besó, y me acurruqué contra su costado, una mano en su cuerno, la frente presionada contra la suya, respirándolo.