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(Marina)
Hubo, en el norte, una chica. Lucía. Y es la única persona del mundo, además de mi hermano, a la que, de adulta, no he hecho daño, aunque tuviera motivos para hacerlo, y por eso la cuento.
Compartimos pupitre en dos cursos, en aquel colegio gris de monjas donde la tía me había matriculado para que «las hermanas me enderezaran».
Lucía era todo lo que yo no: ruidosa, torpe, generosa sin cálculo, de las que se ríen con la boca entera.
No sé por qué se empeñó en ser mi amiga; quizá por lo mismo que ciertos animales se acercan a lo que deberían temer, por una inocencia que no distingue el peligro.
Me invitaba a su casa, una casa normal, con padres que se hablaban sin gritar y un olor a comida que no ocultaba nada.
Yo iba, me sentaba a su mesa, observaba aquella normalidad como un antropólogo observa una tribu cuya lengua no hablará nunca, y volvía al cuarto sin ventana de la tía con una rabia fría que no sabía dónde poner.
Un día, Lucía descubrió algo. No sé qué vio exactamente —quizá cómo miré a un gato que se había metido donde no debía, quizá una de las cosas pequeñas que de niña hacía y que las monjas atribuían a «mal genio»—.
Pero un día me miró distinto, con un principio de miedo asomándole a los ojos, el mismo miedo que años después le vería a una compañera de piso socorrista y a una psicóloga buenísima.
Y entendí, con doce años, que Lucía estaba a un paso de volverse legible para mí, de contarme, de señalarme.
Sabía ya, instintivamente, lo que había que hacer con la gente que te vuelve legible. Lo sabía desde un pasillo .
No le hice nada. Es lo único que de verdad me redime, si algo me redime, y lo cuento sin orgullo, porque no fue virtud: fue agotamiento, o nostalgia, o la última astilla de la niña de la acequia.
Me alejé de Lucía. Dejé de ir a su casa, dejé de hablarle, fui cruel con la única crueldad limpia que existe, la de la distancia, hasta que su miedo se transformó en desconcierto y luego en indiferencia y al final me olvidó, como se olvida a una compañera rara de pupitre.
La protegí de mí quitándome yo de en medio.
Es exactamente lo que mi hermano hacía conmigo de niña —ponerse delante—, pero al revés: yo me aparté para no caerle encima.
Fue mi único acto de amor de aquellos años, y nadie lo vio, y la propia Lucía vivió y murió de vieja, supongo, sin saber jamás que una tarde estuvo a un pelo de ser mi primera ciudad, y que se salvó porque, por una vez, elegí desaparecer yo en lugar de hacer desaparecer a otra.
Donde ya han mirado, decía mi hermano. Aquella vez me escondí yo.
Para que Lucía siguiera riéndose con la boca entera.
Es lo más bonito que he hecho nunca. Y consistió, simplemente, en marcharme.