Capítulo 2
Regaliz de Clorofila
En mi casa los días empiezan con música. Siempre ha sido así. No como costumbre de fondo, sino de verdad, como ritual de los que se hacen sin ponerse de acuerdo y que con el tiempo se convierten en parte de lo que eres. Cada mañana, antes de que hubiera palabras, había una canción.
Cuando Sergio era pequeño la canción que lo despertaba era Witch Doctor, de Cartoons.
Esa melodía que arranca y no te suelta. Sergio la escuchaba desde la cama y algo en él se ponía en marcha de una manera diferente a como lo activaba cualquier otra cosa.
Sigue siendo así. Esa canción hoy todavía le da alegría, la escucha y vuelve a ser ese niño que se despertaba bailando antes de tener los ojos del todo abiertos.
Cuando dejaba a Sergio en el colegio y volvía a casa, la música seguía.
Siempre había cosas que hacer. Un estofado en la cocina que Sergio, cuando aprendió a hablar con más claridad, bautizó para siempre como puré de pan.
No sé exactamente qué lógica siguió para llegar a ese nombre, pero así fue.
El estofado era el puré de pan y punto. En casa las cosas tienen los nombres que Sergio les da y nadie discute eso.
A la salida del colegio, el ritual era el Kinder Sorpresa.
Siempre. No por el chocolate, que eso le daba más o menos igual.
Lo que le importaban eran los muñecos de Mario Bros que venían dentro.
Los coleccionaba, los ordenaba, los conocía todos.
Si hubiera podido comprar solo el muñeco sin el huevo de chocolate, lo habría hecho encantado.
Pero así venían, y así los comprábamos, y cada tarde a la salida del colegio había ese momento de abrir el Kinder y ver qué personaje tocaba.
Esa era nuestra vida cuando Sergio tenía casi tres años y entró por primera vez en un colegio. Una vida con música por las mañanas, estofado en la cocina, y Kinder Sorpresa a la salida. Una vida pequeña y nuestra y buena.
Lo que vino dentro de ese colegio fue otra cosa.
Sergio tenía casi tres años cuando entró por primera vez en una clase.
Una mochila con su nombre bordado, y esa manera suya de ver el mundo que yo ya conocía pero que el mundo todavía no sabía cómo leer.
Lo llevé de la mano hasta la puerta, le di un beso en la frente, y le dije que era el amor de mi vida.
Y me quedé mirando cómo se alejaba saltando feliz sin mirar atrás.
Hay una esperanza enorme en ese gesto de soltar.
La esperanza de que lo que hay al otro lado de esa puerta va a ser bueno para él.
Que los adultos que están dentro van a cuidarlo.
Que ese edificio va a ser un lugar seguro donde aprende.
Los primeros cursos en Regaliz de Clorofila eran los que decían que eran bueno.
El que tenía buenas referencias en el barrio. No había razón para dudar.
Pero ya desde los primeros días yo notaba algo.
Una tensión en sus hombros cuando llegaba a casa que no tenía cuando se había ido por la mañana.
Una manera de pegarse a mí cuando salía del colegio que era diferente a la del niño que simplemente ha tenido un día largo.
Era la manera de pegarse de alguien que ha necesitado estar en alerta durante horas y que en casa por fin puede soltarse.
Sergio no habló bien hasta los siete años.
Antes de eso había palabras sueltas, había su propio idioma, pero no había el lenguaje secuenciado que permite contar lo que ha pasado en el colegio ese día de manera que un adulto lo entienda completo.
Esto significa que cuando tenía tres, cuatro, cinco años y yo notaba que algo no iba bien, no podía preguntarle qué había pasado y esperar una respuesta clara. Lo que tenía era su cuerpo.
Sus gestos. La tensión en los hombros. El llanto sin palabras. La manera de pegarse a mí cuando salía.
Yo era sus palabras hasta que él las tuvo. Y cuando el sistema me decía que no había pruebas, que era mi percepción, yo no podía contra eso con las palabras de Sergio. Porque Sergio todavía no tenía esas palabras.
Eso también me daba miedo. No tener las palabras. Estar segura de que algo estaba mal y no tener manera de probarlo de la manera que el sistema exige .
Lo comuniqué al colegio desde el principio. Con la ingenuidad de quien todavía cree que el sistema funciona. Me dijeron que lo iban a mirar.
Que estas cosas pasan. Que hay que gestionarlas. Y esperé. Eso también lo aprendí entonces: que esperar es lo que el sistema quiere que hagas.
Un día iba caminando por la calle y me dio por acercarme a mirar qué hacía Sergio en el patio. Por ese instinto que no se puede explicar del todo pero que existe y que a veces te lleva exactamente donde tienes que
estar.
Lo que vi desde la calle me quitó la respiración.
Habían metido a Sergio dentro de un cesto grande, uno de esos cestos de material escolar.
Y unos niños estaban saltando encima. Encima del cesto.
Encima de mi hijo, que estaba dentro acurrucado como un limoncito, sin poder salir, aguantando la carga de los que saltaban encima de él.
Estaba llorando. Estaba asustado. Y no sabía hablar para pedir ayuda.
Había profesoras al lado. Al lado. Y no estaban viendo nada.
Fui directa a la puerta del colegio y empecé a picar con ese tono de emergencia, el de cuando picas rápido porque pasa algo y no puede esperar.
Me abrieron. Me encontré con una persona que me recibió con cara aburrida, con ese pensamiento escrito en la cara de a ver qué quiere esta.
Le expliqué medio ahogada lo que había visto desde la calle.
Que habían metido a mi hijo dentro de un cesto. Que le estaban saltando encima.
Que estaba llorando. Que las profesoras estaban al lado y no estaban haciendo nada .
Me dijo que me tranquilizara.
Sí. Para eso estaba yo. Para tranquilizarme después de ver a mi hijo en esa situación.
A los pocos días cambiaron las verjas por donde yo había visto a Sergio por una pared fuerte que no dejaba ver nada de lo que pasaba en ese patio.
Empezó mi ansiedad. Porque tenía miedo. Sergio era el más pequeño.
Y esos niños ya tenían un mecanismo propio de hacer daño, más sus madres que no querían a mi hijo, y esa era la ecuación perfecta para que Sergio tuviera miedo.
Lo tenía yo. Sabiendo que ya no iba a poder ver lo que pasaba ahí dentro.
Que habían levantado una pared. Que lo que ocurriera en ese patio iba a ocurrir sin que yo pudiera saberlo desde la calle.
Esa pared no era solo ladrillo. Era el sistema diciéndome que lo que yo pudiera ver no importaba. Que lo que ocurriera dentro era asunto suyo.
Y yo sabía lo que ocurría dentro.
Y luego estaban las madres. En ese colegio, a la salida, los niños esperaban en fila pegados a una pared de ladrillo hasta que llegaban los padres a recogerlos. Y había madres que cogieron manía a Sergio. No sé exactamente cuándo empezó ni por qué. Solo sé lo que vi.
Lo vi dos veces. Madres que iban a recoger a sus hijos y que al pasar junto a Sergio, que estaba pegado a esa pared de ladrillo esperando que yo llegara, le aplastaban la cara y el cuerpo contra los ladrillos con su cuerpo.
Con su culo. Contra una pared de ladrillo.
A un niño pequeño que no hacía nada más que esperar a su madre .
Eso vi. Con mis propios ojos. Dos veces. La segunda vez me encaré con ellas.
Vinieron en grupo. Intentando intimidarme. Con esa superioridad de quien cree que el número le da
razón. No cedí. Les dije lo que tenía que decirles. Que a mi hijo no se tocaba. Que era un niño que no molestaba a nadie. Que era muy bueno. Que lo que estaban haciendo no tenía nombre aceptable y que no iba a quedarme callada mirándolo.
Se fueron. Ese día se fueron. Pero la semana siguiente las cosas eran iguales. Porque ese es el patrón.
Plantar cara una vez no cambia lo que hay detrás. Lo que hay detrás es una cultura. Una cultura que se había construido alrededor de Sergio y que decía que él era el problema, que sobraba. Y esa cultura no se desmonta con una conversación en la puerta.
Dos profesoras de infantil acompañaron a Sergio en aquellos primeros cursos en Regaliz de Clorofila. Y
eran diferentes a todo lo demás que había en ese colegio. Ellas veían a Sergio. No a un número más. Venían con una sonrisa y se tomaban el tiempo de conocer al niño concreto que tenían delante.
No podían decirme en voz alta lo que veían. Pero encontraron la manera de decírmelo de todas formas.
Un día me dieron un libro. Elmer, el elefante de colores en un mundo de elefantes grises. Un cuento sobre ser diferente. Sobre que la diferencia no es un defecto sino una manera de ser.
Ese libro era su mensaje. Era su manera de decirme: vemos a tu hijo .
Busca las respuestas que nosotras no podemos darte desde aquí.
Ese libro lleva años en una estantería de mi casa. Y cada vez que lo miro pienso en ellas. Gracias a aquellas dos profesoras. Sergio era el elefante de colores. Y vosotras lo sabíais.
Cuando Sergio terminó aquellos primeros cursos, pensé seriamente en cambiarlo de colegio.
Dos años en aquellos primeros cursos en Regaliz de Clorofila sin que las cosas mejoraran. Dos años de señales que el sistema no quería ver. Dos años de un niño que no podía hablar para defenderse y de adultos que levantaban paredes para que yo no pudiera ver lo que pasaba dentro.
Salí de aquella primera etapa dentro de Regaliz de Clorofila con una certeza que no tenía cuando llegué: que el sistema no iba a proteger a Sergio si yo no empujaba para que lo hiciera.
Me fui también con el libro de Elmer en la mochila.
Y con mi ansiedad nueva, la que llegó el día que levantaron esa pared y yo supe que ya no iba a poder ver nada.
Así que seguimos en Regaliz de Clorofila con la esperanza de que esta vez fuera diferente.
Lo que ocurrió después, dentro del mismo colegio, fue mucho más duro de lo que yo esperaba.
Y lo que cuento en el capítulo siguiente va a ser mucho más duro que esto .
Entonces yo todavía no sabía que un colegio puede parecer seguro desde fuera y, por dentro, empezar a cambiarte la vida.