Capítulo 13
Moerrven
—Vamos a acampar —dijo Sky, como si fuera un decreto de la mismísima Reina—. En un bosque. Lejos de cualquier pueblo. Donde nadie pueda oír tus gritos.
Esto no debería haberme puesto la polla dura. Tenía ciento veintisiete años. Tenía mis principios y mi dignidad.
—No lo decía en plan película de terror. Me refería a gritos de placer —añadió.
Mi polla se apuntó aún más al plan de acampar.
—Creía que odiabas acampar. Hay un pueblo a seis kilómetros. Con una posada.
Sky gimió.
—Y tiene habitaciones privadas.
—Al menos dos. Ya me he alojado allí. También hay un dormitorio común, pero solo para cuando hay exceso de huéspedes.
—¿Así que nos arriesgamos a acabar en el dormitorio común?
Se me curvaron los labios al recordar el desconsuelo de Sky por no haber podido acurrucarse anoche. Cualquiera diría que estaba empezando a encariñarse conmigo. No es que yo quisiera eso; estaba comprometido con mi vida de viudo solitario.
¿O no?
Carraspeé.
—La posada tendrá colchones. ¿Recuerdas cuánto te gustan los colchones?
—¡Da igual! Vamos a acampar. —Señaló un hueco entre los árboles donde un sendero estrecho se adentraba en un denso robledal—. Eso parece perfecto. Árboles, privacidad y ningún orco roncando.
Guié a Clover fuera del camino y hacia el bosque.
El claro que encontramos era, tenía que admitirlo, adecuado.
El suelo era llano, protegido por tres lados por robles centenarios, con un pequeño arroyo cerca.
La copa de los árboles era lo bastante densa para bloquear el viento, pero dejaba pasar la última luz del día.
Era un lugar que yo mismo habría elegido para pasar la noche, aunque mis razones habrían sido prácticas y no las que tuviera Sky en mente.
Montamos el campamento con lo que solo puedo describir como una eficiencia sospechosa.
Sky instaló a Poppy en su hábitat, encendió el fuego y extendió los sacos de dormir en un tiempo récord que delataba una intensa motivación.
Yo atendí a Clover, preparé los utensilios de cocina y, cuando me di la vuelta, Sky ya estaba de pie en el claro con el paquete de la tienda de Helda abierto a sus pies.
Todo estaba allí: la fusta larga, la corta, el cordón de cuero, la pala.
Los había dispuesto en el suelo en una fila ordenada, como instrumentos quirúrgicos. El fuego lo iluminaba desde atrás: pequeño, de rasgos afilados, completamente serio. Y aun así, lo más hermoso que había visto en mi vida.
—Quítate la ropa —dijo.
—¿Toda?
—Toda.
—Estamos al aire libre. En público.
—Es un claro en el bosque completamente privado y a ochocientos metros del camino más cercano. Además, hay un arroyo justo ahí. Si alguien pasa y pregunta, estamos bañándonos en ese arroyo, como aquel tipo buenorro que vimos el otro día.
—Apenas hacía calor ese día. No creo que estuviera bueno, solo sucio —dije.
Se cruzó de brazos.
—Buenorro significa sexy, deja de hacerte el tonto, le viste el culo. Ahora desnúdate.
—Alguien podría pasar por aquí...
—Moerrven, ¿quieres que te follen hasta perder el sentido o no? Empiezo a pensar que no.
Justo en ese momento, descubrí que no soy el tipo de hombre que se queda vestido cuando le ofrecen follarlo hasta perder el sentido.
Me quité la camisa antes de que otra protesta pudiera formarse en mi mente nublada por la lujuria.
El aire de la tarde estaba fresco contra mi piel, y cada parte de mi cuerpo cobró vida como no lo hacía desde que era joven e inseguro.
Allí me quedé, medio desnudo en un claro del bosque, mientras un humano que apenas me llegaba al pecho me observaba con la autoridad serena de quien sabe lo que quiere.
—Sigue —dijo Sky, recorriéndome el pecho con la mirada, sin disimular su aprobación—. Enséñame todo ese precioso cuerpazo de trol.
Me desaté los pantalones y me los bajé, saliendo de ellos. Mi polla ya estaba dura, erecta, y resistí el impulso de taparme. Estar desnudo en un claro mientras Sky me evaluaba era un grado de exposición que no esperaba disfrutar. Y lo estaba disfrutando.
Me encantó el suave jadeo que dejó escapar al ver cómo se me tensaban los músculos, me encantó cómo sus ojos bajaron hasta mi polla con avidez.
—Buen chico. —Sky recogió el cordón de cuero y se acercó a mí—. Extiende las manos.
Las extendí. Me ató las muñecas y sujetó el otro extremo al árbol más cercano, con suficiente holgura para que pudiera moverme, cambiar de posición, pero no alejarme. Una correa, no un grillete.
—¿Dónde aprendiste a hacer nudos?
—Campamento de verano. La señora Chen se horrorizaría si supiera para qué estoy usando su nudo de as de guía. —Tiró del cordón para probarlo, luego me rodeó la polla con los dedos y me la acarició—. ¿Demasiado apretado?
—No.
—Bien. Vamos a establecer una palabra de seguridad. —Ladeó la cabeza un momento—. ¿Qué palabra sería buena? ¿Alguna que te venga a la mente?
—¿Dormitorio común? —Mi voz salió como un chillido entrecortado cuando su mano se deslizó hasta mis testículos y me los acarició.
Se rio.
—Perfecta asociación. Malditos dormitorios comunes. En fin, si dices «dormitorio», paro.
—¿Por qué me has atado?
—Para follar, obviamente. Creo que te quiero doblado por la cintura, con ese precioso trasero bien a la vista. ¿Te va bien? Prueba a ver si te resulta cómodo apoyarte en el árbol.
Eso no explicaba nada, pero estaba tan intrigado y excitado que mi cerebro funcionaba al cincuenta por ciento de su capacidad, como mucho.
Quizá me había bajado demasiada sangre a la polla.
Me incliné hacia delante, apoyando las muñecas atadas contra el tronco, y la polla me palpitó cuando Sky gimió.
—Este maldito trasero es obra de los dioses —dijo, deslizando la mano por la curva de mi culo—. Mm, tu agujero está palpitando. Hambriento, ¿eh?
—No sé qué significa eso —dije. Joder, ¿en qué me había metido?
Me ardía todo el cuerpo, y mi polla goteaba un largo hilo de líquido preseminal hasta el suelo, tan dura que dolía.
Y por mucho que odiara admitirlo, algo estaba pasándole a mi trasero que no podía explicar, especialmente cuando él pasó un dedo por encima, murmurando algo sobre follarme bien y duro.
—Joder —dijo en voz baja mientras sus manos recorrían mi espalda, masajeándome los músculos, tocándome en todas partes—. Mírate.
El aire fresco de la noche me rozaba la piel acalorada, la cuerda estaba tensa alrededor de mis muñecas, recordándome quién tenía el control, y la áspera corteza del árbol me arañaba los dedos mientras los clavaba, arqueando la espalda con la esperanza de que le gustara lo que veía.
Nunca me habían mirado así. Ni Bryndala, que me había amado pero siempre había sido tímida para examinarme abiertamente. Ni nadie.
—Voy a usar la fusta ahora —dijo Sky—. Esto no es un castigo, solo juego y exploración, así que dime si algo es demasiado.
—¿Tú... castigas?
—Si fueras mío, podría hacerlo. Por mentiras, o desobediencia, o simplemente porque estuvieras ansiando dolor y lo pidieras.
—Oh —susurré, preguntándome si deseaba eso.
—¿Te apuntas?
—Me apunto. —Honestamente, me apuntaba a cualquier cosa que Sky propusiera. Su mente era perversa, ágil y creativa, y sabía que entendía de forma innata las cosas que me despertaban curiosidad. Algo que había leído en mis libros le había revelado más de lo que yo pretendía.
El primer golpe cayó sobre la carne de mi nalga derecha, y me sacudí hacia delante contra la cuerda. Un escozor nítido y limpio se extendió por la piel y luego se desvaneció en una palpitación cálida. El sonido resonó por el claro, cuero contra piel, agudo en el silencio del bosque.
El segundo golpe cayó en el lado izquierdo. La misma intensidad, el mismo escozor nítido, y esta vez gemí, porque mi cuerpo estaba haciendo conexiones que yo no había autorizado, el escozor transformándose en calidez, la calidez descendiendo, mi polla palpitando al ritmo de la pulsación de mi piel.
—Te gustó, ¿verdad?
—Oh, joder, sí.
Sky encontró un ritmo. Cada golpe era preciso. Estaba aprendiendo mis reacciones, ajustando su puntería, leyendo los sonidos que hacía. Un golpe más fuerte en la curva donde mi trasero se unía al muslo me hizo jadear. Un toque más ligero en el centro me hizo empujarme hacia la fusta.
—Empujas hacia atrás cuando es más ligero —dijo Sky—. ¿Lo quieres más fuerte?
—Yo... quizás... ¿Podrías probar la pala? —Meneé el trasero hacia él, ansioso por más de aquella sensación adictiva.
Se rio y la cogió. Este juguete golpeaba más fuerte, con una certeza sorda que casi me hizo correrme.
El chasquido del cuero contra la piel resonó entre los árboles.
Gemí, mi polla goteando debajo de mí, y tiré de la cuerda, no para escapar sino porque mi cuerpo necesitaba moverse, necesitaba hacer algo con la sensación que se acumulaba en lo más hondo de mi pelvis.
—¿Qué fue eso? —preguntó Sky.
—Más fuerte —dije—. Por favor. Oh, dioses, la pala, es... joder.
Me dio más fuerte. Cinco golpes en rápida sucesión me incendiaron la piel. Estaba emitiendo sonidos de los que me avergonzaría más tarde pero que no podía detener ahora, con las caderas meciéndose, la polla palpitando.
—Joder, eres un buen chico para mí —murmuró, calmando el escozor de su juguete con la mano. Luego se inclinó hacia delante y besó la piel palpitante—. ¿Quieres algo un poco más arriesgado?
—Lo que tú quieras —gimoteé—. Lo que sea.
—¿Lo que sea? —Cambió de herramienta de nuevo, trazando la polla y las bolas con la punta de la fusta mientras una oleada de adrenalina me atravesaba. No lo haría, ¿verdad? ¿No sería el dolor demasiado?
—Lo que sea —susurré, mientras una extraña sensación de calma me inundaba al renunciar a ese último hilo de control.
Dio un ligero toque a las bolas con la fusta. Luego otro.
Todo en mí se quedó quieto. El toque era de prueba, nada doloroso, el cuero rozando apenas la piel sensible. Pero la anticipación, la vulnerabilidad de aquel objetivo, hizo que todo mi cuerpo se tensara.
—¿Bien? —preguntó Sky.
—Sí. —La palabra salió estrangulada.