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(De la correspondencia entre el interno D. S. y N. V. Cartas conservadas por la destinataria. Se transcriben fragmentos.)
«Nora: no hace falta que vengas más. Lo digo sin dureza, al contrario.
Verte me devuelve al mundo de fuera, y el mundo de fuera, para mí, ya solo es ruido.
Aquí he encontrado una cosa que nunca tuve: un sitio que coincide exactamente con lo que merezco, ni más ni menos.
Es una forma de paz que no espero que entiendas, y que ojalá no tengas que entender nunca.
Escríbeme si quieres. Leer no me devuelve al mundo; leer siempre fue mi manera de estar a salvo de él. — D.»
«David: he empezado a escribir el libro.
Cada mañana miro el cajón donde guardo lo que me pediste que borrara y que no borré del todo —ya lo sabes, te lo confesé, soy incapaz de destruir una palabra, es mi enfermedad—.
No voy a usarlo. Te lo prometí y lo cumpliré.
Pero necesito que sepas que existe, que en algún lugar del mundo hay cuarenta minutos y una libreta que dicen la verdad, aunque nadie los lea jamás.
Me pediste que algo verdadero existiera, aunque fuera sin testigos.
Existe. Lo guardo yo. Soy tu testigo, y voy a callar.
Las dos cosas, a la vez, para siempre. — N. »
«Nora: gracias. Es lo único que necesitaba: que existiera.
La gente cree que el infierno es no saber la verdad.
No lo es. El infierno es que la verdad no exista en ninguna parte, ni siquiera en un cajón cerrado.
Mientras tú guardes esa libreta, mi hermana fue una niña antes de ser lo que fue, yo me puse delante y no al revés, y hubo, en aquella casa de mal recuerdo, un canario que salió volando.
Que nadie lo lea es el precio. Que exista es el milagro.
Cuida la libreta. Es lo más parecido a una tumba que tendremos ninguno de los tres. — D.»
«David: hoy ha salido la serie. El actor que te hace temblar todo el rato.
Pensé en lo que me dijiste, en que la gente necesita monstruos que tiemblen, y me dieron ganas de gritarle a la pantalla que el hombre de verdad no temblaba, que el hombre de verdad hacía la cama en doce minutos y se quemó las manos sujetando.
Pero no grité. Apagué la tele y abrí, por primera vez en tres años, el cajón.
No leí la libreta. Solo la toqué, para asegurarme de que sigue ahí.
Sigue ahí. Buenas noches, hermano de nadie.
Duerme, que se te da bien. Yo guardo. — N. »