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Antes de confesar, tuve que convencer a mi propio abogado de que me dejara hacerlo, y fue, de todas las conversaciones de aquellos días, la más difícil, porque era la única con alguien que intentaba salvarme.
Se llamaba Quílez, era joven, de oficio, y tenía esa indignación limpia de los que todavía creen que el derecho sirve para que gane la verdad.
Vino a verme con una carpeta llena de motivos para pelear: el informe de Vega, las quemaduras, la ausencia de móvil para los crímenes antiguos que se me atribuían, la posibilidad real de desmontar la acusación pieza por pieza.
Lo expuso con entusiasmo, convencido de que me traía una buena noticia, la mejor: que podía salir, que no todo estaba perdido, que con su ayuda quizá ni siquiera entraría en prisión.
Lo escuché entero, por respeto a su entusiasmo.
Y luego le dije que no. Que iba a confesar.
Que no quería recurrir, ni defenderme, ni desmontar nada.
La cara que puso no la olvido: la del médico joven al que el paciente rechaza el tratamiento que le salvaría la vida.
Me preguntó por qué, una y otra vez, con la honradez de quien no concibe que alguien rechace su propia inocencia.
Y yo no podía darle la razón verdadera, porque la razón verdadera tenía nombre de mujer enterrada en un pueblo, y darle ese nombre habría sido traicionarla.
Así que le di la única explicación que un abogado puede archivar: «Soy culpable, letrado.
No de la forma en que usted cree, pero culpable.
Y hay culpas que no caben en su carpeta.
» Quílez insistió, alegó, me trajo jurisprudencia, me habló de mi futuro, de los años, de la vida que tiraba por la borda.
Era buen chico. Hacía bien su trabajo. Al final, derrotado, me hizo firmar un documento en el que constaba que actuaba contra su consejo expreso, para cubrirse, y, al firmarlo, me miró con una mezcla de lástima y de algo más incómodo, casi de miedo, la que se reserva para quien hace, con plena lucidez, lo contrario de lo que cualquiera haría.
«No le entiendo, señor Salinas», dijo al marcharse.
Le contesté lo único cierto: «Lo sé. Y le envidio por ello.
Que no me entienda significa que usted no viene de donde yo vengo.
Cuídelo. Es lo más valioso que tiene: no entender a los hombres como yo. »
Se fue. Cumplió, eso sí, su trabajo hasta el final: dejó constancia en el sumario de las reservas de Vega, por si algún día, sin mi permiso, alguien quería usarlas.
Aún hoy, supongo, esas reservas duermen en un expediente, junto a las quemaduras de mis manos y a la frase de una inspectora jubilada, formando entre todas una verdad que existe y que nadie ha querido leer.
Como mi hermana. Como yo. Como casi todo en esta historia: cierto, archivado y sin testigos.