CAPÍTULO 26
LENA
Durante el segundo día, el tiempo pareció espesarse entre las paredes del complejo mientras trabajaban durante horas repitiendo mediciones y cruzando registros que solo servían para confirmar lo que ya sabían desde el principio: que el sistema no se movía ni un milímetro.
Al final, Lena tuvo que aceptar que seguir allí encerrados, forzando la vista sobre las pantallas, era más un ejercicio de cabezonería profesional que una necesidad real, como si estuvieran esperando a que el invernadero cometiera un error solo para sentirse útiles.
—Sigue igual —dijo Alex al cabo de un rato, dejando caer los hombros con un suspiro que delataba el aburrimiento—. Ni mejor, ni peor, ni una sola variación en la conductividad del suelo.
Lena asintió, aunque sus ojos seguían fijos en los bancales, buscando una hoja marchita o una raíz fuera de sitio que le diera una pista.
—Ya.
Alex levantó la vista hacia ella, deteniendo el cursor sobre una gráfica que era una línea recta perfecta, insultante por su falta de matices.
—Eso es bueno, ¿no?
Lena guardó silencio y miró el sector frente a ellos. Las hojas simplemente estaban allí existiendo ajenas a todo.
—Depende de lo que esperes —dijo ella sin dejar de mirar el verde inalterable—. En la naturaleza, las cosas crecen, mueren o cambian. Aquí el tiempo parece que rebota contra las paredes.
—En la mayoría de los sitios —añadió Alex, rascándose la nuca con desconcierto—, si dejas de vigilar, algo acaba fallando y tienes que correr para salvar la cosecha.
Lena hundió los codos en la mesa metálica y entrelazó las manos bajo la barbilla, notando el frío del acero filtrándose en su piel.
—Pues aquí eso no está pasando, Alex. Y esa es precisamente la parte que me da escalofríos.
Decidieron parar cuando el ciclo de luz empezó a cambiar, señal de que el día artificial llegaba a su fin.
Cenaron en los laboratorios, sobre una de esas mesas de trabajo donde el olor a tierra se mezclaba con el de la comida, rodeados de pantallas en reposo que devolvían el reflejo de sus caras cansadas.
Todo en ese lugar parecía estar esperando a que alguien, o algo, le devolviera el propósito para el que fue construido.
Alex dio tres toques rápidos sobre el metal del tablero y luego deslizó la palma haciendo un círculo perfecto sobre la superficie fría, repitiendo esa secuencia mecánica que siempre le servía para poner orden cuando la cabeza le iba más rápido que las manos.
Finalmente se levantó y empezó a recoger, juntando recipientes y apartando instrumentos con cuidado.
Cuando llegó a uno de los paneles apagados, se detuvo un segundo.
Lena alzó la vista, deteniendo su taza de café a medio camino.
—No estamos sacando nada nuevo —soltó Alex, y su voz sonó extrañamente madura, despojada de cualquier duda—. Y si seguimos por insistir, acabaremos estropeando algo que funciona. Mejor dejarlo tal y como está.
Lena se quedó petrificada. Reconoció la secuencia de movimientos en los dedos de Alex y esa frase final. Eran ecos de una vida anterior que no esperaba oír allí.
—Buenas noches —añadió él mientras se colgaba la mochila.
Se marchó sin esperar respuesta, dejando tras de sí un silencio que a Lena le pesaba en los huesos. Bruno hacía rato que se había retirado, así que solo quedaban ella y Evan, además del zumbido bajo de los equipos en reposo.
Él se sentó al lado de Lena, mientras ella buscaba la calidez de su taza de café para intentar frenar el temblor de las manos que acababa de traicionarla. Se quedó ahí unos segundos con la vista clavada en el punto exacto donde Alex había tocado el metal.
—Ese gesto que hace con los dedos se lo enseñó mi hermana —susurró, temiendo que una voz más alta rompiera el cristal de la calma del laboratorio—.
Ella le decía que era su forma de resetear el cerebro, una especie de código secreto para recordarse que él mandaba sobre las máquinas y no al revés.
Y también decía lo mismo que él acaba de soltar.
.. que no todo necesita que alguien lo arregle.
Lena se encogió de hombros y se frotó el cuello, tratando de deshacer el nudo que le apretaba la garganta.
—Si algo funcionaba, ella lo dejaba en paz. No necesitaba entenderlo todo para respetarlo.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Evan. Su voz sonó suave, respetando ese espacio que Lena acababa de abrir.
—Emma —respondió Lena, y pronunciar el nombre en voz alta le dejó un rastro amargo en la garganta—. Era mayor que yo. Mucho más decidida. Yo siempre iba detrás, intentando entender por qué hacía lo que hacía, convencida de que ella tenía un mapa que a mí no me habían entregado.
Respiró hondo. El pecho le subió y bajó en un movimiento brusco.
—Murió enferma. Y no fue en cosa de un solo día.
Evan mantuvo el cuerpo inmóvil, con las manos apoyadas sobre sus propios muslos, atento a cada inflexión de ella.
—Fue algo que empezó poco a poco —continuó ella, trazando líneas invisibles sobre la mesa con el dedo índice—. Cansancio, fiebres que iban y venían, síntomas que al principio nos obligamos a creer que eran manejables porque no podíamos permitirnos otra cosa.
Apoyó los antebrazos en la mesa, inclinándose un poco hacia delante.
—Cuando entendimos que no era pasajero…
Se quedó mirando las plantas del invernadero antes de seguir.
Evan apretó los dedos sobre sus propias rodillas.
—Alex tenía nueve años —siguió Lena—. Él no lloró, Evan.
No de la forma en que la gente espera que llore un niño que pierde a su madre.
Él se obsesionó con los horarios de las medicinas y con el sonido de su respiración.
Para él, su muerte fue… como un fallo crítico en el motor de su mundo.
Se quedó bloqueado durante meses porque el pilar que le explicaba cómo funcionaban las cosas había desaparecido, y de repente, todo lo que ella sostenía cayó sobre mí.
Levantó la vista, encontrando la mirada de Evan, que permanecía quieto, dejando que las palabras llenaran el vacío entre los dos.
—No solo heredé a Alex, sino las decisiones que ella tomaba, las discusiones que ella ganaba para que yo no tuviera que dar la cara. Nunca me preparé para eso, simplemente asumí que era lo que tocaba, como quien recoge los restos después de una tormenta porque no hay nadie más para hacerlo.
—¿Y el padre? —preguntó Evan con esa cautela de quien sabe que está pisando terreno minado.
Lena soltó una risa seca, un sonido sin rastro alguno de humor.
—Él desapareció de nuestras vidas mucho antes. Alex ni lo recuerda, así que para él no existe. Pero a ella... a ella la busca en todo.
Se pasó una mano por el pelo, desordenando los mechones que ya se le escapaban de la cara.
—No tuve tiempo de echarla de menos como se supone que se echa de menos a alguien. Solo avancé. Como ahora.
Evan se inclinó un poco hacia delante, apoyando también los antebrazos en la mesa, acortando esa distancia invisible que los separaba.
—No hiciste nada mal —dijo, con voz firme.
—Lo sé —respondió ella—. El problema es que Alex me mira como si yo tuviera todas las respuestas y la realidad es que solo tengo criterios y un miedo atroz a equivocarme.
Evan giró el torso hacia ella, obligándola a notar su presencia.
—Él te mira así porque te ve quedarte. No porque seas infalible.
Lena tragó saliva, sintiendo el calor que desprendía el cuerpo de Evan tan cerca del suyo, una sensación física que la anclaba al presente.
—¿Y si un día me equivoco de verdad?
—Entonces lo harás... como todos.
Ella soltó una risa breve, rota. Se giró hacia él, notando cómo sus rodillas casi se rozaban bajo la mesa.
—Siempre encuentras la forma de decirlo sin convertirlo en una frase bonita.
—Porque cuando alguien está cansado de verdad, lo último que necesita es una frase bonita —replicó Evan.
Se quedaron sentados en silencio. Lena notó la vibración del pulso de Evan cerca del suyo. Él también percibió el de ella, pero siguió mirando hacia el frente, hacia el invernadero, igual que ella.
—Gracias por escucharme.
—De nada.
Lena giró su cabeza hacia él sin pensarlo demasiado. Lo hizo cuando ya no tenía nada más que añadir, cuando lo que había dicho sobre su hermana se había quedado flotando entre los dos.
Evan ya la estaba mirando. Había seguido cada frase sin romper el hilo, y ahora sus ojos escaneaban los de ella con un cuidado que la desarmó.
Lena le sostuvo la mirada, desafiando de nuevo a esa gravedad que siempre la empujaba hacia él.
Y ahí fue cuando lo entendió. No era el agotamiento, ni tampoco la vulnerabilidad del momento.
Era la certeza de que ambos sabían cómo iba a terminar aquello si ninguno de los dos ponía el freno.
Apartó la vista con una lentitud deliberada, rompiendo ese punto de equilibrio en el que todo su mundo se estaba inclinando hacia él. Empujó la silla hacia atrás, el sonido del metal contra el suelo cortando la tensión como un tajo, y se puso en pie.
—Me voy a dormir —soltó con la voz algo ronca, sin ser capaz de sostenerle la mirada ni un segundo más.
—Hasta mañana, Lena.
Evan no hizo nada por retenerla, pero tampoco apartó la mirada. Lena sintió esa atención clavada en la espalda como una marca física. Apuró el paso por el pasillo, forzando la marcha hasta que el aire empezó a entrarle a tirones, insuficiente para calmarle el pecho.
Necesitaba que Evan siguiera siendo un compañero de equipo y un apoyo logístico.
Pero las etiquetas habían saltado por los aires hacía mucho tiempo.
Se había tomado la molestia de conocer sus grietas cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo, y eso lo había convertido en un amigo antes que en cualquier otra cosa.
Y desde luego nada de esto era justo para los dos. Porque lo último que necesitaban era añadir otra capa más a una situación que ya era lo bastante complicada sin meter sentimientos en medio.
Tenía que frenar aquello antes de que el impacto final la dejara hecha pedazos, aunque en el fondo sabía que cada vez le costaba más no girarse para comprobar si él seguía allí, guardándole las espaldas.