Sin Salida (DC Jake Tanner 16) Capítulo 16
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Capítulo 16

—¿ Q uién es? —preguntó Jake por el teléfono, con la piel de gallina por el miedo.

—¡Buenas tardes, detective Tanner, y felicidades!

¡Es su día de suerte! —dijo la voz al otro lado de la línea.

El interlocutor utilizaba un dispositivo que ocultaba su identidad.

Lo que se oía era una voz profunda, robótica y monótona, que a Jake le recordó a algo que había visto en una película de terror.

—Ha sido seleccionado personalmente para participar en el juego de hoy. Hay vidas que dependen de usted.

Jake iba a hablar, pero luego se lo pensó mejor.

La voz continuó: —Todo lo que tiene que hacer es seguir el camino de baldosas amarillas de acertijos y pistas que le iré dando, y entonces puede que tenga la oportunidad de salvar algunas vidas hoy, Jake.

—La voz hizo una pausa, como esperando a que Jake respondiera.

Jake no quiso darle esa satisfacción; no le gustaba por dónde iba aquello.

—Pero cuidado: si responde mal a una pregunta o da un paso en falso, Willy Wonka y su banda de alegres Oompa Loompas estarán esperando al otro lado con explosivos.

Y no tendrán miedo de apretar el gatillo.

Así que, ¿qué me dice, Jake? ¿Se siente con ánimos?

La voz había dejado de hablar y Jake se quedó perplejo, con la mente tratando de calcular e inferir todo lo que le habían dicho.

¿Quién era aquel? ¿Por qué lo habían elegido a él?

¿Y a qué venían todas esas jodidas referencias infantiles?

No lo sabía, pero al oído todavía le llegaba el sonido de una respiración, lo que multiplicaba los escalofríos que recorrían la superficie de su piel.

—¿Quién es usted? —fue lo único que se le ocurrió decir.

—¡Yo, detective Tanner, soy Willy Wonka, Tyler Durden y el Joker, todo en uno, formando una gran bola de diversión!

Soy la voz dentro de su cabeza que le mantiene despierto por la noche.

Soy el que le observa dormir junto a su mujer.

Soy el que conoce sus próximos movimientos incluso antes que usted.

—La persona alzó la voz. —Pero ¿quién es usted, detective?

¿Quién es el verdadero Jake Tanner? ¿El hombre con la placa?

¿Es tan bueno como pretende ser en su solicitud para inspector?

¿Puede ser tan fiel como se hace creer a sí mismo si ni siquiera es capaz de decirle la verdad a su mujer?

¿Pero qué cojones? Jake se quedó helado. Imágenes de Elizabeth, Ellie y Maisie cruzaron su mente. ¿Cómo sabían lo de su solicitud, y el hecho de que se lo hubiera ocultado a Elizabeth? El pensamiento le estremeció hasta la médula.

—¿Qué les ha hecho? —preguntó Jake con voz débil, casi como un susurro. Tragó saliva y se aclaró la garganta.

—Nada. Todavía .

Jake perdió los estribos. Habían amenazado a su familia y lo único que veía en ese momento era rojo. —¿Por qué no se deja de mierdas y me dice qué es lo que quiere, qué significaba ese correo electrónico y cómo ha pirateado nuestros sistemas informáticos?

—Es usted un alma descarada, ¿verdad? ¿Cuáles fueron las palabras que el inspector jefe Hughes puso en su informe no oficial sobre usted cuando le propuso para el ascenso? Ah, sí, ahora lo recuerdo: «El agente Tanner es un talento brillante en el cuerpo de policía, con unos huevos de acero».

Aquello era serio. Las evaluaciones de los empleados siempre eran internas y su contenido nunca llegaba a la persona sobre la que se escribían. A veces, era información clasificada.

—¿Cómo ha tenido acceso a eso? —preguntó Jake, conteniendo el aliento.

—Soy un hombre con muchas capacidades, Tanner. Sé hacer cosas que van mucho más allá de lo que pueda imaginar.

Es un juego de vanidad, entonces , pensó Jake, demostrar que es superior al resto de nosotros. Demostrar que es mejor que el gobierno y que todos los que trabajan para él. ¿Complejo de superioridad, sed de venganza, o ambas cosas?

—¿Qué quiere?

—Quiero que acepte el desafío, y entonces le diré los siguientes pasos del proceso.

—¿Qué tengo que hacer?

—Se supone que tiene que hacer lo que se le ordene y descubrir estas cosas por sí mismo . Debe confiar en su intuición y esperar que le guíe por el camino correcto.

La paciencia de Jake se había agotado. —¿Dígame qué les ha hecho a los trenes? ¿Qué les pasará a esas personas? ¿Cuáles son sus exigencias?

—Tranquilo, muchacho. Tranquilo. No se adelante demasiado, de lo contrario se agotará demasiado pronto.

Vamos a pasar mucho tiempo juntos, y eso es lo último que queremos.

Pero lo que puedo decirle, detective, es que en esos trenes hay exactamente treinta kilogramos de explosivos en cada uno, y hay un temporizador con una cuenta atrás de seis horas.

Quedan cinco horas, quince minutos y cuarenta y seis segundos.

Cuarenta y cinco. Cuarenta y cuatro. Cuarenta y tres.

Al final de las seis horas, sesenta de esos kilogramos explotarán, mandándolo todo y a todos al olvido.

Jake no dijo nada; de repente, su cerebro no era capaz de comunicar una respuesta a su boca. Se apartó el teléfono de la oreja, miró a su alrededor a Tyler, Simon, Frances y luego otra vez a Tyler, tragó saliva y se volvió a poner el teléfono en el oído. —Lo haré.

Decir esas dos palabras le dolió. Pero no tanto como lo que estaba a punto de venir.

La voz al otro lado exclamó su alegría y, de fondo, Jake pudo oír música clásica.

Entonces, la misma música empezó a sonar a todo volumen desde cada terminal de ordenador de la oficina.

La confusión y los improperios estallaron entre los que le rodeaban, dificultando que Jake se concentrara en la voz que le hablaba al oído.

—Me alegra mucho que haya aceptado, Jake. Esperaba que lo hiciera. Es su única esperanza. Sabía que sería el hombre adecuado para el trabajo.

¿Cómo lo habían elegido a él? ¿Cómo habían sabido que era el hombre adecuado para el trabajo? ¿Le habían estado vigilando? ¿O era todo un farol? Jake no lo sabía, pero fuera como fuese, no se arriesgaría a esperar para averiguarlo. Tenía que actuar.

—Con una condición —dijo Jake, sintiendo los músculos de su cuerpo tensarse de ira. El rosa de sus nudillos se volvió blanco. —Deme su palabra de que no les pasará nada a esos pasajeros.

La voz soltó una carcajada. —Qué ingenuo es, pensando que puede salvar a todo el mundo. Lamento informarle de que así no es como va a funcionar esto.

—¿Y cómo va a funcionar?

—Si usted y todos los demás de su equipo siguen mis instrucciones y hacen lo que les digo.

Ordene al equipo de armas de fuego que se retire de cada una de las tres ubicaciones.

No se permite a nadie a una distancia de menos de doscientos metros.

El incumplimiento resultará en que el tren más cercano haga bum .

—La voz al otro lado hizo una pausa. —Además, un millón de libras esterlinas.

En efectivo. La información sobre la entrega se revelará más tarde. Para esto tiene menos de cuatro horas.

Jake tomó nota mental de las exigencias del terrorista.

—De acuerdo —dijo Jake.

—Fantástico, detective. Elizabeth y las niñas estarán muy orgullosas de usted. Esté en la estación de tren de North Acton en treinta minutos. Venga solo, o fracasará y morirá gente inocente. Recuerde, Jake, tiene menos de seis horas hasta que las cosas hagan bum .

La voz al otro lado colgó. En cuanto la línea se cortó, todas las pantallas de ordenador y de televisión de la oficina volvieron a encenderse.

Jake se quedó allí con la boca abierta y los pulmones fallando.

A los pocos segundos de retirarse el teléfono de la oreja, se vio bombardeado por preguntas desde todos los ángulos.

Tyler, Simon, Susanna, Frances, Matthews, Theodor...

todos le asfixiaban con su presencia. Jake estaba en estado de shock.

No sabía qué hacer. Sin previo aviso, la habitación dio vueltas, su visión se volvió borrosa y su cabeza dolió con una sensación de entumecimiento que le recordó a cuando se come helado muy frío.

—Jake, ¿estás bien, colega? —preguntó Tyler, poniendo sus brazos sobre los hombros de Jake.

—Tengo que irme. North Acton. Pistas. Señuelo.

—¿Alguien puede traerle un jodido vaso de agua? —bramó Tyler a su lado. El lenguaje de su amigo le arrancó una pequeña sonrisa.

Unos segundos después, Simon regresó con un vaso de plástico en la mano y se lo pasó a Jake.

Jake dio un largo sorbo y, una vez satisfecho, su conciencia volvió a la acción.

En cuanto se sintió mejor, explicó a Frances y a todos los demás en la sala todo lo que el terrorista acababa de decirle, delegando las tareas por toda la habitación.

—¿Por qué North Acton? —preguntó Simon.

—No lo sé.

—¿Crees que puede haber una amenaza para el metro?

—No lo sé —dijo Jake. Se volvió hacia Frances.

—Pero tiene que aumentar la presencia policial allí sin causar el pánico general.

Hable con el centro de operaciones de red del metro de Londres.

Infórmeles de lo que está pasando, pero haga lo que haga, no permita que Transport for London emita un aviso de código ámbar.

Frances asintió en señal de afirmación. Comprendía lo que tenía que hacer. Antes de dirigirse hacia la salida, Jake ordenó a Susanna que organizara una patrulla para su casa.

—Ha amenazado a mi mujer y a mis hijas. Asegúrese de que estén a salvo. Infórmeme en cuanto sepa algo. —Jake se volvió hacia Frances. —Quieren un millón en efectivo en menos de cuatro horas. Ubicación exacta desconocida.

—¿De dónde cojones vamos a sacar un millón de pavos? —preguntó Tyler, poniéndose histérico.

—No me importa —dijo Jake. —Tengo que irme. Tyler, deja eso en sus manos. Tú vienes conmigo. No tenemos mucho tiempo.

En el fondo, Jake sabía que se equivocaba. No les quedaba tiempo. En un buen día, la estación de tren de North Acton estaba a cuarenta minutos en coche. Y con el pleno verano azotando las calles, seguro que sería cincuenta veces más difícil.

Si quería tener alguna oportunidad de llegar a tiempo, tendría que marcharse ya.

—¡No tan rápido! —dijo Frances, y su voz resonó en las paredes. —Necesitará que el detective Matthews vaya con usted.

Jake puso los ojos en blanco. —Con todo el respeto, no tengo tiempo para estas chorradas. Matthews es solo otro cuerpo de sobra, un excedente. No sabemos qué nos espera allí abajo y prefiero no arriesgar su vida además de las nuestras.

Le invadió un momento de compasión. Por mucho que no le gustara que Matthews les hiciera de niñero, seguía siendo un ser humano con buenas intenciones. En momentos estresantes como aquel, Jake quería mantenerse fiel a sus creencias.

—No pasa nada —dijo Luke, irguiéndose. —Les prepararé una escolta. Espérenme abajo en el coche en dos minutos. —Dicho esto, Matthews salió de la habitación, marcando ya un número en su teléfono.

Un día más en la oficina . Sin decir nada más, Jake avanzó hacia la salida. Estaba a mitad de camino cuando oyó una voz detrás de él.

—¡Detective Tanner! —Era Frances. Acababa de hablar por su teléfono Brent, un teléfono seguro que cifraba los datos y los mensajes de voz de ambos usuarios. Jake se detuvo a medio giro y miró a la comisionada adjunta.

—¿Sí, señora?

—Era la ministra del Interior. Tengo una reunión del comité CObrA en cinco minutos. Intentaré mantenerlos alejados de ustedes todo el tiempo que pueda.

CObrA era el comité de crisis del gobierno, donde todos los políticos más influyentes, las agencias militares y de inteligencia y cualquier otro departamento gubernamental se reunían para tratar asuntos de emergencia.

Eran los máximos responsables de la toma de decisiones del país y se reunían durante la primera hora y media de una emergencia.

Ideado originalmente durante la década de los setenta, sus salas de reuniones estaban situadas en algún lugar de Whitehall, ocultas bajo tierra, con un acceso rápido y fácil a Downing Street y a la Oficina del Gabinete.

El acrónimo correspondía a Cabinet Office Briefing Room A.

Jake no dijo nada. Ninguno de los dos lo necesitaba; él y Frances compartían una forma de acuerdo tácito. En su lugar, asintieron el uno al otro.

Jake consultó su reloj y ya habían pasado tres minutos desde su llamada telefónica con el Joker. El tiempo se agotaba, y también sus posibilidades de llegar puntual. Hizo una señal a Tyler y juntos salieron de la oficina.

Para cuando llegó al coche, habían pasado cinco minutos.

Tendría que saltarse la ley en muchos niveles.

Pero no importaba.

Él era la ley.

Mamadou era la única persona en la sala de espera. Acababa de colgar con el agente Jake Tanner. Jake había informado a Mamadou de todo lo que estaba ocurriendo.

—Virgen santa —dijo Mamadou. —Esto no es nada bueno. Mantente al tanto, Jake. Estás haciendo un buen trabajo.

—Gracias, jefe —dijo Jake. El ruido de la puerta de un coche al cerrarse llegó al oído de Mamadou. —¿Cómo está tu madre?

—No lo sé. Nadie me dice nada. En cuanto sepa algo, evaluaré la situación antes de decidir qué hacer.

Antes de que Mamadou pudiera continuar, una persona vestida con un uniforme médico azul dobló la esquina y entró en la sala de espera. Mamadou le dijo a Jake que tenía que colgar y cortó la comunicación.

—¿Cómo está? —preguntó Mamadou, poniéndose en pie.

La doctora se detuvo a un paso de él. Era menuda, llevaba el pelo recogido en una red y las manos en los bolsillos.

—Por favor, señor Kuhoba. Tome asiento.

Mamadou hizo lo que le pedían. Las peores situaciones pasaron por su cabeza, atormentando sus pensamientos y su capacidad de pensar con claridad.

—Su madre ha sufrido un ataque al corazón. Parece que el cáncer se ha extendido al pecho y su cuerpo está dejando de funcionar. Ha tenido muchas hemorragias internas y la hemos operado para controlarlas. Le estamos haciendo más pruebas ahora mismo. Está inconsciente y bajo observación.

—¿Cuánto? —preguntó Mamadou. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas y la cabeza en las manos. Luchó con fuerza para contener las lágrimas.

—Podrá verla en una...

—No —interrumpió Mamadou. —¿Cuánto tiempo le da?

La doctora vaciló antes de responder.

—Unas pocas horas, como mucho.