Skid Row
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PRÓLOGO
Beatriz García Guirado
Periodista, escritora y autora de “La chica muerta favorita de todos”
Igual que ocurre con otras ciudades, muchas novelas sobre Los Ángeles están salpicadas de tópicos del noir, pero no sucede así en Skid Row, donde el autor demuestra un conocimiento de este enorme inconsciente colectivo que es L.A.
: desde sus calles a las complejidades de su sistema judicial o la manera en que los angelinos —de origen o adopción— fabrican sus propias leyendas que, en ocasiones, son profecías autocumplidas.
Una ciudad que es una mancha de Rorschach, donde cada cual llega por un motivo diferente —en ocasiones, buscando la fama—, pero no tarda en encontrar otra cosa.
¿El qué? La epidemia del fentanilo como infierno artificial; la violencia y la muerte no exentas de fascinación; la condición de “burbuja” a todo lujo de vecindarios como Beverly Hills…
La sombra de Hollywood cerniéndose sobre todo, como si el sueño hubiese rebasado la pantalla.
Escribe Dorian Derek que Los Ángeles es uno de sus lugares favoritos en el mundo porque “todo es mentira”.
Pero, ¿se puede buscar algo de justicia en un lugar en el que nada es lo que parece?
Un circo de cinco pistas y no tres, como la describió un mafioso de la época, donde el león de la Metro salta los aros de humo en el City Hall y los agentes del orden a menudo se balancean en la cuerda floja, a un lado y otro de la ley.
Si Erin Cross, la protagonista de Skid Row, fuese una poli, la llamarían “manzana cuadrada”.
Pero es fiscal del distrito y, para ella, la justicia es innegociable.
Tanto como para haber abandonado su cómodo puesto como jueza para meter las manos en una harina con la que no se pueden hacer ni pretzels.
Estratega, dura como las uñas y, como la mayoría de nosotras, cargando con un pasado de machismo y violencia que, paradójicamente, la ha hecho ser quién es.
Probablemente, el personaje más real de un L.A.
que, como Parker apuntó en Savage (1981), es «la última y mayor de todas las alucinaciones humanas».
Este es uno de los aciertos de la novela: Cross.
Una mujer montada en la noria del crimen, que tiene que bregar con las extrañas misivas de un asesino serial dirigidas a wannabe(s) de Hollywood trabajando codo con codo con “polizontes” poco confiables que la inmiscuyen, aunque no quiera, en otros misteriosos asesinatos que van complicando la madeja.
¿Quién es el “Ángel de la Autopista”? ¿Qué tiene que ver el crimen de la Dalia Negra con el “suicidio” de Marilyn?
¿Adónde se han ido todos los vagabundos de Skid Row?
¡Ajá! El nuevo L.A., igual que el viejo, domina el arte de barrer bajo la alfombra roja.
Por si esto fuera poco, Cross debe enfrentar su propio karma en forma de hija adolescente con aspiraciones de convertirse en actriz y a merced de un “capullo” peligroso.
Sí, a la fiscal le crecen los enanos en el circo de L.A.
, de la que el autor afirma: “Existen dos tipos de drogas en esta ciudad. Las sustancias que todos conocemos y el ego, la necesidad de ser visto, reconocido y aplaudido”, y, añadiría, amado.
Elfriede Jelinek escribió: “Nos merecemos lo que somos capaces de soportar”.
¿Exigirá Erin Cross justicia con ella misma cuando el espectáculo de los medios pida más carnaza o la fiesta de togas empiece a tomar un derrotero siniestro?
Con Skid Row, Dorian Derek continúa el road trip criminal, iniciado con Tres Cruces y el vudú de New Orleans, por la geografía de Estados Unidos.
Donde disecciona, como psicólogo forense y escritor, las oscuridades de la mente humana en sus más variadas, excéntricas y oscurísimas formas.
Suele decirse: “Pueblo pequeño, infierno grande”.
Multiplique por 50 estados y sus respectivas ciudades y pueblos —también los fantasmas— y tendremos thriller para rato.
Yo, qué quieren que les diga, me quedo con esta verdad vertida por su autor sobre una ciudad donde “todo es mentira” en L.A.: “Los tribunales generan precedentes legales; pero los asesinos, precedentes culturales”. ¿Qué fue primero, Manson o la gallina?
Bienvenidos a Skid Row… Donde incluso las estrellas acaban estrelladas.