CAPÍTULO 32
EVAN
Las luces de las instalaciones parpadearon antes de hundirse en el tono tenue del ciclo nocturno.
Evan llegó a la zona de descanso justo cuando el cambio se completaba, encontrando a Alex sentado a la mesa con una ración abierta y el brazo suspendido a medio camino de la boca, como si el tiempo se hubiera detenido para él.
—¿No tienes hambre? —preguntó Evan desde la entrada.
Alex levantó la vista, con los ojos fijos pero desenfocados.
—Sí —luego miró la barrita—. Creo.
Evan se sentó frente a él, dejando que el peso de su cuerpo hundiera el asiento metálico.
—Eso no suele pasarte.
Alex se encogió de hombros, hundiendo el cuello en la chaqueta.
—No mucho.
—¿Te ha dejado inquieto lo de la planta? —preguntó Evan, directo.
Alex negó despacio. Se quedó mirando sus propios dedos.
—No... Me ha molestado.
Evan ladeó la cabeza, estudiando la tensión en la frente del chico.
—¿Molestado cómo?
—Antes, cuando mi tía hacía pruebas, yo entendía lo que veía, aunque no supiera explicarlo. Ahora no. Eso es lo que me fastidia.
Evan asintió una sola vez. Sus manos, apoyadas sobre la mesa, se cerraron en puños.
—A mí también.
Alex levantó la vista, con las cejas disparadas hacia arriba.
—¿Tú tampoco lo entiendes?
—Entiendo lo justo para saber que no me gusta —respondió Evan—. Y eso suele ser mala señal.
Alex se tensó, pegando la espalda al respaldo de la silla.
—¿Crees que es peligroso?
Evan guardó silencio. Midió la respuesta, controlando el ritmo de su propia respiración para no contagiar el pulso acelerado al chico.
—Creo que es algo que no se comporta como debería. Y eso, en sitios como este, nunca es casual.
Fue entonces cuando Bruno apareció en el umbral, ocupando el espacio con una soltura física que contrastaba con la rigidez de los otros dos. Miró la escena, evaluó la atmósfera en un segundo y se dirigió a Alex con tono casual.
—Oye, Alex. ¿Te apetece ir a echarle una mano a tu tía en el invernadero? Está reorganizando cosas y seguro que agradece que alguien que sepa lo que hace la ayude.
Alex levantó la vista despacio, sin mover un solo músculo del resto del cuerpo.
—No, no me apetece. Además, no me ha pedido ayuda.
Bruno parpadeó. Se llevó la mano a la cara y se rascó el puente de la nariz, cerrando los ojos un instante en un gesto de pura resignación.
—Vale —murmuró—. Me lo merezco. Es culpa mía por no ser claro.
Inspiró hondo, enderezó la espalda y clavó la mirada en Alex.
—Alex, ve con tu tía. Necesita que le ayudes con unos datos. Es importante y te necesita ahora.
Él lo observó un segundo más, calibrando la veracidad del tono. Luego terminó de colocar su equipo y se levantó.
—De acuerdo. Vuelvo cuando termine.
Salió de la zona común sin mirar atrás. Bruno se sentó frente a Evan con una media sonrisa cansada.
—A veces olvido que las indirectas son un lenguaje que a Alex le resulta totalmente ajeno —comentó Bruno mientras veía cómo el chico se alejaba por el pasillo.
Evan se encogió de hombros, recuperando su máscara de piedra.
—Pero se marchó.
—Porque le he dado una orden clara, Evan. Eso también se aprende con el tiempo.
Bruno apoyó los antebrazos en la mesa, inclinándose hacia delante hasta que sus rostros quedaron a menos de medio metro. Forzó a Evan a sostenerle la mirada, anulando cualquier vía de escape visual.
—Bueno. Hablemos de lo evidente.
Evan alzó la vista hacia él, con la mandíbula apretada y esa rigidez que le recorría la espalda cada vez que alguien intentaba hurgar en sus secretos.
—¿De qué estamos hablando?
Bruno mantuvo el contacto visual, firme y sin pestañear.
—De lo que se te nota desde hace tiempo. Desde hace mucho tiempo.
Evan sostuvo la mirada, con los ojos fijos y fríos.
—¿Qué se supone que se me nota? No te estoy siguiendo, Bruno.
Bruno lo miró como quien repasa mentalmente una lista de pruebas acumuladas. Sus dedos tamborilearon una vez sobre el metal de la mesa, un sonido seco que marcó el inicio del interrogatorio.
—Lo tuyo con Lena. Al principio ya se os veía. La química, el entendimiento rápido... Eso lo vería cualquiera que no estuviera ciego.
Evan frunció apenas el ceño, pero mantuvo las manos quietas sobre el tablero, resistiendo el impulso de cruzarse de brazos.
—Podía parecer solo eso —continuó Bruno—. Dos personas competentes que encajan. Incluso algo de tonteo. Nada inviable. Pero después de lo de Vera fue otra cosa.
Evan sostuvo la mirada, aunque el músculo de su mandíbula se tensó.
—Cuando murió —prosiguió Bruno—, no la apuraste a volver antes de tiempo.
No convertiste su dolor en un problema que había que resolver.
Te quedaste. De verdad. Te ajustaste a ella, Evan.
No intentaste arreglar nada porque sabías que no tenía arreglo.
Asumiste peso para que ella no tuviera que hacerlo, y lo hiciste sin pedir nada a cambio.
Evan bajó la mirada, estudiando una pequeña muesca en el metal de la mesa.
—Eso era lo correcto.
—Sí. Y eso es lo que importa.
Evan se quedó mirando esa muesca en la mesa, hasta que levantó la vista con una vulnerabilidad que no solía permitirse.
—Es que Lena es… distinta.
Bruno soltó una exhalación breve, sin rastro de burla. Sus hombros bajaron, perdiendo la rigidez defensiva.
—Eso ya lo sé. Lo supe antes que tú. Nos conocemos desde niños.
Es mi hermana por elección. Crecimos juntos cuando todo alrededor se estaba cayendo.
Aprendimos a cubrirnos las espaldas antes de entender por qué hacía falta hacerlo.
Ella me sostuvo y yo la protegí siempre que pude. La conozco mejor que ella a sí misma.
Evan asintió despacio, sorprendido por la gravedad en la voz de Bruno.
—Contigo baja la guardia porque no la presionas —añadió Bruno, ladeando la cabeza para observar la reacción de Evan—.
Te busca cuando va a decir algo que no tiene claro.
Espera a que termines antes de responder.
Y cuando algo le incomoda, no se cierra, te mira como preguntando si vale la pena seguir por ahí.
Confía en que no la vas a dejar sola cuando se equivoque.
Guardó silencio un segundo, el justo para que Evan entendiera que eso no era una observación casual.
—También está más presente —añadió Bruno—. No más feliz, pero sí más aquí . Se nota en cómo toma decisiones. En cómo descansa.
Torció la boca en una mueca que no era enfado.
—Y no, no es una charla de celos de hermano —continuó—. Es logística emocional, si quieres llamarlo así.
Evan dejó escapar una risa breve y se frotó la cara con una mano.
—Siempre tienes nombres raros para las cosas.
—Porque las cosas no son simples —replicó Bruno—.
Yo he sido durante años el que sabe cómo animarla cuando se avecina tormenta.
Lo nuevo es que ahora parece que hay otro perfil que también podría hacerlo.
Y eso, en principio, no es malo. Significa que podría dejar de ser el único que sabe cuándo sacarle el paraguas…
incluso cuando ella insiste en que no va a llover.
La frase salió casi en broma, pero lo bastante clara como para que Evan entendiera que no estaba hablando de rivalidad, sino de responsabilidad.
—Mira —continuó Bruno—. No te digo esto para marcar territorio ni para ponerte condiciones. Te lo digo porque ella confía en mí. Y porque yo sé reconocer cuándo alguien empieza a importarle de verdad.
Evan se incorporó, apoyando los antebrazos en la mesa y proyectando su torso hacia delante.
—No tengo intención de hacerle daño.
Bruno dejó escapar una exhalación que sonó a cansancio viejo.
—Eso lo dice todo el mundo. La diferencia está en lo que haces cuando te das cuenta de que ella ya no es una opción más en el camino.
Y te diré otra cosa. Lena no necesita que la protejan como si fuera frágil.
Necesita a alguien que sepa cuándo dejarle su espacio y cuándo acompañarla.
Si eres ese tipo de persona, no me interpondré.
Hizo una pausa breve, deliberada.
—Si no lo eres, tampoco montaré una escena. Simplemente me aseguraré de que ella no tenga que cargar sola con consecuencias que no eligió.
—Es justo —le respondió Evan sosteniéndole la mirada.
—Bien —dijo Bruno incorporándose—. Porque prefiero decirlo ahora y no tener que improvisar después.
Se dirigió a la puerta y se giró una última vez, con la mano apoyada en el marco.
—Y, por cierto —añadió—, Lena no es alguien con quien se prueban cosas. Cuando ella deja entrar a alguien en su vida, no hay medias tintas.
Bruno salió y la sala quedó en silencio.
Evan permaneció con la mirada fija en la mesa, sintiendo una presión en el pecho que no figuraba en su contrato. Ser enlace le había enseñado a responder por sus actos, no por lo que sentía, moviéndose siempre dentro de límites claros donde los errores se pagaban con suministros o con cicatrices.
Pero con Lena nada de eso funcionaba. Había silencios que no terminaba de descifrar y momentos en los que no sabía si debía dar un paso al frente o simplemente esperar.
Evan apoyó los antebrazos en la mesa y dejó caer la cabeza, soltando un resoplido de pura frustración. Tenía una presión en el pecho que no iba a marcharse por mucho que intentara ignorarla. No podía sacudirse los sentimientos como si fuera polvo del camino.