Siempre te creí a ti Capítulo 9
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Capítulo 9

Los días que Sergio no quiso ir

Hubo días en que Sergio no quiso ir al colegio.

No me refiero a los días normales en que cualquier niño o adolescente se despierta sin ganas y preferiría quedarse en cama.

Me refiero a otra cosa. A los días en que desde la noche anterior yo ya notaba algo en él que me decía que al día siguiente iba a ser difícil.

Un silencio diferente al del cansancio. Una manera de moverse por la casa que era más lenta, más pegada a las paredes, como si el espacio lo empujara hacia atrás.

Una cara al cenar que no era de hambre ni de sueño sino de algo que no tenía nombre fácil pero que yo reconocía de haberlo visto demasiadas veces.

Esos días yo tampoco dormía bien. Me despertaba antes del despertador y me quedaba escuchando si él se movía. Esperando el momento en que tendría que enfrentar la conversación que los dos sabíamos que iba a haber.

—Mamá, no quiero ir.

Esas cuatro palabras. Con todo lo que cabía dentro de ellas.

Las primeras veces que pasó, en los años de primaria avanzada y secundaria dentro de Regaliz de Clorofila, yo insistía en que fuera.

No porque no lo entendiera. Lo entendía perfectamente.

Pero había una parte de mí que creía que si dejaba que se quedara en casa estaba dándole al miedo más poder del que ya tenía.

Que la solución no podía ser evitar el problema sino enfrentarlo. Que si empezaba a faltar, sería más difícil

volver .

Esa lógica no estaba equivocada del todo. Pero tampoco estaba completamente bien. Porque había días en que insistir en que fuera significaba mandarlo a un sitio donde iba a sufrir cuando yo sabía que iba a sufrir, y eso tenía un coste que no siempre supe medir bien en el momento.

Con el tiempo fui aprendiendo a distinguir.

A leer la diferencia entre el día en que Sergio no quería ir porque tenía pereza y el día en que no quería ir porque algo dentro de él estaba diciendo que necesitaba un día de tregua.

No siempre acerté. Hubo veces en que lo mandé y después me arrepentí de haberlo mandado.

Hubo veces en que lo dejé quedarse y después me pregunté si había tomado la decisión correcta.

Esa incertidumbre es parte de lo que es ser madre en una situación así: nunca tienes la certeza de que estás haciendo lo que toca, solo tienes la certeza de que estás intentándolo.

Los días que Sergio se quedaba en casa tenían una textura particular.

Empezaban lentos. Él se quedaba en la cama más tiempo del habitual, no durmiendo del todo sino en ese estado intermedio de quien no quiere del todo despertarse porque despertarse significa que el día existe.

Yo dejaba que pasara ese tiempo sin apremiarle.

Había aprendido que las prisas en esos días empeoraban las cosas, que Sergio necesitaba salir de ese estado a su propio ritmo y no al mío.

Después bajaba. Se ponía en el sofá, encendía algo en la tele o en el ordenador, y pasábamos un rato así, los dos en el mismo espacio sin hablar necesariamente. Yo hacía mis cosas cerca. No encima de él, no preguntándole cada cinco minutos cómo estaba, sino simplemente cerca .

Disponible. Que supiera que si quería hablar yo estaba, y que si no quería hablar yo también estaba.

A veces hablaba. A veces no. Los días que hablaba me contaba cosas que en otro momento no habría contado, como si el hecho de estar en casa, fuera del ritmo habitual, le diera acceso a capas de sí mismo que en los días normales permanecían más enterradas.

Me contaba cosas del colegio que yo no sabía.

Incidentes que había guardado. Frases que alguien le había dicho que todavía llevaba dentro sin haber tenido el momento de sacarlas.

Esos días, aunque vinieran del agotamiento y del miedo, me dieron algunas de las conversaciones más importantes que he tenido con Sergio.

Algunas de las cosas que sé sobre lo que vivió las supe en esos días de sofá, en ese tiempo fuera del tiempo que se creaba cuando el mundo normal se detenía un momento y había espacio para lo que normalmente no cabía.

Hubo una temporada, en el segundo año de secundaria, en que los días sin colegio se empezaron a acumular más de lo habitual. No eran muchos en términos absolutos, pero yo los notaba. Notaba el patrón.

Notaba que ciertas semanas había algo que hacía que el umbral de Sergio para aguantar fuera más bajo, que las cosas que en otras semanas podía gestionar en esa semana no podía.

Hablé con su tutor. Le dije lo que observaba. Le pedí que me dijera si había pasado algo en el colegio esas

semanas que pudiera explicarlo. El tutor me dijo que no había notado nada especial. Que Sergio estaba bien en clase. Que participaba, que no había incidentes que él hubiera observado.

Guardé eso. Lo guardé junto a la observación de que Sergio no estaba bien en casa en esas semanas, y junté las dos cosas, y pensé: o el tutor no está viendo lo que pasa, o lo que pasa está pasando en los espacios que el tutor no ve. Las dos opciones eran preocupantes por razones diferentes.

Seguí observando. Seguí preguntando a Sergio, con esa paciencia que es la única manera de llegar a las cosas con él, sin apremio, sin hacer de cada conversación un interrogatorio.

Y poco a poco fui entendiendo que había algo en el ambiente general de la clase, no un incidente concreto y señalable, sino una tensión de fondo, un clima, que a Sergio le costaba más que a otros porque él lo registra todo.

Porque su manera de procesar el entorno es más intensa y más profunda, y lo que otro niño ignoraría como ruido de fondo, para él era algo que se metía dentro y que pedía ser gestionado.

Eso también es lo que el autismo hace en un entorno hostil o simplemente en un entorno que no está pensado para él: amplifica.

Lo que para otros es diez, para Sergio puede ser veinte.

No porque sea más débil sino porque está más conectado.

Porque nada le pasa desapercibido. Porque su cerebro recoge todo y lo procesa todo y eso, que en otros contextos es una capacidad extraordinaria, en una clase con demasiado ruido emocional se convierte en una carga.

Los días sin colegio también tenían su parte difícil para mí. No la parte de tenerle en casa, que esa la llevaba bien. Sino la parte de saber que cada día que faltaba era un día que el sistema iba a usar en su contra de alguna manera .

Porque el sistema hace eso. El sistema coge las faltas de asistencia y las convierte en un argumento.

En una señal de que el niño tiene un problema de adaptación.

En una razón para poner el foco en él en lugar de en lo que le está haciendo faltar.

He visto cómo funciona ese mecanismo demasiadas veces: el niño que no puede ir porque el colegio le genera tal nivel de angustia que el cuerpo no le deja pasar la puerta, y el colegio respondiendo que el niño tiene problemas de asistencia como si las dos cosas no estuvieran conectadas.

Por eso cada día que Sergio se quedaba en casa yo lo documentaba.

Escribía el motivo. Escribía lo que me había dicho, cómo estaba, qué había pasado los días anteriores que podía explicar ese estado.

No para justificarme ante nadie en ese momento sino para tener el registro.

Para que si alguien algún día usaba las faltas como argumento, yo pudiera mostrar la otra cara: que detrás de cada falta había una razón, y que esa razón tenía nombre y fecha y contexto.

Documentar hasta los días de sofá. Así de lejos llegaba la necesidad de tener pruebas en esta historia.

Quiero hablar de una mañana concreta. No recuerdo el día exacto pero sí recuerdo todo lo demás con una claridad que tienen los momentos que te cambian algo aunque en el instante no lo sepas.

Era invierno. Sergio llevaba dos o tres días con esa cara que yo ya sabía leer, y esa mañana cuando sonó el despertador él no se levantó. Me acerqué a su habitación. Estaba tumbado mirando el techo, con los ojos abiertos, en silencio .

Le pregunté cómo estaba. Me dijo: cansado, mamá. No de sueño. Cansado de todo.

Me senté en el borde de su cama. No dije nada durante un rato. Le puse la mano en el brazo y nos quedamos así, los dos en silencio, con el ruido del despertador ya apagado y la luz de invierno entrando por la ventana, fría y gris.

Después me dijo: ¿por qué no puedo ser normal?

Esa pregunta. Esa pregunta que lleva dentro tantas otras preguntas. ¿Por qué me cuesta más que a otros?

¿Por qué el mundo parece estar hecho para una manera de ser que no es la mía? ¿Por qué lo que para los demás parece sencillo para mí requiere tanta energía?

Le dije lo que le he dicho siempre, con distintas palabras pero el mismo fondo: que normal es una palabra que no significa mucho cuando la miras de cerca.

Que lo que él llamaba normal era simplemente la manera de ser de la mayoría, y que la mayoría no es lo mismo que lo correcto ni lo deseable ni lo único válido.

Que su manera de ver el mundo, de meterse dentro de las cosas, de sentir con esa intensidad, era suya y era real y era valiosa aunque el sistema no supiera siempre qué hacer con ella.

Me escuchó. Y después dijo: ya, mamá. Y se levantó.

No fue magia. No fue que mis palabras lo resolvieran todo. Fue simplemente que ese día, en ese momento, necesitaba que alguien estuviera ahí y dijera algo que no fuera lo que el mundo llevaba años diciéndole. Y yo estaba .

Se quedó en casa ese día. Comimos juntos. Por la tarde sacó el ordenador y estuvo haciendo cosas que le gustaban. Por la noche, cuando le pregunté cómo había estado el día, me dijo: bien. Y esa vez el bien sonó a verdad.

Con el tiempo, los días sin colegio fueron siendo menos.

No de golpe, no porque el colegio se convirtiera en un lugar completamente seguro de un día para otro.

Sino porque Sergio fue construyendo recursos.

Fue encontrando maneras de gestionar lo que antes le sobrepasaba.

Fue encontrando personas, las pocas que encontró, con quienes el patio no era el territorio enemigo de siempre.

Y fue creciendo. Eso también. Que el crecimiento no resuelve todo pero sí cambia algunas cosas.

Le da al adolescente herramientas que el niño no tenía.

Le da perspectiva, aunque sea pequeña. Le da la posibilidad de empezar a verse a sí mismo desde un poco más lejos, de entender que el colegio es un período y no la totalidad de la vida, de imaginar un futuro que existe más allá de esos pasillos.

Los días que Sergio no quiso ir al colegio fueron, en retrospectiva, también días de supervivencia. Días en que su cuerpo y su mente le dijeron que necesitaban parar, y que él escuchó esa señal, y que yo la respeté. No siempre. No perfectamente. Pero lo suficiente.

Y esos días de sofá, esas mañanas de silencio compartido, esas conversaciones que solo ocurrían cuando el ritmo normal se detenía: también forman parte de lo que somos Sergio y yo.

También son parte del tejido de estos diez años.

No solo las batallas con el sistema. También esto. También los inviernos grises y el

despertador apagado y la mano en el brazo y el bien que al final del día sonaba a verdad. También esto.

Hay algo que quiero decir sobre los niños que no quieren ir al colegio y que creo que no se dice suficiente.

Cuando un niño no quiere ir al colegio de manera esporádica o de manera sostenida, cuando no es pereza de un lunes sino un patrón que se repite, cuando el cuerpo del niño produce síntomas físicos reales antes de entrar por esa puerta, cuando las mañanas de los días lectivos tienen una textura diferente a las de los fines de semana, eso no es un capricho.

Eso es información. Información que el cuerpo del niño está dando sobre algo que pasa en ese colegio y que el niño no puede resolver solo.

El sistema tiende a tratar eso como un problema del niño.

Como ansiedad escolar, como fobia escolar, como dificultad de adaptación.

Y a veces hay un componente de todo eso.

Pero la pregunta que el sistema no siempre hace, la pregunta que yo siempre hice y que creo que cualquier adulto debería hacer primero, es: ¿por qué?

¿Qué está pasando en ese colegio que hace que este niño no quiera estar ahí?

¿Qué hay en ese espacio que su cuerpo está rechazando?

Cuando el problema está en el niño, hay que trabajar con el niño. Cuando el problema está en el entorno, hay que cambiar el entorno. Y distinguir entre las dos cosas, que no siempre es fácil pero que siempre es necesario, es la obligación de los adultos que rodean a ese niño.

Sergio no tenía un problema de adaptación.

Sergio tenía un problema de entorno. Y la diferencia entre esas dos cosas, que parece sutil desde fuera, es enorme desde dentro.

Es la diferencia entre decirle a un niño que tiene que aprender a estar mejor en un sitio que le hace daño, y decirle que el sitio que le hace daño tiene que cambiar.

Esa diferencia lo es todo.

Cada mañana que no quería entrar me estaba diciendo algo, aunque todavía no supiera decirlo completo.