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Una mañana, al volver de la panadería, supe que Marina había estado en mi casa.
No por desorden, sino por lo contrario. Me di cuenta a través de una pulcritud que no era la mía, en lugar del caos.
La taza de hojicha vacía, que yo dejaba siempre a la derecha de las gafas de sol, estaba a la izquierda.
Las zapatillas, paralelas a la pata de la cama, miraban hacia la ventana en lugar de hacia la puerta.
Detalles que, para cualquiera, no existirían y que, para mí, gritaban.
Alguien había recorrido mi piso, lo había examinado con una atención idéntica a la mía y, al recolocarlo todo, había cometido el único error posible: lo había dejado demasiado perfecto, perfecto a su manera y no a la mía, como una falsificación impecable que solo el propio artista reconoce.
Me senté en el sillón del estudio y razoné.
La cerradura estaba intacta; o tenía llave, o sabía abrir sin forzar, dos posibilidades igual de inquietantes.
Llevaba semanas, quizá meses, entrando en mi ausencia.
Por eso conocía la disposición de mis cuchillos, la marca de mi té, el orden de mis manías: no lo había deducido desde su ventana con prismáticos, como yo había supuesto.
Lo había tocado. Había vivido mi vida de puntillas mientras bajaba a por el pan, había dormido quizá en mi sofá, había leído quizá mi cuaderno —el cajón seguía cerrado, pero un cajón cerrado no significa nada para quien aprendió de niña a salir por la ventana del lavadero sin hacer ruido—.
Debería haber sentido violación, ultraje y la rabia de quien descubre profanado su santuario.
No la sentí. Sentí, para mi vergüenza, una intimidad espeluznante.
Marina y yo nos habíamos pasado diecisiete años solos, ilegibles, cada uno en su pared del patio de la vida, y ahora resultaba que ella llevaba meses habitando mi orden con el sigilo con que se habita un recuerdo.
No me espía como a un enemigo. Me habitaba como una hermana fantasma.
Y esa diferencia, comprendí mientras devolvía la taza a su derecha y giraba las zapatillas hacia la puerta, era exactamente lo que la hacía más peligrosa que cualquier enemigo: que una parte de mí, la más sola, la más antigua, se alegraba de no estar solo en casa.