Capítulo 13 #5
—Así que… gracias. No por salvarme. Nadie puede salvar a un adicto que no quiere salvarse. Pero gracias por darme un lugar donde volver a intentarlo.
Erin le sostuvo la mirada. Sintió que la palabra justicia no era solo una estatua o una sentencia. Era aquello… alguien vivo respirando junto a ella.
—Peter, tú siempre has sido mucho más que tu historia. Te conozco bien.
Él parpadeó con fuerza, incapaz de contener las lágrimas.
Ella se apartó un mechón de pelo de la cara y tras unos segundos de silencio, cambió el tono.
—Por cierto, ¿dónde está el psicólogo de la clínica que te recomendé? —preguntó Erin—. Es de los mejores y un gran amigo mío. Lo conocí hace muchos años, en Baton Rouge. Tengo que felicitarle.
Peter sonrió secándose las lágrimas y señaló hacia el fondo del vestíbulo.
—Ahí. El de la bata blanca, el que está hablando con esa mujer.
Ella se giró enseguida y lo vio.
Hubiera reconocido aquella silueta en cualquier parte. El psicólogo estaba de espaldas, moviendo los brazos con lentitud, manteniendo una conversación con otra trabajadora de aquel lugar.
Erin se acercó por detrás.
—Lucien Bellamy… —dijo al llegar a su altura con una voz teatral, cruzándose de brazos.
El psicólogo se giró al escuchar su nombre. Tenía el mismo rostro que la última vez que se vieron y en la mirada proyectaba la misma inteligencia luminosa, pero su piel había cambiado, tenía algunas quemaduras por el cuello y las manos.
—¡Erin Cross! —exclamó Lucien con una sonrisa y los brazos abiertos—. Veo que estás acompañada de una de mis joyas de la corona.
Ambos sonrieron y se fundieron en un abrazo de amistad. Peter Halliday se dio por aludido y sonrió.
—Gracias por hacer realidad todo esto, Cross. —Lucien miró a su alrededor el nuevo Cecil lleno de vida— La verdad es que es un lujo poder trabajar aquí. Este lugar tiene mucho potencial…
—Esa cara la conozco. ¿Qué planes tienes, Lucien? —preguntó Erin.
Lucien Bellamy dejó escapar una leve sonrisa, mirando alrededor del vestíbulo.
—Este sitio es como un muñeco nuevo, señoría. Recuerda un poco al viejo sí… conserva su forma… pero voy a coserlo con piezas distintas y al final brillará como si nunca hubiese estado roto.
—Nunca te gustó responder con frases simples —replicó Erin.
—Jamás, señoría.
Caminaron juntos por el pasillo, cruzándose con trabajadores y pacientes. El aire ya no olía a polvo ni a miedo, olía a esperanza.
—¿Te puedo hacer una pregunta, Lucien? —soltó Erin de golpe.
—Claro, dispara.
—¿Por qué dejaste Luisiana? Si se puede saber… —preguntó Erin.
Lucien sonrió de nuevo.
—Por trabajo —dijo—. Siempre voy de aquí para allá, ya me conoces.
Pero este proyecto era demasiado importante como para decirle que no.
Luisiana… —Su mirada se perdió un segundo tras una ventana de aquel hotel, como si viera más allá del hormigón de Los Ángeles—.
Allí siempre estará mi corazón. Volveré…
pero de momento lo dejaré latiendo un tiempo más.
Erin asintió lentamente con una sonrisa.
Después de pasar la mañana allí con Peter, salió al exterior para coger aire.
Afuera, Skid Row ya no era un cementerio a cielo descubierto, sino un barrio con gente entrando y saliendo de aquel viejo hotel, con personal sanitario en cada rincón, tratando a los pacientes con humanidad y guiando a los recién llegados.
Por fin, Erin Cross pudo sentirse satisfecha.
Sin embargo, su móvil sonó de repente y como ocurría en los momentos de calma… la vida siempre le daba un descanso breve antes del caos.
Un mensaje de Clara Hale.
—Ven a la fiscalía ¡ES URGENTE!
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
18 de abril de 2026
No hubo más. Ni una palabra de contexto, ni un pequeño detalle. Ese enigma la hizo caminar más rápido por el pasillo de la fiscalía hasta llegar al piso once.
Erin empujó la puerta del despacho de Clara y no tuvo tiempo de preguntar nada. Clara se levantó de golpe y se abalanzó hacia ella.
La abrazó con fuerza, con un temblor que Erin reconoció al instante. No era miedo, era el peso de una verdad insoportable.
—Clara… —susurró Erin, que estaba rígida en aquel abrazo—. ¿Qué ocurre?
Clara se apartó despacio con los ojos húmedos y respiró hondo como si estuviera a punto de saltar al vacío.
—Te lo tenía que decir en persona —dijo con la voz temblorosa—. Es sobre tu exmarido.
El silencio que siguió después lo sintió como una puñalada en el estómago. Erin se quedó petrificada, esperando que continuara.
—Lo han encontrado en la autopista, la que atraviesa Pasadena, en el kilómetro 15 de la SR-110.
Erin cerró los ojos un instante, despacio, como si quisiera que lo siguiente que dijera Clara fuera la palabra muerto.
—Muerto… —dijo al fin Clara, completando la frase.
Erin apoyó las manos en la mesa de Clara.
Tuvo que sentarse. El aire parecía volver a entrar en sus pulmones. Se sintió aliviada. Sabía que no estaba bien sentirse así, pero no podía controlar sus emociones, aunque por fuera intentara parecer siempre una piedra.
—Dime cómo —dijo Erin sin mirarla a la cara.
—El coche estaba atravesado en el arcén, con las luces aún encendidas. El parabrisas estaba reventado. Los agentes dicen que llevaba muerto varias horas cuando lo encontraron. Tenía cortes, como si lo hubieran bajado del coche a la fuerza. Y…
—¿Qué? —preguntó Erin con urgencia.
—Alguien… alguien dibujó unas alas blancas con spray alrededor de su cuerpo —soltó Clara—. El Ángel de la Autopista debe estar detrás de esto.
Erin no contestó. El silencio se estiró tanto, que Clara tuvo que hablar de nuevo.
—¿Estás bien, Erin?
—Siento… alivio, Clara —murmuró—. Por primera vez en mi vida, un nudo acaba de desnudarse en mi estómago.
—Ya no tendrás que salir escoltada nunca más, Erin. ¿No es genial?
—Lo sé. Pero no es eso…
Erin se puso en pie de nuevo.
—Mi exmarido murió mucho antes de esa autopista —continuó—. Ya no tendré que imaginarlo más intentando mandar cartas a mi hija que intercepto desde hace años… ya no tendré que mirar por encima del hombro a todo el mundo por si algún día me manda a alguien desde la cárcel…
—Que se joda, Erin. Se lo merecía. Aunque negaré ante un Tribunal que he dicho esto.
—Si algo he aprendido en estos meses, es que en el fondo no todos merecen la justicia que aplicamos. Algunos merecen que la rueda de la fortuna les pase por encima sin frenar. Y esto… también negaré ante un Tribunal que lo he dicho.
Su marido estaba muerto. Y lo peor, o lo mejor…
era que parte de ella lo celebraba. Si hubiera sido una diosa y estuviera por encima del bien y del mal, quizá le habría regalado al Ángel de la Autopista el indulto más grande del mundo, porque había hecho lo que el sistema no podía hacer, ejecutar a aquel cabrón.
Pero Erin no era una diosa. Era fiscal. Y su trabajo no era otorgar perdón, sino aplicar la ley. El Ángel de la Autopista debía pagar por lo que había hecho y por todos sus crímenes.
Una lista de asesinatos se extendía como una sombra en las carreteras de Los Ángeles. Fugitivos, prófugos, tipos en busca y captura que la policía no conseguía hallar... y ahora, uno por uno, aparecían muertos en el asfalto, con unas alas blancas pintadas bajo su espalda.
No parecía algo que viniera de los juzgados. Aquellos muertos ya estaban juzgados de antes, eran fugitivos.
El olfato de Erin se dirigía hacia LAPD.
—Se avecina otra guerra, Clara —dijo ella.
En ese momento, Erin se dirigió hacia su despacho.
El tribunal secreto había caído, pero un nuevo fantasma se había alzado en las autopistas de Los Ángeles.
Erin marcó el número de Ray.
Él no tardó en responder.
—¿Cross? Justo me pillas en mitad de un interrogatorio de alto nivel. Estoy en Venice Beach con Carter. Estamos apretando a un sospechoso duro… trece años, gorra al revés, se cree que inventó el skate.
Erin puso los ojos en blanco y suspiró.
—No me sorprende —dijo—. Tú siempre cazando peces gordos…
—No subestimes a este mocoso. Tiene más calle que nosotros.
Se escuchó la carcajada de Carter al otro lado.
—Tengo que hablar con vosotros, Ray —dijo Erin.
—¿Qué ocurre, Cross?
Hubo un silencio breve, pero Erin habló sin rodeos.
—Han encontrado a mi exmarido muerto. Me acabo de enterar.
Ray se quedó callado un segundo y luego estalló por el altavoz.
—¡¿En serio?! ¡Joder, por fin! Un cerdo menos en la ciudad.
—Ray… —dijo Erin con voz de advertencia.
—¡Vamos, Erin! No me digas que no sientes alivio. Ya no tendrás que salir mirando hacia atrás. Aunque tenga unas alas nuevas, ese cabrón jamás pisará el cielo.
Erin abrió los ojos de par en par y su respiración se entrecortó poco a poco… se quedó congelada en el teléfono.
—¿Cross? ¿Me escuchas? —preguntó Ray, pensando que fallaba la cobertura.
—Ray… —dijo ella con un tono bajo, casi en un susurro—. Yo no he mencionado nada sobre ningunas alas…
El silencio al otro lado de la línea fue absoluto.
Erin cerró los ojos. Sabía que la rueda de la fortuna había vuelto a girar.
Ya puedes escuchar la canción oficial de Skid Row
Esta imagen fue tomada en 2015 en el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard.
Llegué a Los Ángeles con 23 años y, más de diez años después no imaginé que, sobre las mismas baldosas de mármol caminaría el personaje de Erin Cross como quien pisa lápidas en un cementerio hasta dar con Marilyn, descubriendo que las estrellas no están allí para que las mires, están para que las pises.