CAPÍTULO 36
LENA
La presión en el pecho se había convertido en un peso físico imposible de ignorar, una carga que hacía que la sola idea de ir a su habitación le resultara agotadora.
Lena caminó por los pasillos dejando que el zumbido de la ventilación le rascara los oídos.
Necesitaba ese ruido blanco para sepultar, aunque fuera por un momento, el caos de sus propios pensamientos.
Cuando finalmente se detuvo ante su puerta, sus pies se negaron a cruzar el umbral.
Sabía que, una vez dentro, las paredes se le echarían encima.
Apoyó la frente contra el metal frío, cerrando los ojos mientras intentaba procesar la maraña de datos, pero el vacío de su cuarto le pareció de pronto un espacio demasiado hostil.
Enderezó la espalda y retomó la marcha hasta detenerse ante la puerta de Evan. Se quedó allí, inmóvil, con la mano suspendida a un centímetro del metal y los dedos encogidos, debatiéndose entre golpear o huir.
No necesitó decidirse, escuchó movimiento al otro lado y, antes de que su mano llegara a rozar la superficie, la puerta se abrió.
Evan apareció con la camiseta arrugada y las mangas remangadas hasta los codos, revelando la tensión de sus antebrazos.
Parecía agotado, pero sus ojos estaban en alerta máxima.
—¿Pasa algo?
Lena negó despacio, evitando su mirada al principio.
—No. Bueno… no exactamente.
Evan abrió la puerta y se hizo a un lado con un movimiento fluido, dándole espacio. La habitación era igual de austera que las demás. Lena se quedó de pie, cerca de la puerta. Evan la cerró detrás de ella, despacio, pero el clic metálico del cierre resonó en el silencio como un disparo.
Se quedaron mirándose.
—No podía dormir —dijo ella al final—. Y no me apetecía estar sola.
Evan asintió.
—A mí tampoco me apetecía —respondió él. Se apoyó en la mesa y cruzó los brazos, bloqueando sus propios impulsos.
Lena dio un par de pasos hacia dentro. Se quitó la chaqueta, doblándola con cuidado, y la dejó sobre la silla.
—Hoy… —empezó ella, y se quedó ahí.
—¿Sí?
Lena exhaló y sus hombros bajaron por fin.
—Todo encaja demasiado bien. Y eso me inquieta más que cuando no encajaba nada.
Evan la observó sin interrumpirla. Tenía el cuerpo tenso con los hombros firmes y el peso bien repartido.
—A mí me inquieta desde hace tiempo.
El silencio volvió a instalarse. Lena dio un paso más hacia la mesa sin pensarlo demasiado. Evan no se movió, pero la siguió con la mirada, atento a cada gesto pequeño.
—Igual, no me apetece hablar de eso —dijo ella al final.
Evan la observó con curiosidad, ladeando la cabeza apenas.
—¿Entonces?
Lena dudó. Pasó los dedos por el borde de la mesa, midiendo la textura del metal, sintiendo el frío en las yemas. Sabía que ese gesto era el punto de no retorno.
—No lo sé. Solo sabía que no quería volver a mi habitación.
Evan no apartó la vista y se quedó muy quieto, dejándole a ella todo el control del espacio de esa pequeña habitación.
—Vale.
Lena dio el último paso. Quedaron tan cerca que el calor de sus cuerpos empezó a mezclarse. Lena notó cómo la mirada de Evan bajaba a sus labios, una flaqueza de un segundo que delató todo lo que llevaba conteniendo. Ella hizo lo mismo, sintiendo el pulso acelerado en la base del cuello.
De pronto, Lena dio un paso atrás. Un amago de huida. Un reflejo de su necesidad de protegerse. Abrió la boca, pero el aire se le quedó atrapado. Soltó un suspiro breve, se giró y caminó hacia la puerta.
—¿Qué ibas a decir? —preguntó Evan.
No la retuvo físicamente, pero su voz la detuvo en seco. Lena se dio la vuelta despacio. La duda seguía allí, grabada en su rostro.
—No era lo que iba a decir —respondió ella, clavando los ojos en los de él—. Era lo que iba a hacer.
Evan no movió ni un músculo, pero sus ojos se oscurecieron. Mantuvo la distancia, dándole a entender que había comprendido exactamente a qué se refería y que, aun así, la decisión final era solo suya.
—Entonces hazlo —la invitó él, en un murmullo ronco.
Lena volvió sobre sus pasos sin más rodeos y lo besó. Fue un choque directo, sin tanteos. Evan respondió al instante, atrapándola por la cintura y cerrando el círculo. El mundo fuera de esa habitación dejó de existir.
La lengua de Evan se abrió paso entre los labios de Lena con una necesidad que ya no intentaba disimular.
El beso perdió cualquier rastro de cuidado, volviéndose profundo y exigente.
Lena respondió con la misma intensidad, enredando los dedos en el pelo de la nuca de Evan y empujándolo contra ella, reclamando cada centímetro de su boca.
Evan la sujetó con fuerza, hundiendo las palmas en sus nalgas con un agarre firme que delataba el fin de su resistencia.
La levantó de golpe y Lena se aferró a él, rodeándole la cintura con las piernas y apretando los muslos contra sus costados.
El roce arrancó un jadeo que se perdió entre bocas abiertas y respiraciones desordenadas.
La cama apareció casi sin transición, atrapándola con el peso de su cuerpo sobre el colchón.
Bajó la boca a su cuello con hambre, marcando cada milímetro de su piel.
Lena arqueó el cuerpo bajo sus manos, buscándolo, recorriéndole la espalda con los dedos, sintiendo la fuerza controlada de Evan desbordarse por fin.
Se desnudaron con manos torpes solo por la prisa.
La ropa cayó al suelo, olvidada. La piel contra piel encendió algo más intenso.
Evan le siguió las curvas con las manos y con la boca, con una atención feroz que la hacía respirar entrecortado.
Lena respondió igual, recorriéndolo, acercándolo más.
No quería que quedara ni un milímetro sin tocar.
Evan se apartó un momento para buscar algo en la mochila junto a la cama. Volvió enseguida.
Cuando se encontraron de verdad, lo hicieron con un impulso que no necesitó palabras.
Evan se sostuvo sobre ella apenas un segundo, mirándola con una intensidad que la desarmó.
Lena lo atrajo, reclamándolo, clavando los talones en sus piernas para dejarle claro que ya no había marcha atrás.
El movimiento fue inmediato, intenso, una sucesión de respiraciones rotas y cuerpos que se reconocían en la fricción.
No hubo lentitud fingida. Hubo ganas. Hubo un calor que saturaba el aire de la pequeña habitación. El mundo quedó reducido al peso del otro y a la forma en que se aferraban el uno al otro, con los dedos enterrados en la piel, como si soltarse fuera un peligro mortal.
Cuando el temblor cedió y el aire volvió a entrar en sus pulmones con regularidad, Evan apoyó la frente contra la de Lena.
Se quedó ahí, inmóvil, con los ojos cerrados.
Lena notó el peso de ese gesto. Era el momento justo después del desborde, cuando el cuerpo aún no ha decidido si relajarse o romperse.
Ella levantó una mano y la apoyó en la nuca de él, sintiendo el latido de su pulso bajo la piel, confirmando que seguían allí.
Evan la besó con suavidad, un rastro de ternura que contrastaba con la ferocidad de antes, y se bajó despacio. Se dejó caer a su lado, girándose para mantener el contacto de sus costados. Su mano buscó la de ella y entrelazó los dedos con una urgencia silenciosa, apretando con fuerza.
Respiraron juntos. Estaban demasiado expuestos para protegerse tras ninguna máscara. Lena sentía el pecho acelerado y una presión en la garganta, esa que aparece cuando la intensidad desborda la capacidad del cuerpo para procesarla.
Cerró los ojos. Por primera vez desde la muerte de Vera, no sintió la necesidad de levantarse ni de decidir el siguiente paso. Solo quedarse allí, con la piel vibrando y la certeza de haber cruzado una línea que no permitía el regreso.
Ese fue el verdadero impacto.
Había sido intenso.
Había sido real.
Ahora, nada iba a ser sencillo.
Y eso, justo eso, era lo que más miedo daba.
Lena abrió los ojos con cuidado, como si el mero hecho de hacer ese gesto pudiera hacer ruido. Tenía el cuerpo caliente, relajado, y al mismo tiempo una molestia en el pecho que no sabía nombrar. Eso que se queda cuando algo importante ha pasado y todavía no sabes qué lugar ocupa en tu vida.
Evan dormía a su lado, con los calzoncillos oscuros visibles bajo la sábana caída a medias. La respiración profunda, regular. Una mano apoyada cerca de su cintura sin tocarla del todo. Incluso dormido sabía dónde detenerse.
Lena cerró los ojos un segundo, suspendida en esa duda punzante de no saber si procesar lo que acababa de ocurrir o desear que se repitiera.
Se movió con una lentitud casi agónica, retirando su peso del colchón centímetro a centímetro.
Cuando sus pies tocaron el suelo frío, contuvo el aliento y esperó. Pero Evan no se movió.
Bien.
Con la ropa interior puesta, buscó en la penumbra sus pantalones en el suelo y se los puso. Su camiseta había ido a parar sobre la mesa, justo encima del diario de Evan. Aquel diario que siempre estaba ahí, como una presencia muda.
Al tirar de la prenda con un gesto todavía torpe, el tejido se enganchó en el borde de las tapas gastadas. El cuaderno se desplazó apenas unos centímetros, pero fue suficiente para que su equilibrio se rompiera. Dos hojas sueltas se deslizaron hacia el suelo.
El sonido fue ridículo. Un roce seco, casi inexistente. Sin embargo, en la quietud de la habitación a Lena se le subió el corazón a la garganta.
Se giró de inmediato hacia la cama, con los músculos tensos y la camiseta colgando de una mano. Evan seguía dormido, ajeno al pulso desbocado de Lena, que permanecía inmóvil, esperando a que su cuerpo dejara de reaccionar antes que su cabeza.
Miró al suelo y supo al instante que aquello era una anomalía. Se trataba de papel auténtico, una reliquia de bordes amarillentos y fibras densas que nada tenía que ver con el material reciclado que se usaba hoy en día en Orialis.