CAPÍTULO 14
LENA
Solo quedaron Lena y Bruno en la zona de descanso cuando terminaron de cenar. Se encontraban en un silencio que solo existe bajo tierra, cuando nada exterior puede filtrarse por los huecos y el cuerpo empieza a relajarse por pura ausencia de estímulos.
—Que agradable es tener baños de verdad —dijo ella—. Después de días así, una ducha caliente es casi un lujo indecente.
Bruno levantó la vista, con una ceja arqueada.
—¿Indecente en plan Valere o en plan “el agua caliente y yo contra el mundo”?
—Lo segundo. Y sin culpa.
—Te lo has ganado —concedió.
Lena sonrió, pero ya estaba levantándose.
—Voy ahora. Antes de que me convenza de que puedo aguantar un día más sin ducharme.
—Date prisa que yo también quiero —le gritó Bruno mientras salía de la sala común.
Lena salió al pasillo. Caminaba pensando en el agua cayendo sobre los hombros cuando, al girar una esquina, se detuvo en seco.
Evan acababa de salir de la zona de duchas y se dirigía a ella con el cabello aún húmedo que le caía desordenado sobre la frente mientras sostenía una camiseta arrugada en una mano.
La toalla le colgaba del cuello y la pasaba con lentitud por la nuca, los hombros y el pecho desnudo.
El físico de Evan delataba a alguien que se mueve mucho y duerme poco.
Tenía los hombros anchos y los músculos marcados por el esfuerzo puro, de esos que se ven bajo la piel sin necesidad de forzar.
Se movía con una confianza que a Lena le resultó casi ofensiva.
Parecía que no tenía ni idea de la imagen que estaba dando, mostrándose relajado y distraído de una forma poco habitual en él.
Lena se quedó clavada en el suelo, con el corazón dándole un vuelco que no vio venir y ese calor repentino subiéndole por el cuello hasta las orejas.
Evan levantó la vista y se detuvo también.
Lena apartó la mirada demasiado tarde y se movió con torpeza, consciente de que algo en ella ya no estaba tan bien controlado como creía.
—Perdón… —empezó él, y se detuvo moviendo la camiseta—. Me he olvidado de coger una limpia y...
Ella se estaba poniendo roja como una adolescente hormonada y con el pulso disparado. Por él. Eso la puso aún más nerviosa porque no le había pasado algo así con nadie. Se dio cuenta de que tenía la boca entreabierta y la cerró de golpe.
—No —dijo ella demasiado rápido—. Perdón yo. Iba a…
Se señaló vagamente a sí misma. Al pasillo.
Al baño. A ninguna parte concreta. Lena intentó mirar a cualquier otra parte, pero sus ojos tenían su propio plan y no paraban de volver a ese pecho desnudo.
Tragó saliva, sintiéndose como una idiota, y se obligó a clavar la vista en la cara de él.
Se notaba las manos torpes, como si de repente no supiera dónde meterlas.
Él la estaba observando con una calma que no ayudaba en absoluto. Dio un paso a un lado para dejarle espacio a Lena. El movimiento fue automático y respetuoso, mostrando una normalidad que contrastaba con el caos interno de ella.
—Adelante.
Se quedaron ahí, frente a frente, con el pasillo demasiado estrecho de repente.
Lena decidió que era el momento de reaccionar y dio un paso a su lado, notando el aire más caliente donde antes había estado él.
No lo miró de nuevo. No se atrevió. Se concentró en caminar recto y en no tropezar. En no pensar.
Cuando llegó a la puerta de su habitación, Lena se quedó un segundo apoyada en la pared, respirando hondo.
—Respira —se dijo en voz baja.
—Cierra la boca. Que se te cae la baba.
Lena dio un respingo cuando Bruno habló a su lado. No lo había escuchado venir. El cabrón estaba apoyado en la pared de enfrente con esa cara de sabelotodo que daban ganas de pegarle. Ella apretó los labios, intentando recuperar algo de su dignidad.
—No estaba babeando.
—Estabas… procesando —concedió él—. Con mucha dedicación.
—Ha salido de golpe, y… y tú también lo has visto —soltó Lena, maldiciéndose por sonar como si estuviera dando excusas.
Bruno levantó las manos, inocente.
—Claro que lo he visto. No soy ciego. Pero hay una diferencia muy importante.
—A ver… ¿Cuál? —le preguntó Lena arqueando una ceja.
—Yo no babeo por tíos pillados —dijo sonriendo—. Principios básicos de convivencia.
Lena bufó, pero notó que el nudo en el estómago empezaba a soltarse un poco.
—Eres idiota.
—Y tú estás empezando a perder objetividad. Bienvenida al club.
Ella abrió la puerta de su habitación.
—Voy a ducharme antes de que digas algo peor.
—Venga, tira. Y date con agua fría, que te hace falta.
Lena le lanzó una mirada asesina y entró a su habitación a por sus artículos de aseo personal.
Esta vez, al cruzar el pasillo hacia el baño, no se encontró con nadie.