Sky y el trol gruñón (Twinkpocalipsis nº 2)
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Capítulo 1
Moerrven
Tal como esperaba, el puente de Mill Creek se estaba desmoronando, igual que todo se desmoronaba sin el cuidado de Bryndala. Ella jamás habría permitido que llegara a ese punto.
El nuevo ingeniero del condado había dado unos pisotones en el puente y me había dicho que estaba firme como una roca.
Pero yo no me fiaba de él con uno de los puentes de Bryndala.
No sabía mucho de puentes, pero la manera despreocupada en que el ingeniero lo había marcado en su lista me dejó claro que Bryndala le superaba en todo.
No estaba en absoluto cualificado para reparar puentes, y hacerlo no era precisamente agradable.
Quizás era una de esas cosas que salían mejor con la formación adecuada.
Por ejemplo, en un curso podría preguntar cómo se aplicaba mortero por encima de la cabeza sin que te goteara por toda la cara.
Refunfuñando contra Bryndala por no estar aquí para encargarse ella misma de estas cosas, intenté colocarme en otra posición.
En cuestión de minutos, me había rendido y estaba tumbado boca arriba en el suelo fangoso, bajo la junta agrietada. Por eso oí el galope mucho antes de que llegaran los caballos.
Sonaba como varios caballos a galope tendido, algo inusual en un camino rural donde las carretas de bueyes eran el medio de transporte preferido.
El puente tembló a su paso. Tres jinetes, pesados, galopando con fuerza suficiente para que me lloviera polvo y gravilla en la cara.
Justo cuando estaba a punto de salir a gritarles que tuvieran más cuidado con los puentes, aminoraron el paso y se detuvieron.
Sonaban bruscos y escandalosos, y hablaban de un robo como yo hablaría de una visita a la librería. Salteadores de caminos. No podía ser. ¿A plena luz del día? Me arrastré más adentro bajo el puente, porque el peligro no era lo mío.
Hubo un grito agudo, seguido de un golpe sordo y el sonido de algo que arrastraban.
—No merece la pena, déjalo.
Una risa áspera.
—¡Ni siquiera sé por qué lo cogiste!
—Pensé que era una mujer, ¿no?, con esas piernas y esos pantalones tan cortos.
Más risas, seguidas de un gemido. Y luego se marcharon, hacia el sur a juzgar por el sonido de los cascos alejándose. Entonces oí un pequeño quejido que me preocupó. ¿Habían dejado a alguien atrás?
Dejé la llana, subí por el terraplén y me encaramé a la barandilla para saltar al camino.
Había un humano tirado en medio del camino.
Los humanos eran pequeños en general, pero este lo era especialmente: delgado y compacto, poco más de metro sesenta y cinco, con cabello negro, piel morena y un atuendo que no sabría ni por dónde empezar a explicar.
Llevaba unos pantalones cortos de algo morado que brillaba como piedras preciosas y una camisa que más que camisa era una insinuación, transparente y de una especie de malla, que no tapaba nada que necesitara taparse.
Estaba cubierto de polvo del camino, pero aun así se veía que era tremendamente atractivo, con una mandíbula de ángulos marcados y grandes ojos marrones ligeramente rasgados.
Tenía las manos atadas a la espalda con una cuerda basta, y se retorcía sobre los adoquines como un pez fuera del agua, lo que acentuaba los músculos ágiles que su extraña ropa no se molestaba en cubrir.
Estaba en el lado opuesto del puente de donde había subido.
Crucé hacia él. Me vio, y los sonidos se hicieron más fuertes, con una cadencia que sugería angustia extrema, pero la mordaza le impedía articular palabra.
Sus ojos se abrieron de par en par mientras me recorrían de las botas al pecho y de ahí a los cuernos, para luego posarse entre mis piernas, arqueando una ceja.
Quizás tenía barro o mortero ahí. Miré hacia abajo y me sacudí los pantalones mientras me acercaba, compadeciendo al hombre.
Las rutas comerciales del este habían dado problemas últimamente: bandidos que asaltaban a los viajeros, interesados sobre todo en monedas y mercancías.
Quizás por eso iba en ropa interior. Los salteadores le habían quitado todo lo de valor y lo habían dejado prácticamente desnudo.
Al menos no le habían quitado el calzado, que era azul brillante, alto como unas botas bajas, y más extraño que todo lo demás junto. Me arrodillé y examiné la cuerda.
Era abominable, eso es lo que era, dejar a un hombre en ropa interior.
Saqué el cuchillo del cinturón y corté la mordaza, y luego las cuerdas.
El humano se puso de pie de un salto y se arrancó la mordaza de la boca mientras empezaba a hablar: un torrente de sonidos musicales y rápidos, con gestos que abarcaban el camino, el puente, a mí, el concepto de la realidad misma y posiblemente sus sentimientos sobre todo lo anterior. No entendí nada.
—No hablo tu lengua —dije, alargando cada palabra, por si la claridad de pronunciación pudiera de algún modo salvar la distancia entre nuestros idiomas. No sirvió de nada.
Miró el puente, luego el terraplén por el que había subido. El hueco bajo el puente de donde había salido.
—Oh, no soy ingeniero. Solo estaba haciendo unas reparaciones rudimentarias —dije.
Una sonrisa se extendió por su rostro, mitad deleite, mitad travesura, y plantó los pies, cuadró los hombros y comenzó lo que solo puedo describir como una actuación.
Levantó una mano con la palma hacia fuera, como un centinela, se irguió cuan alto era —que no era mucho— y dijo algo en su idioma con voz profunda y dramática. Me señaló a mí, señaló el puente y negó con la cabeza con gravedad teatral.
Estaba bloqueando el puente con su cuerpo a propósito.
Se puso en jarras y separó más las piernas. Dijo algo más, más fuerte esta vez, y dio un pisotón.
—Bueno, tengo que volver a mis reparaciones. Puedes irte cuando quieras. Aunque si antes necesitas ropa, mi casa está aquí mismo, tras la curva.
No podía entenderme. Se cuadró aún más, con la barbilla en alto, y empezó a emitir algo parecido a un gruñido mientras curvaba los dedos como garras.
No tenía ni idea de qué hacer con él. Estaba claro que estaba loco, o era extranjero, o ambas cosas.
Levanté ambas manos en lo que esperaba que fuera un gesto universal de paz. Di un paso hacia el puente.
Saltó frente a mí y se plantó en mi camino, con los brazos extendidos, todavía sonriendo.
La coronilla le llegaba a la mitad de mi pecho.
Dijo algo que sonaba a declaración, apasionada, enfática, ininteligible, y me dio un toque en el esternón con un dedo.
Miró más allá de mí y sus ojos se abrieron de par en par.
Alguien venía, y ese alguien iba acompañado de un mugido que reconocí al instante. El buey de mi hermana Grunnhild, Berta, mugía como una sirena de niebla.
Me volví justo cuando la carreta doblaba la curva.
Grunnhild llevaba las riendas; la menor de mis hermanas, Dagmarra, iba a su lado, tejiendo como siempre.
Entre ellas se sentaba una joven trol que no reconocí.
Era guapa y observaba el paisaje con los ojos muy abiertos, con el interés de quien acaba de llegar al pueblo.
No podía ser otra candidata a casamentera. Eso haría cuatro este mes, y Grunnhild había prometido que la cartógrafa de Ironhold sería la última, y aquí estaba, doblando la curva con una nueva víctima, el buey y la fuerza imparable de la preocupación de hermana.
Necesitaba escapar.
Mi cabaña estaba a doscientos metros por el camino.
Si echaba a correr, podría meterme dentro antes de que alcanzaran el puente, cerrar con llave, correr las cortinas y fingir que me había ido a Highmark durante todo el mes.
Me di la vuelta, dispuesto a abandonar el cubo y el mortero y salir corriendo como si me fuera la vida en ello.
El humano estaba en mi camino.
Seguía bloqueando la entrada al puente con los brazos extendidos, los músculos de los hombros tensos de un modo que habría resultado atractivo de no estar loco.
Estaba soltando un monólogo largo y apasionado.
Si no se callaba, mis hermanas dejarían de parlotear y se fijarían en nosotros.
Hasta su extraña ropa brillaba al sol como un faro.
Necesitaba apartarlo de en medio, así que lo agarré por la cintura y lo levanté del suelo como un saco de harina, dispuesto a dejarlo a un lado y echar a correr, como el cobarde sin vergüenza que era.
No pesaba nada, pero peleó como un gato al que amenazan con un baño: todo uñas y extremidades volando por todas partes.
—No te estoy secuestrando, solo intento que te muevas —siseé mientras su rodilla me golpeaba el pómulo y su pie me daba en el abdomen.
Se retorció entre mis manos y de algún modo me enroscó las piernas alrededor, girando y trepando como si pudiera hacerse con el control si llegaba a lo más alto. Era una cosita ágil, eso había que reconocérselo. Y rápida.
—¿Qué pretendes, humano diminuto? —pregunté, dándole manotazos como a una mosca pesada.
Agarró lo más sólido que tenía cerca, que resultó ser mi cuerno izquierdo, y me rodeó la base con los dedos, justo donde se unía con mi piel.
Justo donde se encontraba la glándula trolgar, encajada contra el cráneo, la glándula que todo trol aprendía a proteger antes de aprender a caminar.
Ninguna mano salvo la de una pareja vinculada debería tocarme allí, y en la cultura trol era una grave violación, pero comprendí que probablemente creía estar luchando por su vida, así que le perdoné la transgresión.
Entonces agarró el otro cuerno, con el pulgar presionado en el hueco suave detrás de la raíz del cuerno, los dedos curvados alrededor de la cresta, y se aferró mientras se izaba hasta mis hombros y me enroscaba las piernas alrededor de la garganta.