Sin Salida (DC Jake Tanner 16) Capítulo 30
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Capítulo 30

Q uince segundos y contando.

La respiración de Jake era rápida, tenía los nervios a flor de piel y temblaba de forma incontrolable. El sonido y el ambiente de la estación circundante se volvieron amortiguados y silenciosos, como si alguien le estuviera colocando tapones de gran tamaño en los conductos auditivos.

Lucy arremetió hacia él, pero se detuvo enseguida cuando Jake extendió el brazo hacia ella. —¡Hay una bomba! ¡Dile a todo el mundo que se aleje!

Lucy se quedó sin aliento, se dio la vuelta y gritó a todos los que estaban cerca que evacuaran.

Conociendo a la raza humana, no harían nada a menos que tuvieran un motivo.

A pesar de que Lucy les decía que había una bomba, poca gente se movía, con los auriculares enterrados profundamente en sus oídos.

Jake tenía la respuesta. Rompía todos los protocolos y reglas existentes. Pero era la única forma de evitar que todos los presentes en el andén sufrieran daños.

Tan rápido como pudo, sacó la pistola que le había robado al hombre de la capucha y disparó. Dos disparos al pequeño candado que colgaba del lateral de la caja, y uno al aire.

Saltaron chispas cuando la bala chocó contra la carcasa metálica. El candado saltó por los aires y aterrizó en el suelo. Gritos y exclamaciones estallaron detrás de él. El golpe repetitivo de las pisadas aseguró a Jake que todo el mundo se estaba desplazando hacia donde debía.

La puerta de la caja de fusibles se abrió.

Cinco segundos y contando.

En un pequeño contenedor de plástico, Jake pudo ver el temporizador en cuenta regresiva.

Varios cables sobresalían de un pequeño dispositivo que albergaba los explosivos.

Un agujero de bala se encontraba a pocos centímetros del ingenio.

Había tenido suerte de no disparar a los explosivos y saltar por los aires.

Tres segundos y contando.

No había tiempo de hacer nada. No había tiempo de hacer nada excepto una cosa.

¡Correr!

Jake dio media vuelta sobre sus talones.

El andén se había despejado unos quince metros.

Jake esperaba que fuera una distancia lo bastante segura.

Sin pensarlo, se lanzó desde el borde del andén hacia la vía.

No había otra opción; estaba demasiado cerca de los explosivos y, en cuanto detonasen, moriría, ya fuera por la fuerza de la explosión o por los pequeños fragmentos de metralla que saldrían disparados contra su espalda.

Jake aterrizó con fuerza sobre los raíles metálicos. Todo el peso de su cuerpo aplastó su hombro derecho. Un dolor agudo le recorrió todo el brazo y la parte superior del cuerpo.

Era demasiado tarde para preocuparse por si venía algún tren.

Entonces se produjo la explosión.

El estruendo fue ensordecedor. Incluso allí abajo, en la vía, sintió que el calor abrasador le quemaba el vello de la parte posterior de las piernas a través de los pantalones. Mientras yacía encogido, una lluvia de metralla ardiendo cayó sobre él.

Permaneció allí unos segundos, en silencio, recobrando el sentido, dejando que el pitido de sus oídos alcanzara un equilibrio. El dolor en su hombro era insoportable y, con un ligero movimiento del brazo, calculó que nada se había roto ni dislocado; solo estaba severamente magullado y dañado.

Se levantó con el brazo izquierdo y se puso en pie.

Al erguirse, miró frente a él. El ruido y la desorientación de la explosión le habían alterado todos los sentidos.

Ante él, aproximándose a toda velocidad, había un vagón de tren de veinte toneladas; el logotipo rojo y azul del metro de Londres estaba a punto de ser lo último que viera en su vida.

El tren aplicó los frenos. Chirriaron y sisearon cuando el metal chocó con el metal, lanzando chispas en todas direcciones.

Diez metros le separaban de una muerte inminente.

—¡Jake! —bramó Lucy—. ¡Jake! —Su voz era tan aguda como la sensación de pitido en sus oídos. Jake salió de su trance y miró a Lucy, que estaba metro y medio por encima de él. Agachándose, le tendió la mano para que se agarrara.

Él se aferró con todas sus fuerzas. Su vida dependía de ello. Sus manos se apretaron entre sí y sintió que ella tiraba de él hacia arriba. Saltó y rodó sobre el borde del andén.

Justo cuando aterrizaba en el andén, el tren evitó sus pies por muy poco. Rozó el talón de su pie derecho.

Ya estaba en el andén. A salvo y vivo.

Jake rodó sobre su espalda, sin aliento y en estado de shock. Su pecho jadeaba mientras yacía sobre el pavimento frío y duro. Cerró los ojos. Una mano suave le tocó la cara y el hombro.

Lucy le había salvado la vida y, por ello, le estaría eternamente agradecido. Le debía una gratitud que sabía que nunca podría ser correspondida.

Ella le ayudó a ponerse en pie y le sacudió la ropa. Cuando él se dio la vuelta, se tranquilizó. El desastre tras de él era mínimo. No había cadáveres esparcidos por el suelo, solo fragmentos de metal y trozos de cable.

—¿Estás bien? —preguntó Lucy. Jake asintió lentamente. Le dolía la cabeza, pero no iba a dejar que eso lo detuviera.

—Vamos, tenemos que irnos. —Jake se dirigió hacia la salida del andén y agarró el brazo de Lucy.

El andén se había vaciado. Jake y Lucy eran los únicos que quedaban, salvo por la multitud de personas que formaban un cuello de botella junto a la salida, intentando escapar.

A Jake le dolía todo el cuerpo y hacía muecas de dolor cada vez que movía las extremidades.

Necesitaba seguir moviéndose, necesitaba mantener la mente alejada de aquello, necesitaba dirigirse a Trafalgar Square a tiempo.

El único problema era el escaso tiempo que tenían para llegar.

Jake consultó su reloj. Eran las 15:23, y Trafalgar Square estaba a algo más de treinta kilómetros por carretera. Jake no era optimista.

El dolor de su cabeza y su cuerpo empeoraba al pensar en una posible solución que les permitiera llegar a tiempo.

Jake se volvió hacia Lucy. —¿Alguna idea?

Ella negó con la cabeza, pero cuando salieron a la calzada abierta, se le ocurrió algo. No era mucho, pero era suficiente para darles al menos una oportunidad. Ahora lo único que tenía que hacer era ponerlo en práctica.

Jake salió del vestíbulo de la estación de Upminster y buscó con la mirada lo que necesitaba.

Los coches, los ciclistas y los peatones que pasaban zumbando a su lado le desorientaban.

Se sentía como en una escena de película, apareciendo como algún experimento humano en fuga que acabara de empezar a sentir los efectos de las drogas que le habían suministrado.

Entonces, a su derecha, acercándose rápido, algo le llamó la atención. Se plantó en medio de la calle y una motocicleta se detuvo derrapando. Perfecto , pensó Jake. Justo lo que el médico me ha recetado . Lucy le alcanzó y se situó directamente a su izquierda.

La moto era una Suzuki GSX-R600, elegante y ágil, con un exterior rojo y kit de carrocería de competición. El nuevo diseño y el motor permitían una salida más rápida y unos giros más veloces y suaves. Era exactamente lo que Jake necesitaba.

El único problema era conseguirla. Nadie en su sano juicio iba a entregar esta máquina tan fácilmente.

—Perdone, señor, necesito la moto. —Jake fue directo al grano mostrándole su placa.

El hombre de la moto se levantó la visera para inspeccionarla.

—¿Para qué?

—Trabajo para el Mando Antiterrorista y tengo que llegar a Trafalgar Square en una media hora. Su moto es la máquina ideal para el trabajo. Estará en buenas manos. Ya he conducido antes —explicó Jake.

—No llegará nunca, colega. ¿Sabe lo lejos que está?

—Sí. No tenemos mucho tiempo, señor.

El hombre miró fijamente a Jake a través de la pequeña rendija de su visera y luego a Lucy. Miró su moto como si le diera un último adiós.

—Está bien —dijo—. Pero tome mis datos y deme los suyos para que, si la jode, me consiga una nueva.

Jake asintió y Lucy intervino para anotar los datos del hombre en su teléfono. Mientras el hombre se quitaba el casco y se lo entregaba a Jake, el detective acarició con sus manos el manillar de la motocicleta. Hacía tiempo que no montaba en una. Nunca se olvida, ¿verdad? Como montar en bicicleta .

—¿Tiene otro casco para mi colega? —preguntó Jake, esperanzado.

El hombre negó con la cabeza. —Lo siento, no. Voy solo.

—No pasa nada. —Jake se volvió hacia Lucy—. Toma, póntelo tú.

—No, no puedo —dijo ella.

—No voy a discutir contigo, Lucy. Cógelo .

Jake observó la moto un momento, recordando, mientras Lucy se ponía el casco.

Tenía veintidós años cuando tuvo la última.

Solía recoger a Elizabeth y llevarla a la costa el fin de semana.

Le encantaba cómo sentía que ella se aferraba a él con fuerza, uniendo sus cuerpos mientras él sentía la potencia bruta del motor de su moto rugiendo entre sus piernas.

También había disfrutado de la responsabilidad; ella era la carga preciosa y él el piloto.

Ahora iba a ocurrir lo mismo. Solo que esta vez con una mujer diferente, bajo circunstancias distintas.

Jake y Lucy se acomodaron en la moto. Jake giró el acelerador y sintió el rugido de potencia del motor bajo él. Un subidón de adrenalina le hizo sentirse mucho más fuerte, alerta y concentrado.

Asintiendo al dueño, Jake aceleró. Lucy se agarró a su cintura y partieron.

Treinta kilómetros en treinta y seis minutos sin sirenas policiales ni luces azules... haría falta un milagro para que llegaran a tiempo. Pero eso era por las concurridas calles de Londres, y Jake no tenía intención de limitarse a las carreteras.

Mamadou llevaba los últimos quince minutos hablando por teléfono con Tyler.

Había mucho de lo que ponerse al día y Tyler intentó cubrirlo todo.

En parte porque Mamadou se lo pidió, y en parte porque sabía que estaría en un lío con Mamadou si más tarde este se daba cuenta de que se había dejado algo fuera.

Tyler informó a su jefe de la identificación positiva de Moshat Hakim y de cómo era su sospechoso número uno.

También le dijo que todavía tenían que encontrar a un cómplice; un posible hermano que también formaba parte de toda la orquestación.

Por mucho que le doliera a Mamadou saber que se lo estaba perdiendo, incapaz de cumplir con su deber como Superintendente Jefe de Detectives, se tranquilizó al darse cuenta de que Tyler, Jake y todo el equipo del CTC lo tenían bajo control en cierto modo.

—Parece que te he entrenado bien —dijo Mamadou, riendo frente a la ventana del hospital.

—Eso parece, ¿verdad? —dijo Tyler en su oído—. ¿Cómo está tu madre?

Mamadou se apartó de la ventana para mirar a su madre. Ella yacía dormida en la cama.

—No muy bien. Salió de la cirugía hace veinte minutos. Está conectada a una máquina tras otra. Las enfermeras y los médicos han estado revisándola cada cinco minutos, vigilando su estado. Han dicho que en las próximas horas su corazón podría fallar de nuevo, y entonces eso podría ser todo.

Mamadou habló en un tono suave, claro. Era inquietante escucharse a sí mismo hablar de esa manera.

Hacía mucho tiempo que no lo hacía y sabía que siempre significaba que las malas noticias estaban a la vuelta de la esquina.

La última vez que había hablado así fue cuando su mujer lo dejó.

Habían pasado toda la tarde discutiendo su matrimonio, pero después de que ella concluyera que ya no lo amaba, hizo sus maletas y se marchó.

Veinte años de matrimonio esfumados en un instante, sin posibilidad de ser rescatados jamás.

—Mam... —dijo Tyler, sacando a Mamadou de sus funestos pensamientos—. Lo siento mucho.

—No pasa nada. No hay nada que tú ni nadie pueda hacer —dijo Mamadou. Apartó la vista de su madre hacia el televisor—. Espera, Stuart. ¿Qué es esto?

—¿Qué pasa? —preguntó Tyler.

—¿Eres tú el que veo en la televisión? ¿Detrás de la Comisaria Adjunta, delante del número 10?

Tyler se rió entre dientes. Había un rastro de presunción en la risa.

—Sí —dijo.

—Cielo santo, ¿a quién has tenido que complacer para conseguir ese privilegio? —preguntó Mamadou. Agradecía estar solo en la habitación con su madre, no fuera que alguien le oyera y le denunciara—. Me estás haciendo el trabajo, colega.

Ambos se rieron a carcajadas. Reír era bueno. Reír alejaba su mente de todo. La risa lo convertía en quien era.

—Lo siguiente será ir a por el ascenso de Jake —dijo Tyler.

—¿Te has enterado entonces?

—A Frances se le soltó la lengua delante de toda la oficina cuando tuvieron una riña de enamorados. —Tyler hizo una pausa—. ¿Cómo lo lleva él? ¿Crees que lo conseguirá?

—Sin duda. ¿Crees que se lo merece?

—Más que nadie que conozca, jefe. Se deja la piel trabajando cada día y adora a su familia.

Me dijo que son la única razón por la que hace lo que hace; para que estén a salvo en el mundo.

No seré yo quien se interponga en eso. Si necesita que lo haga, defenderé su caso por él.

—La voz de Tyler se volvió queda, como si tuviera un nudo en la garganta.

—Eres un buen amigo, Ty. Un detective de pacotilla, pero un buen amigo.

—Vete a la porra —respondió Tyler.

Justo cuando Mamadou estaba a punto de soltar otro insulto en el oído de su empleado, el monitor de ritmo cardíaco de la máquina junto a su madre pitó.

Los números junto a la línea flexible aumentaron; su madre estaba entrando en otro paro cardíaco.

A Mamadou se le cayó el teléfono. Chocó contra el suelo duro y la pantalla se agrietó por el impacto.

Mamadou corrió hacia la cama y pulsó el botón de enfermería.

En segundos, llegaron dos enfermeros acompañados de un médico.

Se colocaron a ambos lados de la cama y la atendieron.

Mamadou miraba con horror cómo los números de la máquina que representaban el pulso de su madre disminuían rápidamente.

Había llegado el momento. En cuestión de instantes, sabía que todo habría terminado. No sabía si correr o quedarse.

Transcurrió un minuto de miedo intenso y prolongado.

El médico realizó la RCP mientras una enfermera sostenía una bolsa en la boca de la mujer moribunda y la presionaba rítmicamente, insuflando gas en sus pulmones.

A Mamadou se le erizó la piel al ver cómo la vida abandonaba el frágil cuerpo de su madre.

Entonces cesó el pitido. Fue sustituido por una línea plana y un único pitido prolongado. El médico se volvió hacia sus colegas.

—Hora de la muerte: 15:22.

Mamadou se desplomó en el suelo, sintiendo que su mundo entero se derrumbaba sobre él.