EPÍLOGO
—Cuando un gato te ignora, en realidad está enviándole mensajes telepáticos a otros gatos. Es una conspiración global. Seguro que hasta tienen una jerarquía —afirma Víctor mientras se mete un trozo de filete en la boca.
—Claro, y Michifú es el líder supremo —se burla Alicia.
—¡Obviamente! —Víctor señala a Marc con el tenedor—. Tu gato pasa de ti, lo que significa que tú estás al final del escalafón.
—¡No pasa de mí! —protesta él—. Michi tiene una personalidad fuerte y una forma peculiar de mostrar amor, eso es todo.
—Por supuesto, por eso deja que solo Ali y Lena lo acaricien.
Siento la necesidad de salir en defensa de mi novio: —Michi cada vez se porta mejor. Ahora a veces incluso se tumba con Marc cuando yo no estoy en casa.
—Probablemente porque mi hermano, a estas alturas, lleva tu olor pegado por todos lados —añade mi cuñada.
Parece que eso es todo lo que necesita Víctor para reforzar sus teorías sobre el futuro dominio mundial de los felinos.
—¿Lo ves, Marc? Tío, siento ser yo quien te lo diga, pero los gatos tienen un instinto innato para ver el alma de la gente y Michifú ha elegido a Lena como dueña y ama de la casa. Para él, tú eres solo el compañero de piso molesto que se interpone entre ellos.
—No es verdad —refunfuña Marc.
Me inclino hacia él y le apoyo la barbilla en el hombro con una sonrisa a medio camino entre la burla y la ternura.
—¿Estás celoso, tiburón?
—¿De Michi? —Niega y me da un beso en la punta de la na riz—. No hay nada que ese gato traicionero pueda darte y yo no.
—No sé, es bastante adorable.
—Yo puedo ser adorable.
—No lo tengo tan claro.
Me pasa un brazo por la cintura y me acerca más a él.
Estamos en el banco acolchado de un restaurante, con Alicia y Víctor hablando sobre gatos frente a nosotros; no es el lugar adecuado para mantener una conversación subida de tono, pero, por algún motivo que se me escapa, Marc hoy está más sobón que de costumbre (no me quejo, que conste) y tiene ganas de jugar.
—También puedo ronronear siempre que quieras —susurra mientras sus dedos rozan la piel desnuda que encuentran entre mi falda y mi blusa.
—Tentador.
—Y puedo restregarme contra ti, aunque no creo que este sea el sitio apropiado para enseñártelo.
Me estremezco.
Ali y Víctor siguen a lo suyo, sin prestar atención a nuestros murmullos.
—Los gatos no solo ronronean y se restriegan —digo, con una mirada retadora, para ver hasta dónde está dispuesto a llegar—, también esperan que los alimentes.
—Cielo, no pongas en duda que puedo comerte. Ya te he demostrado muchas veces que nunca me quedo con hambre si te tengo delante.
Víctor, que no se está enterando de nada, dice: —Los ronroneos no son casuales, son una forma de hipnosis para que los alimentemos mejor.
—Marc y yo ahogamos una risa, pero él sigue divagando—: ¿Por qué creéis que Internet está lleno de vídeos de gatitos monísimos?
Es marketing estratégico de su especie para ganarse nuestra confianza.
Alicia, para tomarle el pelo, añade:
—Por eso siempre tiran cosas al suelo. Es su plan para destruirnos económicamente: un jarrón roto hoy, una tele mañana…
—¡Es que los gatos lo saben todo! —exclama Víctor.
Se gira hacia nosotros para añadir algo más, pero se detiene al ver que estoy casi sobre el regazo de Marc mientras ambos aguantamos la risa lo mejor que podemos.
Nos mira con un gesto suspicaz en un intento de descubrir qué nos está haciendo tanta gracia de su disertación completamente seria sobre felinos.
—Acabaremos esta conversación en casa, con demostraciones incluidas —le prometo a mi chico en voz baja.
Le doy un beso en la mejilla y vuelvo a sentarme como una persona civilizada que es capaz de mantenerse a una distancia respetable de su pareja en un lugar público.
Hemos venido los cuatro a celebrar nuestros éxitos profesionales, porque nuestras carreras no podrían ir mejor.
Hace unas semanas, ascendieron a Marc (¡ahora tiene a todo un equipo de reporteros a su cargo!) y, hace dos días, gané el premio EAEA (Estrella Ascendente de la Emisión Audiovisual) que concede la ORE (Organización Radiotelevisiva de España).
Además de la ilusión que me hizo acudir a la gala y recibir un galardón por el programa que tanto he luchado por sacar adelante, me fascina que esta gente tenga acrónimos tan divertidos; ahora voy diciéndolos por todos lados.
El caso es que mi novio ha decidido tirar la casa por la ventana y nos ha traído a un restaurante carísimo.
Estas mesas están más solicitadas que las entradas para un concierto de Taylor Swift, pero tener una amiga famosa tiene sus ventajas.
Gabriela ha movido un par de hilos para que todo saliera perfecto.
Ella también iba a venir, pero se ha retrasado y ha pedido que empezáramos sin ella.
Víctor levanta su copa y nos dice que tenemos que brindar. Lleva así desde que hemos llegado, es la quinta vez que brindamos en cuarenta minutos.
—¡Por vosotros, la pareja feliz! —grita, como si estuviéramos en una boda.
Me encanta compartir estos logros con las personas que más quiero, aunque hay alguien a quien echo muchísimo de menos: mi mejor amiga.
Mara ha sido un pilar fundamental en todos los cambios vitales del último año y me habría encantado que estu viera aquí hoy.
Vivir en ciudades distintas siempre será un asco.
De repente, las puertas del restaurante se abren y aparece Gabriela con una sonrisa enorme. Pero no viene sola. Detrás de ella, como si hubiera estado escuchando mis pensamientos, veo a la última persona que esperaba encontrar aquí.
—¡Mara! —grito mientras me levanto de un salto.
Corro hacia ella y nos abrazamos como si llevara meses en el exilio. En realidad, ha pasado solo uno desde que nos vimos en persona, pero con lo mucho que la he echado en falta, podría haber sido una eternidad.
—¿Qué haces aquí? —pregunto emocionada.
—No podía perderme este día.
—Sentimos llegar tarde, el AVE de Mara ha llegado con retraso —explica Gabriela mientras me da un beso en la mejilla.
—¿Cómo lo habéis organizado?
—A algunos se les da bien maquinar sorpresas —dice la actriz, con una sonrisa burlona, mientras la lanza una mirada poco discreta a Marc.
—¿Esto ha sido cosa tuya? —pregunto con tanta devoción que no me extrañaría que mis pupilas se hubiesen convertido en corazones, como si fuese un dibujo animado.
—Es un día especial, quería que tuvieras a tus mejores amigas cerca.
Lo beso delante de todo el mundo sin ningún pudor. Es el mejor hombre y novio del mundo.
Mis amigas se unen a la mesa y el ambiente enseguida se llena de bromas y risas.
Desde hace un tiempo, salimos todos juntos cada vez que podemos; hemos formado un grupo un poco extraño que encaja mejor de lo que puede parecer.
De hecho, Víctor y Alicia no tardan ni dos minutos en meter a Mara y Gabriela en la conversación sobre la conspiración gatuna y a ellas ni siquiera les parece raro.
Durante este rato, el restaurante parece nuestro.
A medida que los platos se vacían, el ambiente se va enrareciendo. Mis amigos están muy sonrientes y mi novio, muy callado. Los cinco me lanzan miraditas de soslayo que intento ignorar, porque empiezan a sacarme de quicio.
Cuando traen los dulces, Marc, que ya no puede ocultar el nerviosismo, se aclara la garganta y sostiene una de mis manos entre las suyas. En la mesa, todos guardan silencio.
—Hoy hace justo un año que me dijiste que te habías enamorado de mí —me dice, con una mirada cargada de amor.
Después de tantos meses juntos, no debería sorprenderme que se acuerde de estos detalles, pero lo hace de todos modos.
—Hace también cuatro meses y tres semanas desde que me propusiste vivir juntos. Y cuatro meses y tres semanas menos un segundo desde que te dije que sí.
Hace una pausa. Está tan nervioso que le tiemblan las manos.
—Hoy es mi turno de hacerte una pregunta.
Al decir esto, se agacha, con una rodilla clavada en el suelo.
Mi corazón se detiene.
Se pasa las manos por los pantalones para limpiarse las palmas sudadas. Después, saca una caja de un color a medio camino entre el azul y el verde que se parece demasiado al de mis ojos como para ser una coincidencia.
—Lena —pronuncia mi nombre con una delicadeza que, sin necesidad de más palabras, hace que se me salten las lágrimas—, eres la mujer más increíble que he conocido en mi vida.
Inteligente, decidida, valiente, preciosa y perseverante.
También desordenada, terca y con problemas para aceptar que no siempre tiene razón.
Pero es todo eso, lo bueno y lo no tan bueno, lo que te hace ser tú, la persona con la que quiero compartir el resto de mi vida.
Por eso, cielo, ¿me harás el hombre más feliz del mundo y te casarás conmigo?
Marc abre la pequeña caja y desvela un anillo precioso, de oro blanco, con un topacio azul con forma de corazón.
Lloro sin control y la vista se me emborrona. A mi alrededor, el restaurante guarda silencio. Frente a mí, Marc sostiene la sonrisa, que empieza a tensarse. Entonces me doy cuenta de que todo el mundo espera mi respuesta.
—Sí, sí y mil veces sí —digo entre sollozos—. Claro que quiero casarme contigo, mi amor.
La gente de las mesas contiguas aplaude (veo el destello de algún flash , así que se viene otra foto viral) y nuestros amigos gritan. Me emociona que formen parte de este día, aunque ahora mismo solo tengo ojos para Marc.
Mi futuro marido (¡qué bien suena eso!) me desliza el anillo por el dedo y este encaja a la perfección. Después, se levanta y me abraza con tanta emoción que mis pies dejan de tocar el suelo. Me aferro a él sin parar de reír y llorar, todo al mismo tiempo, porque no quepo en mí de felicidad.
—Te amo —me dice al oído y su ternura me demuestra, una vez más, por qué me enamoré de él— y juro que te haré la mujer más feliz del mundo hasta el final de nuestros días.
Apoyo la frente en la suya y cierro los ojos, sintiéndome en casa.
—Ya lo haces, tiburón. Lo llevas haciendo desde que nos quedamos sin razones para odiarnos.