Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

LENA

El golpe constante del agua contra el suelo de metal era lo único que llenaba el cubículo de las duchas.

Entre el vapor denso y el zumbido monótono de los extractores, el espacio se sentía como una burbuja hermética, un refugio donde el resto del complejo dejaba de existir.

Lena necesitaba aquel ruido blanco para aclararse las ideas tanto como necesitaba el calor contra la piel.

Salió de la ducha con la toalla enrollada a la altura del pecho, el pelo todavía mojado pegándosele al cuello. Se detuvo un segundo frente al banco donde había dejado sus cosas. Se colocó la ropa interior y cuando se estaba bajando la camiseta por la espalda oyó la puerta abrirse.

—Vale —dijo una voz detrás—. Confirmado. Este sitio tiene un problema serio de timing.

Lena se giró de golpe bajándose la camiseta con un tirón brusco que le hizo crujir las costuras.

Evan se quedó clavado en el sitio, con la mochila todavía colgada de un hombro, claramente recién llegado del invernadero, con polvo en las botas, manchas en la ropa, y ese olor inconfundible a tierra húmeda y abono que no había forma de disimular.

—¿Puedes golpear antes de entrar? —le regañó ella.

—He llamado —replicó él—. Pero no habrás escuchado. Como no respondiste, creí que ya habrías salido.

Lena resopló, apartándose un mechón mojado de la cara.

—Genial. Me alegro de que al menos lo hayas intentado. Pasa, ya he terminado.

Evan dio un paso, girándose un poco para darle espacio, pero no lo suficiente como para que la tensión desapareciera. El vestuario no ayudaba. Nada ayudaba.

—Tranquila —añadió él, con una voz que empezaba a perder la firmeza—. He visto cosas peores hoy.

Ella arqueó una ceja, recuperando el pulso.

—Ah, ¿sí? Pues yo no he olido cosas peores. Hueles como si todavía estuvieras abrazando el invernadero.

Evan sonrió, una curva lenta en los labios mientras ladeaba la cabeza.

—Eso es porque todavía no me he duchado.

—Se nota.

—En cambio tú… Hueles bien. Limpia. Injustamente limpia.

Lena rio, negando con la cabeza, y se giró para recoger sus pantalones del banco.

Al incorporarse, calculó mal el espacio y chocó con el pecho de Evan, que avanzaba hacia el banco contiguo.

El impacto la desequilibró. Evan reaccionó por puro reflejo, rodeándole la cintura con una mano para sostenerla.

La mano se quedó allí.

La camiseta de ella, todavía húmeda en la espalda, se pegó a su piel bajo la presión de los dedos de él.

Evan cerró el agarre, anclándola contra su cuerpo.

Lena alzó la vista y vio los ojos oscuros de él fijos en los suyos.

Él bajó la vista sin disimulo, recorriendo la línea de su cuello todavía húmedo y deteniéndose donde la camiseta dejaba paso a la piel desnuda, allí donde el pantalón aún no estaba.

El pulgar de él se movió apenas un milímetro, un roce que quemaba a través de la tela, y Lena sintió que su propio cuerpo se inclinaba hacia él de forma involuntaria.

Evan recorrió el contorno de sus labios con la vista antes de volver a sus ojos, con una intensidad que hizo que a Lena le vibrara el pecho. Era esa misma gravedad de siempre, tirando de ella hacia él.

—Estás jugando con ventaja —susurró ella.

—No —respondió él, y su voz sonó más profunda—. Estoy intentando no hacerlo…

Evan se limitó a inclinar la cabeza apenas unos milímetros, reduciendo un espacio que ya era inexistente.

—Y no me lo estás poniendo nada fácil —añadió él, con la voz rota.

Lena dejó escapar una pequeña exhalación, casi una risa sin fuerza y sus dedos rozaron la tela de la camiseta de Evan. El espacio entre los dos se quedó ahí, vibrando, como si el simple hecho de respirar fuera suficiente para terminar de romper la distancia.

—Pues estamos jodidos —murmuró ella.

—Sí.

Evan inspiró hondo, tensando los músculos del cuello como si estuviera librando una batalla interna contra sus propios instintos.

Esta vez, esa batalla se perdió en un segundo.

Antes de que Lena pudiera procesar el cambio en su mirada, él acortó la distancia restante, la rodeó por la cintura y la levantó del suelo con una urgencia que la dejó sin aliento.

La espalda de Lena impactó contra la pared fría del vestuario, pero apenas lo sintió.

El beso de Evan fue un choque eléctrico, una respuesta violenta a semanas de contención.

Ella le enredó los dedos en el pelo, atrayéndolo más, mientras las piernas de ella buscaban instintivamente la cintura de él para no caer.

Evan subió una mano desde su cintura, buscándola con una desesperación que no le había visto nunca, y la deslizó con firmeza por debajo de la camiseta de Lena.

Sus dedos, todavía calientes y ásperos por el trabajo, quemaron contra la piel desnuda de su espalda, subiendo con fuerza hasta aferrarla contra su pecho.

Lena soltó un gemido ahogado contra su boca cuando sintió la otra mano de Evan bajar con decisión, apretando el muslo que ella tenía alzado y tirando de ella hacia él, rompiendo cualquier espacio que quedara entre sus cuerpos.

La intensidad era tal que aquel espacio parecía haberse quedado sin aire. Solo existía el roce de la tela, el sabor a humedad y esa presión creciente que amenazaba con desbordarlos allí mismo.

Entonces, el sonido seco de la puerta metálica al abrirse rebotó por todo el vestuario.

—¡Pero bueno! —la voz de Bruno tronó, cargada de una indignación teatral—. ¡Mis ojos! ¡Mis ojos!

Se separaron de golpe. Lena resbaló por la pared hasta tocar el suelo, intentando bajarse la camiseta y recuperar el aire al mismo tiempo. Evan se giró con la respiración errática, fulminando a Bruno con una mirada que habría derretido el acero.

Bruno estaba plantado en el umbral, tapándose la cara con una mano de forma dramática mientras señalaba el pomo con la otra.

—¿El concepto de "pestillo" os resulta demasiado avanzado tecnológicamente?

—preguntó Bruno abriendo un poco los dedos para espiar—.

Tenemos a un niño en el grupo, ¿sabéis? Alex está ahí fuera y no necesita ver cómo vuestro momento de pasión salvaje termina con su tía empotrada contra la pared. ¿Queréis traumarlo?

—Bruno, lárgate ahora mismo —gruñó Evan, con la voz todavía rota por la falta de oxígeno.

—No me largo nada —replicó él, entrando y cerrando la puerta con un golpe sonoro—. Me voy a duchar porque huelo a pantano podrido, y vosotros os vais a ir a… no sé, a repasar el código de conducta. ¡Poned el pestillo la próxima vez!

Sin esperar respuesta, y manteniendo la mano sobre sus ojos de forma cómica, Bruno se metió en el último cubículo y corrió la cortina de plástico con un estrépito de anillas metálicas. El sonido del agua empezando a caer en su ducha llenó el espacio, aislándolos de nuevo en una intimidad a medias.

Lena se tapó la cara con las manos, soltando una risa nerviosa y ahogada, mientras Evan apretaba la mandíbula, debatiéndose entre la furia y la vergüenza.

Poco a poco, la risa de Lena se fue apagando, reemplazada por la consciencia de que Evan seguía ahí, a un paso de ella, con la ropa sucia y la mirada cargada.

Él se pasó la mano por la nuca, apretando los tendones con una fuerza que le hizo temblar el brazo. Era una lucha interna física, visible en cada músculo. La adrenalina del beso todavía estaba ahí, pero el ambiente se había enfriado de golpe.

—Voy a ducharme —dijo sin mirarla—. Antes de que digas algo peor sobre mi olor.

—Haznos ese favor a todos —dijo ella, aunque la voz ya no le salía igual.

Él caminó hacia los cubículos, pero se detuvo un segundo antes de cruzar la cortina. Buscó su mirada, con la mandíbula tensa y una urgencia que no tenía nada que ver con el deseo de hace un momento.

—Lena.

Ella levantó la vista. Evan abrió la boca, el músculo de su cuello se tensó por el esfuerzo de hablar, pero volvió a cerrarla.

—Esto… —intentó decir él—. Lo de hoy. En el invernadero…

Lena negó despacio, antes incluso de que terminara la frase.

—Ahora no —le cortó ella, adelantándose a una explicación que no se sentía con fuerzas de procesar en ese vestuario diminuto.

Evan la sostuvo con la mirada un instante más. Sus hombros cayeron, una claudicación física ante el silencio de ella.

—Vale. Ahora no.

Desapareció tras la cortina. Lena se quedó sola, terminando de vestirse con unas manos que se negaban a recuperar la firmeza. El sonido del agua cayendo volvió a llenar el vestuario, pero ya no servía para calmar nada.